La rebelión de los hijos que nunca tuvimos

Una fábula inspirada en todos aquellos niños migrantes que desaparecen en las costas europeas

Foto de marcosGpunto

La apuesta de los hermanos Bazo (QY Bazo) por el teatro social, por llevar a cabo obras que nos comprometan con los problemas acuciantes de nuestro presente, es clara. De alguna manera, su lenguaje primordial es la fábula, el cuento moralizante, el apólogo con el que pretenden, sino aleccionarnos, sí provocarnos una reacción que nos lleve a la reflexión. Así ocurre en Los impostores, en Nada que perder y en Tres días con Charlie. De forma mucho más acentuada La rebelión de los hijos que nunca tuvimos recurre directamente al «Érase», al toque infantil —lógico para un texto que trata fundamentalmente de niños— y a la narración oral. Este exceso inicial por contar —con todo un prólogo que es en sí una leyenda— es el gran lastre de un espectáculo que se subsume en gran medida en ese procedimiento a costa de la pura representación de los hechos. ¿Hasta qué punto el espectador mantendrá la atención sobre lo relatado? ¿Hasta qué punto es reiterativo lo contado sobre lo representado? Además, creo que faltan recursos propios de los oradores, falta mayor recursividad —no me vale solo con repetir el «érase», porque el cuento se enreda y no somos lectores, sino escuchantes— para que después podamos introducirnos en el meollo de la cuestión. Sigue leyendo

Tres días sin Charlie

Una crónica sobre los atentados en París contra la revista satírica Charlie Hebdo

Tres días sin Charlie - FotoLa obra que han estrenado los hermanos Bazo en la sala principal del Matadero es una representación de un simulacro. Nuestro mundo, ya lo señaló hace décadas Baudrillard, es un simulacro de la realidad, lo que no le quita verdad. A lo que Guy Debord añade en su libro La sociedad del espectáculo: «El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes». Vivimos en tal grado de confusión conceptual que, cuando los dibujantes de la revista satírica Charlie Hebdo sufrieron el ataque terrorista, la sociedad europea manifestó su incongruencia lanzando a internet todas las dudas posibles: «¿de parte de quién debo estar?», «¿quién es el culpable?», «¿qué es satírica?», «¿es la libertad de expresión sagrada?», «¿qué es la libertad de expresión?», «¿puedo hacer chistes sobre los dioses?», «¿todo es respetable?», «¿estamos en guerra?»…

Ante la insoportable sensación de la duda, qué mejor que un concepto vacío, un hashtag, un símbolo que represente todo y nada simultáneamente para apaciguar los ánimos y dejar de reflexionar: #JesuisCharlie. Charlie = *. Musulmán, policía, judío, etcétera. Con las mismas #jenesuispascharlie. Mañana será otro día. Y vaya que si lo fue (aunque esto excede los límites de la obra, pero conviene recordarlo). Sigue leyendo

Nada que perder

Mítin teatral revestido de trama en ocho escenas sobre un caso de corrupción

Foto de Daniel Martínez López
Foto de Daniel Martínez López

Metidos ya de lleno en campaña, Nada que perder se presenta como un acto electoral reconvertido de puzzle policial o como un mitin apenas escondido tras un argumento acerca de la corrupción o, es más bien, un panfleto dirigido no se sabe muy bien a quién. Si no fuera porque el trabajo de los hermanos Bazo (recuerdo con agrado su obra Los impostores), de Juanma Romero y Javier G. Yagüe los avala, y que la Sala Cuarta Pared suele arriesgar con sus propuestas, uno tendería a pensar que este proyecto se les ha ido de las manos o que la deriva del país les ha nublado la vena artística. En cuanto comienza la obra, ya somos interpelados con las famosas tres preguntas de Kant, que se resumen en aquello de «¿qué es el hombre?»; a partir de ahí, cientos de preguntas de carácter moral (muchas de ellas falsos dilemas) y político para enmarcar y puntualizar la respuesta que nos viene en forma de cuadro. Es decir, un Pepito Grillo (no vaya a ser que el respetable se pierda), nos ametralla con cuestiones como una sombra que acompaña a los dos protagonistas de cada una de las ocho escenas. Al principio es un padre, profesor de filosofía, que debe acudir a comisaría porque su hijo ha sido detenido por quemar un contenedor en un acto de protesta. Luego, se va elaborando la trama con una interventora puesta a dedo en el ayuntamiento, un futuro alcalde y su madre, un policía, etc. La historia deja pronto de tener importancia porque el tono es tan directo, explicativo, demagógico y moralista que uno siente que está o en el culto evangélico o en una sesión para escolares o que es un indio recibiendo a los españoles de la conquista trayendo la Buena Nueva. A esto, además, hay que añadirle que, sin pudor, se entonan los recortes perpetrados por los últimos gobiernos de la nación (por si alguien no se había enterado). Sigue leyendo

Los impostores

Alegoría familiar que inicia la tetralogía «Del yo al nosotros» en la Sala Cuarta Pared

los-impostores-cuyas-640x320En el centro del escenario se instala una estructura metálica en forma de prisma cuadrangular que aloja a una familia dispuesta a jugar una partida de cartas. En un lateral (afuera), el abuelo-el padre se balancea en una mecedora. Por debajo del conglomerado textual-alegórico se cuenta en esbozo la historia de una estafa piramidal. Hemos visto reportajes y hemos leído noticias sobre los procedimientos de las empresas multinivel. Mediante una publicidad engañosa y unas estrategias de marketing propias de las iglesias evangélicas (en la propia obra se escenifica uno de estos acontecimientos en los que se vende la buena nueva de la empresa, donde se incita a fantasear igual que en el cuento de la lechera). El truco consiste en convencer a tus allegados de que invertir en ciertos productos es una gran idea, aunque las ganancias (reales) no estén en la venta de algo sino en conseguir el dinero de miles de primos. La familia es la primera en caer. Sigue leyendo