Mecánica

Una versión cubana del clásico Casa de muñecas, donde el espíritu de Ibsen se deslavaza

Foto de Yasser Expósito
Foto de Yasser Expósito

En la Sala Francisco Nieva del Teatro Valle-Inclán, en la tercera etapa del ciclo «Una mirada al mundo», nos hemos encontrado con una telenovela cubana; y esta apreciación no radica en ningún prejuicio relacionado con el acento. Si la Casa de muñecas de Ibsen ha envejecido a marchas forzadas (nosotros ya hemos tenido una modernización hortera) y se ha quedado arrumbada a un contexto socioeconómico muy definido; la Mecánica de Abel González Melo no es más que un embrollo de personajes inconsecuentes en una trama inverosímil de nuestra sociedad desarrollada. Cualquier caracterización feminista en el nombre de la heroína Nora Helmer, queda aquí aniquilada al convertirla en Nara Telmer, directora suprema de un complejo hotelero, interpretada por Yuliet Cruz, que cumple con el estereotipo de jefa ocupadísima y de rictus insolente, absolutamente concentrada en su deber. La versión va por otros derroteros que, presuponemos, tienen que ver con el recurrente hálito de la ambición, del enriquecimiento y toda esa panoplia de anhelos tan humanos; pero que, en realidad, terminan por manifestar un lío amoroso en el que todos los intervinientes, sin excepción, se ven envueltos (y eso que son hasta cinco). Es el heredero, Olvaldo Telmer, el que se puede permitir vivir ocioso, dedicando sus horas a navegar por internet; Carlos Luis González lo encarna melosamente, aportándole a su papel cierto equilibrio que se desbarata al desenlace de forma exagerada. La obra se divide, al igual que el texto original del dramaturgo noruego, en tres actos. Es a partir del segundo, ya con la llegada de la Linda Kristín, una antigua amiga de Osvaldo, cuando vamos conociendo los secretos que determinarán la conducta de cada uno de los personajes. ¿Por qué ha venido esta amiga hasta esta zona de Cuba? Para buscar trabajo. Pues aquí tenemos la primera de muchas inverosimilitudes: visto y no visto, es idónea para ocupar un puesto recién vacante y de máxima responsabilidad. Yailín Coppola se muestra como una joven divertida y alegre que ve cómo su vida se encauza en un minuto. Por otra parte, circunda por allí como responsable de sanidad, la doctora Katia, que Rachel Pastor asume con la pesadumbre propia de una enferma y, con la angustia de verse atrapada en un triángulo pasional sin fácil salida. Definitivamente, cierra el elenco, el personaje más fuera de tono del grupo, Carlos Robgar, el abogado sibilino que interpreta José Luis Hidalgo. Una presencia casi maléfica que se dirige a los demás con altivez, en un escoramiento caricaturesco que lo caracteriza como un antagonista propio de las películas de superhéroes; y que, luego, además, queda en nada. Ahí es cuando claramente parece que estamos en un remake de Dallas o de Falcon Crest. Cada uno saca sus cartas escondidas y nos anticipan la retahíla final de anagnórisis descafeinadas. Mecánica se torna en una función desvitalizada donde aquello de «una relectura cubana de Casa de muñecas» carece de sentido. ¿En qué queda el espíritu que imprime Ibsen? ¿Dónde están sus valores y sus objetivos? Pero lo que estrictamente hace fracasar esta propuesta son los fallos de escritura de González Melo. El tercer acto es un dechado de vicios inaguantable. Valga como ejemplo la última escena en la que en menos de cinco minutos vemos lo siguiente: Nara decide revisar sus mails (cuando en realidad nunca lo hace a esas horas), descubre el pastel, discute con su marido; pero a los pocos segundos (así aparece realmente), otro correo de Robgar desmiente lo anterior. Pura catástrofe dramática. Uno se pregunta, entonces, con qué nos podemos quedar de este espectáculo; ni siquiera nos podemos agarrar a una crítica política de la hipocresía cubana y su Partido sobre la forma de vida en Varadero, donde el lujo contrasta con el racionamiento a pocos kilómetros de distancia. Tampoco podemos deleitarnos con la escenografía, puesto que se les ha ocurrido que los señores Telmer, aunque viven en la Suite Imperial, todavía están instalándose y nos les ha dado más que para tener una mesa y un par de sillas de Ikea; con una neverita, eso sí, de donde sacan el whisky y la Fanta Limón ─esta debe ser la ironía y la vivisección de las costumbres de las clases altas cuando el director afirma en su nota del programa de mano: «Abel usa con ironía a Henrik Ibsen… saber cómo tomar whisky, cómo vestir de etiqueta…». Cuentan con personal de servicio. Ella dispone de un despacho colindante; pero en ese gran hotel no les han podido prestar ni un sofá.

En fin, demasiados elementos que no encajan y que ponen en duda los criterios del Centro Dramático Nacional a la hora de seleccionar las obras que deben componer un ciclo como este de «Una mirada al mundo», que suele apostar por lo novedoso, lo interesante e, incluso, lo transgresor.

Mecánica

Autor: Abel González Melo

Dirección: Carlos Celdrán

Reparto: Yailín Coppola, Yuliet Cruz, Waldo Franco, Carlos Luis González, José Luis Hidalgo y Rachel Pastor

Escenografía: Alain Ortiz

Vestuario: Vladimir Cuenca

Música original y banda sonora: Denis Peralta

Iluminación: Manolo Garriga

Fotos: Jesús Darío Costa, Denis Peralta, Yasser Expósito, Manolo Garriga y Alina Morante

Producción: Argos Teatro

Teatro Valle-Inclán (Madrid)

Hasta el 6 de noviembre de 2016

Calificación: ♦

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