La isla del aire

Nuria Espert se convierte en la abuela fustigadora en una obra muy endeble del novelista Alejandro Palomas

La isla del aire - Foto de David Ruano
Foto de David Ruano

El género familiar abunda tanto en la escena ─más que en el cine─ que uno termina agotado de costumbrismo y de la misma estructura. Y eso que aquí Alejandro Palomas se salta su propio esquema y concentra en ochenta minutos la hecatombe que propicie la limpieza ritual de una familia, que la libere de sus pesares y de sus cuitas y, a la par, nos convoque a tal oxigenación a nosotros mismos desde la platea. Sin embargo, convengamos en que se roza la telenovela. Es una mala obra teatral que adapta una novela que busca excesivamente la sentimentalidad a través de entresijos forzados.

Nuria Espert se despide del teatro ─la recordaré por su participación en Incendios y, sobre todo, por La violación de Lucrecia─ para hacer de Mencía, una abuela que ha esperado a verse rodeada de sus dos hijas y de sus dos nietas, para soltarles el rapapolvo con un buen repaso vital entre sarcasmos, y mientras carga su boca de tacos para regocijo de un público que cae en ese tipo de chabacanerías. No será este su personaje más brillante, desde luego, porque ninguno de los papeles, ni siquiera el suyo, son lo suficientemente solventes como para pergeñar un argumento mínimamente verosímil. Al menos, la escenografía de Sebastià Brosa, ese hábitat rocoso que nos traslada al Mediterráneo, resulta de lo más sugerente con el leve desplazamiento que nos indica una nueva perspectiva, una visión del mar y de la Isla del Aire. En ella, las proyecciones de Álvaro Luna (con la ayuda de Elvira Ruiz) logran una ambientación de lo más llamativa, un movimiento entre tanto estatismo melodramático.

En definitiva, aceptemos que a la función le falta prólogo, contexto, atmósfera de cierta normalidad; ya que si vamos repasando a cada uno de los personajes casi podríamos pensar que los ha mirado un tuerto, y que han viajado hasta ese islote para hallar a la vieja pitonisa que las ilumine en su presente y futuro aciagos. Ninguna se libra. La misma protagonista, Mencía, no es que frise los noventa y esté sentada en una silla de ruedas, y que pierda la conciencia y explore la realidad con pesadillas que sobrevienen, es que tiene el brazo lesionado. Podemos admitirlo, claro; pero si su hija, con la que suele vivir, Flavia, y con quien lleva una relación de amor-odio muy acendrada requiere muletas, porque se ha lastimado una pierna; pues la verosimilitud se quiebra. Además, Teresa Vallicrosa no tiene tiempo para desarrollar de una forma más concisa su papel; parece que su vida está determinada por un hecho del pasado que, como no podía ser de otra manera en una obra así, conoceremos al detalle (mal de amores). Otro tanto le ocurre a Candela Serrat, quien inserta su historia ya avanzada la pieza. Una catástrofe personal más que daría para un desarrollo muy superior, pero que es anecdótica. Si se ha enamorado de una mujer, cuando lleva años casada y tiene un hijo, entenderemos que el cambio es brusco, pues, encima, su marido se ha enterado. Además, en ella no observamos una interacción coherente con el resto, y eso aumenta la falta de familiaridad que debemos presumir en ese grupo de mujeres, por mucho que las desavenencias vengan de lejos. Peor se da el asunto con Clàudia Benito, que hace de Bea, la más joven, y que tiene más protagonismo. La conexión con su abuela es entrañable; aunque establecen un juego de contarse secretitos que es demasiado naíf. También la muchacha ha roto su noviazgo. Otro desastre para esta calamidad bizantina (o turca). Ni si quiera se dibuja tímidamente el contraste entre aquellas dos hijas de la anciana. Una más bronca y dolida; la otra, Lía, encarnada por Vicky Peña con paciencia y candor, es una señora que cede enseguida, que se vuelve complaciente ante las adversidades. Por eso su progenitora consiguió con facilidad que volviera al redil cuando se descubrió que su yerno era un adúltero.

Uno se pregunta si el recuerdo de Helena, esa tercera nieta desaparecida en el mar hace un año en esa Isla del Aire no debería ser más inspiradora; si no debería suponer una atracción mayor para las demás, cuando parece que era la más «artista» de todas. Únicamente es otra «excusa» para que la matriarca ejecute su poder terapéutico aplicando su soberbia.

Tampoco creo que debamos caer en el habitual estudio sicológico, donde terminemos por derivar de esa madre fustigadora cada una de las particularidades emocionales de sus descendientes. Sus debilidades propiciadas por ella y la paradójica exigencia de fortaleza in extremis. Un ejercicio masoquista repleto de manipulación. Todo ello resulta demasiado evidente y merecería una complejidad de más calado, no vaya a ser que al final nos quedemos con que todo el montaje está destinado solamente a que la Espert demuestre su arte interpretativo. Desde luego, el director, Mario Gas, ha puesto todo su empeño para que así sea.

La isla del aire

Autor: Alejandro Palomas

Dirección: Mario Gas

Reparto: Nuria Espert, Vicky Peña, Teresa Vallicrosa, Candela Serrat y Clàudia Benito

Diseño de espacio escénico: Sebastià Brosa

Diseño de vestuario: Antonio Belart

Diseño de iluminación: Paco Ariza

Música original y espacio sonoro: Orestes Gas

Videoescena: Álvaro Luna con la colaboración de Elvira Ruiz

Caracterización: Núria Llunell

Voz: Anabel Moreno

Una producción de Teatre Romea con el apoyo de ICEC

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 14 de enero de 2023

Calificación: ♦♦

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Tennessee - Foto de Esmeralda Martín
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Arder y no quemarse - Foto de Esmeralda Martín
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El corazon del daño - Foto de Vanessa Rabade
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La poeta María Negroni posee versos en los poemas que pueblan los libros que ha publicado realmente sugeridores. En España todavía su obra no ha logrado permear suficientemente entre los lectores, y esto hace que El corazón del daño tengo menos atractivo. Posee un mundo lírico lleno de audacia, donde la sorpresa se esconde en la seducción de las propias palabras. No obstante, este artefacto que nos compete deja versículos de calidad, se entreteje con azares y con una especie de escritura a vuela pluma en un avance que, a veces, parece impelido por el automatismo inconsciente. Sigue leyendo

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Coronada y el toro - Foto de Javier Naval
Foto de Javier Naval

La estela pandémica aún puede percibirse en las programaciones; aunque las funciones se han podido realizar con bastante normalidad. Lo que sí parece asentado en nuestros escenarios es la pertinacia de lo políticamente correcto, del bienquedismo con el respetable, del peloteo a los que dan de comer, y de un conservadurismo, en definitiva, que se ve a diestro y siniestro. Sigue leyendo

El sueño de la razón

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El sueno de la razón - Foto de marcosGpunto
Foto de marcosGpunto

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Psicosis 4.48

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Psicosis 4.48 - Foto de Esmeralda Martín
Foto de Esmeralda Martín

Quedarse a la mitad y no alcanzar ese punto tan significativo que se halla al atravesar el abismo (o las «cortinas»). Si un texto sobre el suicidio se ha convertido en referencia ineludible en el siglo XXI es este de Sarah Kane. Ahora que van ocupando los teatros con el tema de marras (véase Harakiri, en el Teatro Valle-Inclán o Nuestra necesidad de consuelo es insaciable, en el Quique San Francisco) y que parece que el tabú se está derribando a pasos agigantados y con el riesgo a la exageración. Psicosis 4.48 (esta inversión de los términos daría desde luego para mucho más de lo observado) ante todo, implica un discurso ahormado por la literatura y la desesperación a partes iguales. La obra póstuma que anticipó el inevitable desenlace de esta dramaturga de tan solo veintiocho años es una de esas incursiones en teatro «in-yer-face», que tanta agresividad mostraba en escena principalmente en los años 90. Sigue leyendo

Romeo y Julieta despiertan…

Ana Belén y José Luis Gómez protagonizan en el Teatro Español una obra sin fundamento ni coherencia

Romeo y Julieta despiertan - Foto de Javier Naval
Foto de Javier Naval

De la razón de ser de esta propuesta estaremos en la inopia mucho tiempo. ¿Qué pasaría si se despiertan nuestros amantes predilectos de la literatura universal después de cincuenta años? Y la respuesta es sacar a Ana Belén y a José Luis Gómez para hacer de ellos (¿mismos?). Si me dicen que el texto firmado por E.L. Petschinka está en blanco, tendría que creérmelo; y eso que su adaptación de Tiempo de silencio me pareció reseñable. Igualmente, da la impresión de que Rafael Sánchez les ha dejado ejecutar lo que quieran, y que su labor se ha reducido a situar al elenco en su lugar correspondiente.

El preámbulo ya anuncia catástrofe. Estamos de lleno en uno de esos espectáculos que ansían llevar de la manita al espectador de inicio a fin. Tanto es así, que José Luis Torrijos se convierte en improvisado presentador para anunciar a la mismísima Ana Belén, y para que, como en un juego circense, José Luis Gómez no aparezca. Esta pantomima permite a nuestra estrella femenina recordar sus andanzas shakesperianas en el Estudio 1, que grabó con Tony Isbert, hasta que sube a las tablas su compañero y suenan los aplausos. Luego, arruinarán cualquier clímax posible volviendo sobre esta movida de la televisión. Sigue leyendo