Constelaciones

Sergio Peris-Mencheta adapta en su nuevo proyecto la obra de Nick Payne, una dramedia que emplea los parámetros de la física cuántica

Foto de Bárbara Sánchez Palomero

Reconozco que la primera vez que observé Constelaciones, de Nick Payne, allá por 2014, cuando la protagonizaron Inma Cuevas y Fran Calvo en la Kubik Fabrik, quedé sorprendido. Sin embargo, las intervenciones inasibles de la cuántica que me deben haber transformado, me dejan estupefacto ante la insignificancia argumental de este juego teatral. Cabe señalar, nuevamente, que la factura del espectáculo está perfilada al milímetro y que la dirección de Sergio Peris-Mencheta resulta inapelable en la concreción de cada microescena, donde los intérpretes están muy afinados. Creo que la profesionalidad de este artista es extraordinaria en ese sentido. Pero me cuesta mucho verme constreñido por las falacias que se cuelan en el asunto ─me habré caído del caballo─. Porque subsumir toda una propuesta los azares de una supuesta influencia de la física cuántica nos deja con procedimientos auténticamente agotadores. Tengamos en cuenta las veces que nos vamos a negro. Si nuestra realidad pudiera cambiar a cada instante, y quien dice «cada instante», puede ser el lapso que nos apetezca (un segundo, un día, una semana); si, por otra parte, no depende tanto de nosotros, pues se ejecutan las acciones con un soberano determinismo, cualquier posibilidad es factible y, a la vez, no. Es decir, qué más da cómo se proceda, si todo puede mutar. Qué importa cómo termine la fábula, si una tragedia se puede trastocar en una comedia. O sea, esto ya no es la anagnórisis bizantina, sino la pura magia que nos ofrece el final deseado.

Pongámonos en el estreno, en ese día concreto del 6 de febrero. En esa ocasión, el maestro de ceremonias es Litus Ruiz, un tipo que se maneja con gran soltura en estas lides y que luego dirigirá al grupo musical. Él nos propondrá un juego. Cada función, de los seis integrantes del elenco (ellos mismos son los músicos. Magníficos), por azar (un espectador prestará su mano inocente), se elegirá a dos. Más adelante, también, se procederá de igual manera en la selección del contexto en el que nuestra pareja se conocerá, lo que implicará, además, un estilo musical y unas cuantas canciones que se irán repitiendo. Así que concentrémonos en Jordi Coll, un formidable intérprete, versátil, de fenomenal vocalización y que canta con elocuencia, que se encuentra con María Pascual, a quien hemos disfrutado por su eficiencia y su apostura dentro de la escena en algunos de los montajes del propio artífice como Castelvines y Monteses, Ladies Football Club o Blaubeeren. Ella expele encanto y medida timidez. Aunque realmente poco importan tampoco sus caracteres, pues se moldean al gusto cuántico. Un «no» pasa a un «sí», y una concepción moral se tergiversa para transformarse en un consentimiento sexual, por ejemplo. No sé qué opinarán los físicos teóricos de tanta fluidez para una materia (o no materia) en estudio. ¿O no hablamos de «materia»?

Concentrados en una plataforma giratoria, en una disposición a tres bandas en el Teatro Valle-Inclán, tal y como el director pergeñó para La cocina, nuestros enamorados repetirán microacciones con microvariaciones hasta la extenuación del público. Se estira un argumento endeble en demasía, que duraría apenas media hora si no se viera interrumpido por este mecanismo. No obstante, el punto no está en la duración, sino en el contenido. Los personajes son planos. Él es un apicultor y se afana en vender esa miel. ¿Algún conflicto relevante por ese lado? No. Ella es, claro, física cuántica y se dedica a investigar, y a publicar papers. ¿Algún conflicto relevante por este lado? No. Esa es el tema, que parece que el dramaturgo solamente necesita una excusa, cualquier trama, para propiciar sus constantes saltos temporales. Se conocen, se suceden los «tiros de dados» hasta que prende la llama del amor. Luego, salen (más «dados»). Después tendrán sexo (más «dados» todavía). Cuernos. Enfermedad terminal. Y todos los etcéteras que se quieran insertar por el medio y por el desenlace. Constelaciones es una obra in-humana, que ignora la conciencia, la memoria y los aspectos sutiles que se insertan en nuestras vivencias hasta la intimidad. La pervivencia material se diluye, porque estamos sometidos al caos cuántico. El observador lo cambia todo permanentemente, o eso nos dicen. Aquí la idea se manipula de forma torticera.

El concepto se ha explorado ─mutatis mutandis─ en distintas ocasiones en los últimos años. El cine lo ha hecho con gran éxito como en la Todo a la vez en todas partes (2022) o con Código fuente (2011) o con Al filo del mañana, con Tom Cruise, donde todavía se plantea una tesis peculiar sobre la conservación de algún aprendizaje. Tampoco el teatro se ha quedado atrás con If (La ligereza), de Pedro Casas, con Los universos paralelos, de David Lindsay-Abaire o, en tono de comedieta, Goteras, de Marc G. de la Varga. Diferentes modos de emplear la premisa. La cuestión más gravosa en Constelaciones es que discurre, además, por una estética cursi. No hay más que ver los globitos cayendo desde el techo o el tono con el que propenden al inicio los protagonistas. Pienso en adolescentes fanáticos de las novelas del género romantasy. Quedarían encantados. Pero también cavilo sobre algunas especulaciones de los físicos imaginan multiversos como otros lo hacen con los paraísos celestiales. Puro autoengaño.

Constelaciones

Texto: Nick Payne

Versión y dirección: Sergio Peris-Mencheta

Reparto: Jordi Coll, Diego Monzón, Paula Muñoz, María Pascual, David Pérez-Bayona y Clara Serrano

Maestra y maestro de ceremonias: Ester Rodríguez / Litus Ruiz

Dirección musical: Joan Miquel Pérez y Litus Ruiz

Dirección y arreglos vocales: Ferran González

Composición musical: Jordi Coll, Diego Monzón, Paula Muñoz, María Pascual, Joan Miquel Pérez, David Pérez-Bayona, Litus Ruiz y Clara Serrano

Escenografía: Javier Ruiz de Alegría

Iluminación: Ion Anibal

Vestuario: Elda Noriega AAPEE

Sonido: Benigno Moreno

Coreografía: Amaya Galeote

Asesoramiento de actores: Marta Solaz

Asesoramiento de clown: Néstor Muzo

Asesoramiento de lengua de signos: Jaime Leoncio y Marcos Pérez

Traducción: Daniel Val Garijo

Ayudante de dirección: Marlene Michaelis

Ayudante de vestuario: Berta Navas

Diseño de cartel: Emilio Lorente

Fotografía y tráiler: Bárbara Sánchez Palomero

Realización de escenografía: Readest Decorados (AAPEE)

Producción ejecutiva: Barco Pirata

Producción: Centro Dramático Nacional y Barco Pirata

Distribución: Fran Ávila Producción y Distribución

Teatro Valle-Inclán (Madrid)

Hasta el 29 de marzo de 2026

Calificación: ⭐⭐

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En palabras de Jo… Mujercitas

Lola Blasco busca en su texto a Louisa May Alcott a través de su célebre novela en un montaje de tintes metaliterarios

Foto de Esmeralda Martín

Aceptemos que a Mujercitas se le puede dar una vuelta y que se puede apreciar más allá de esa consideración costumbrista, conservadora y tan valorada por los estadounidenses de bien. Que en las entrañas de esa novela se cuela una nueva moral que funciona como un suave feminismo revolucionario que fragua a través de la escritura. Todo ello le ha dado a Lola Blasco para observar desde una perspectiva reflexiva y hasta filosófica a esas mujeres desgajadas de cualquier intromisión masculina directa. En escena no entran los hombres; así tampoco podremos aseverar que algunas de las proclamas que se escuchan durante la función realmente lleguen a ser efectivas frente a la mirada del varón. Pepa Gamboa ha marcado un compás fulgurante desde el principio, el lógico brío juvenil que nos entrega a unas muchachas con un desparpajo increíble. El montaje, salvo el decaimiento final, en el que resulta un tanto reiterativo su epílogo metaliterario; nos empuja por una pendiente en las ganas de atrapar una vida con caminos muy marcados y definidos, que su máxima protagonista anhela torcer. Desde luego, el primer tramo de la obra es un borbotón de energía que nos alegra. En plena Navidad, las March, llenas de entusiasmo, nos hacen creer de verdad que aquella existencia eminentemente hogareña y provinciana es la quintaesencia de la felicidad. Sigue leyendo

#Malditos16

En el reabierto Teatro Galileo se representa esta obra de Nando López sobre cuatro adolescentes que han intentado suicidarse

Necesariamente debemos pensar en los adolescentes, en ese público objetivo al que va destinada esta obra, tanto en el sentido estético como en el pedagógico. De esa manera, #Malditos16 es un montaje propedéutico; por eso podríamos considerar que la chavalería de catorce o quince reflexionará sobre este tabú que arrastramos en España (a diferencia de otros países donde el tema ha irrumpido en la educación); mientras que a los bachilleres quizás se les que un poco superficial. A los adultos, no digamos. Y es que estamos hablando de una cuestión tan peliaguda que siempre se ha rehuido ―ahora se sigue haciendo; pero algo menos―. En esta tesitura, el autor, Nando López, ha sido timorato. Creo que toda la literatura que se tilda de juvenil, todos esos productos que tienen tan claro cómo hay que aproximarse a los adolescentes, primeramente, desdeñan el arte y, seguidamente, buscan un consenso general que termina en el reiterado paternalismo que llevamos aguantando en las últimas décadas. Antes de que un joven tenga un grave problema (para ellos los problemas suelen ser todos graves) es pertinente haber cumplido con lo esperable por parte de los adultos, es decir, poner límites, decir no unas cuantas veces y hablar claramente a los chavales, no rehuir los aspectos incómodos de la vida. Después, cuando ya están inmersos en el mogollón, en esa amalgama de sensaciones desasosegantes o cuando barruntan los miedos, ellos desean que se les digan las cosas con sinceridad. Sigue leyendo