El nuevo espectáculo de La Zaranda es un viaje quijotesco sobre las miserias del teatro
Foto de Raúl Sánchez
Después de La batalla de los ausentes, que supuso un revulsivo (otro más) en La Zaranda, quizás, este Manual para armar un sueño se quede un tanto escueto en relación a la profusión de temas que parecen insinuarse. No es solo que sea una función breve, es que no termina de ahondarse más en ese proceso de autocrítica (y crítica) de la farándula y del mundo del espectáculo ─en gran medida lo habían hecho en El desguace de las musas─. De alguna manera, sirve este proyecto de prontuario, de materialización y expresión casi prescriptiva de su propia filosofía. En este sentido, es de una coherencia absoluta y debe quedar como una obra significativa en cuanto a su despliegue teórico-práctico. Sin embargo, en cuanto al relato, a la interrelación de los personajes, podrían estar dando vueltas por esos vericuetos regodeándose con los interminables vicios que se podrían evidenciar. Sigue leyendo →
Esta comedia burguesa de Enrique Jardiel Poncela apenas representada revive en el Teatro Español con la dirección de Pilar Massa
Foto de Vanessa Rabade
No ha tenido revisión prácticamente esta obra desde que se estrenó en 1942, con gran éxito, por cierto, en el Teatro de la Comedia, con la que alcanzó las ciento veintitrés representaciones. Versión cómica de Marcela o ¿a cuál de los tres?, de Bretón de los Herreros. Por lo visto, el dramaturgo tenía la intención (osadía, pienso) de ajustarse a los principios de Schopenhauer en El mundo como voluntad y representación, por aquello, se supone, de que «nadie es como es: cada cual es como lo ven los demás». Es peligroso asomarse al exterior (como podía leerse en los vagones de tren) se presenta con unas premisas iniciales más que sugerentes; aunque, como veremos, todo se desbarata como en aquellas cintas de los hermanos Marx, cuando la pelea y el tumulto desembocaban en el caos. Sigue leyendo →
La musa de la Transición salta a las tablas del Teatro Español para desarrollar su biografía en unos momentos cumbre de nuestro país
Foto de Vanessa Rabade
Con frecuencia, en el panorama teatral contemporáneo, nos topamos con un exceso de costumbrismo desabrido que tampoco nos provoca demasiado. En esta ocasión, hallamos una semblanza extraordinaria, digna de ser contada y de apreciarse en su justa medida. Sorprende que no se haya explotado más la biografía de Carmen Díez de Rivera, la musa de la Transición, como se la conoció. Sigue leyendo →
Nuria Espert se convierte en la abuela fustigadora en una obra muy endeble del novelista Alejandro Palomas
Foto de David Ruano
El género familiar abunda tanto en la escena ─más que en el cine─ que uno termina agotado de costumbrismo y de la misma estructura. Y eso que aquí Alejandro Palomas se salta su propio esquema y concentra en ochenta minutos la hecatombe que propicie la limpieza ritual de una familia, que la libere de sus pesares y de sus cuitas y, a la par, nos convoque a tal oxigenación a nosotros mismos desde la platea. Sin embargo, convengamos en que se roza la telenovela. Es una mala obra teatral que adapta una novela que busca excesivamente la sentimentalidad a través de entresijos forzados.
Nuria Espert se despide del teatro ─la recordaré por su participación en Incendios y, sobre todo, por La violación de Lucrecia─ para hacer de Mencía, una abuela que ha esperado a verse rodeada de sus dos hijas y de sus dos nietas, para soltarles el rapapolvo con un buen repaso vital entre sarcasmos, y mientras carga su boca de tacos para regocijo de un público que cae en ese tipo de chabacanerías. No será este su personaje más brillante, desde luego, porque ninguno de los papeles, ni siquiera el suyo, son lo suficientemente solventes como para pergeñar un argumento mínimamente verosímil. Al menos, la escenografía de Sebastià Brosa, ese hábitat rocoso que nos traslada al Mediterráneo, resulta de lo más sugerente con el leve desplazamiento que nos indica una nueva perspectiva, una visión del mar y de la Isla del Aire. En ella, las proyecciones de Álvaro Luna (con la ayuda de Elvira Ruiz) logran una ambientación de lo más llamativa, un movimiento entre tanto estatismo melodramático.
En definitiva, aceptemos que a la función le falta prólogo, contexto, atmósfera de cierta normalidad; ya que si vamos repasando a cada uno de los personajes casi podríamos pensar que los ha mirado un tuerto, y que han viajado hasta ese islote para hallar a la vieja pitonisa que las ilumine en su presente y futuro aciagos. Ninguna se libra. La misma protagonista, Mencía, no es que frise los noventa y esté sentada en una silla de ruedas, y que pierda la conciencia y explore la realidad con pesadillas que sobrevienen, es que tiene el brazo lesionado. Podemos admitirlo, claro; pero si su hija, con la que suele vivir, Flavia, y con quien lleva una relación de amor-odio muy acendrada requiere muletas, porque se ha lastimado una pierna; pues la verosimilitud se quiebra. Además, Teresa Vallicrosa no tiene tiempo para desarrollar de una forma más concisa su papel; parece que su vida está determinada por un hecho del pasado que, como no podía ser de otra manera en una obra así, conoceremos al detalle (mal de amores). Otro tanto le ocurre a Candela Serrat, quien inserta su historia ya avanzada la pieza. Una catástrofe personal más que daría para un desarrollo muy superior, pero que es anecdótica. Si se ha enamorado de una mujer, cuando lleva años casada y tiene un hijo, entenderemos que el cambio es brusco, pues, encima, su marido se ha enterado. Además, en ella no observamos una interacción coherente con el resto, y eso aumenta la falta de familiaridad que debemos presumir en ese grupo de mujeres, por mucho que las desavenencias vengan de lejos. Peor se da el asunto con Clàudia Benito, que hace de Bea, la más joven, y que tiene más protagonismo. La conexión con su abuela es entrañable; aunque establecen un juego de contarse secretitos que es demasiado naíf. También la muchacha ha roto su noviazgo. Otro desastre para esta calamidad bizantina (o turca). Ni si quiera se dibuja tímidamente el contraste entre aquellas dos hijas de la anciana. Una más bronca y dolida; la otra, Lía, encarnada por Vicky Peña con paciencia y candor, es una señora que cede enseguida, que se vuelve complaciente ante las adversidades. Por eso su progenitora consiguió con facilidad que volviera al redil cuando se descubrió que su yerno era un adúltero.
Uno se pregunta si el recuerdo de Helena, esa tercera nieta desaparecida en el mar hace un año en esa Isla del Aire no debería ser más inspiradora; si no debería suponer una atracción mayor para las demás, cuando parece que era la más «artista» de todas. Únicamente es otra «excusa» para que la matriarca ejecute su poder terapéutico aplicando su soberbia.
Tampoco creo que debamos caer en el habitual estudio sicológico, donde terminemos por derivar de esa madre fustigadora cada una de las particularidades emocionales de sus descendientes. Sus debilidades propiciadas por ella y la paradójica exigencia de fortaleza in extremis. Un ejercicio masoquista repleto de manipulación. Todo ello resulta demasiado evidente y merecería una complejidad de más calado, no vaya a ser que al final nos quedemos con que todo el montaje está destinado solamente a que la Espert demuestre su arte interpretativo. Desde luego, el director, Mario Gas, ha puesto todo su empeño para que así sea.
La directora María Ruiz ha dispuesto en el Teatro Español un montaje a partir de dos piezas breves del dramaturgo estadounidense
Foto de Esmeralda Martín
¿Puede justificarse un montaje por un monólogo subyugante de diez minutos? Seguramente así sea. Merece la pena dejarse atrapar por Maripaz Sayago en esa obrita titulada Háblame como la lluvia y déjame escuchar… y que aparece en segundo lugar, en este espectáculo que ha ideado María Ruiz para homenajear al dramaturgo estadounidense Tennessee Williams; y que ha dirigido con mucho cuidado. Sigue leyendo →
La criada de Bernarda Alba, interpretada por Lolita Flores, nos da cuenta de lo acontecido en esa casa después de la muerte de Adela. El director y dramaturgo Luis Luque nos ofrece un montaje excesivamente embellecido
Foto de Javier Naval
¿Cuál es la razón que ha podido encontrar el autor para indagar en este personaje secundario? No hace mucho tuvimos en escena Bernarda y Poncia, interpretadas magníficamente por Pilar Ávila y Pilar Civera, con elucubraciones de muy distinto cariz, en una ambientación contraria a lo que observamos aquí. Pues Luis Luque pareciera que no ha querido darle vuelo a su protagonista, que no se ha permitido fabular suficientemente para otorgarle alguna esperanza tras la hecatombe. Tampoco en el recuerdo hallamos mucha sustancia, apenas si su madre fue prostituta o si aprendió a leer y a escribir, o si en alguna ocasión había zurrado al simplón de su marido Evaristo el Colorín (risas en la platea. Sin comentarios). Sigue leyendo →
El mismísimo Teatro Español es conmemorado en su 440º aniversario a través de un recorrido por sus grandes hitos en un espectáculo muy emotivo
Foto de Esmeralda Martín
Abarcar todo lo transcurrido en el espacio que hoy llamamos Teatro Español es harto imposible. Lo que sí tengo claro es que el estreno de Arder y no quemarse fue verdaderamente especial e irrepetible. A través de una docuficción, el elenco simula lo acontecido en incendio que se produjo el domingo 19 de octubre de 1975, mientras se estaba ensayando la obra 7000 gallinas y un camello, de Jesús Campos (uno de los asistentes a nuestra representación). Se introducen los reporteros de Televisión Española a indagar sobre las causas. Este, desde luego, no será el único de los estilos que se pondrán en marcha dentro de esta función. Sigue leyendo →
La veterana actriz argentina Marilú Marini representa la adaptación de esta autobiografía sui géneris de María Negroni, donde ajusta cuentas con su madre
Foto de Vanessa Rabade
La poeta María Negroni posee versos en los poemas que pueblan los libros que ha publicado realmente sugeridores. En España todavía su obra no ha logrado permear suficientemente entre los lectores, y esto hace que El corazón del daño tengo menos atractivo. Posee un mundo lírico lleno de audacia, donde la sorpresa se esconde en la seducción de las propias palabras. No obstante, este artefacto que nos compete deja versículos de calidad, se entreteje con azares y con una especie de escritura a vuela pluma en un avance que, a veces, parece impelido por el automatismo inconsciente. Sigue leyendo →
Coronada y el toro, de Francisco Nieva sobresale junto a La voluntad de creer, dirigida por Pablo Messiez. Hemos asistido a una temporada sin la carga pandémica; pero se ha insistido en el lenguaje complaciente de nuestros tiempos
Foto de Javier Naval
La estela pandémica aún puede percibirse en las programaciones; aunque las funciones se han podido realizar con bastante normalidad. Lo que sí parece asentado en nuestros escenarios es la pertinacia de lo políticamente correcto, del bienquedismo con el respetable, del peloteo a los que dan de comer, y de un conservadurismo, en definitiva, que se ve a diestro y siniestro. Sigue leyendo →