Típica comedia burguesa firmada por Florian Zeller y protagonizada por el humorista Joaquín Reyes en el Teatro Infanta Isabel

Quizás haya que desistir con el humor francés y con sus comedietas burguesas, infantiles y, encima, aleccionadoras. El cinismo moralista de nuestros vecinos finolis me resulta insoportable. No me hace gracia y me parece tan tontorrón que no creo que esté destinado a la inteligencia. Este género tendrá sus millones de seguidores y degustadores; pero es tan reduccionista que no me vale ni para pasar el rato. Voy a pensar, por otra parte, que con otro elenco el asunto hubiera discurrido con algo más de sutileza; no obstante, la presencia de Joaquín Reyes trastoca cualquier afán de complejidad en las maneras. Sigue leyendo


Para empezar, digamos que Del color de la leche funciona mejor en su puesta en escena que como novela. Esta se ha convertido en casi un bestseller. No me extraña, ya que no solo es breve, sino que está escrita por Nell Leyshon con un artificio que favorece la lectura y que, incluso, podría recomendarse a los adolescentes. Porque entendamos que la verosimilitud es más que cuestionable. Una quinceañera que acaba de aprender a leer y a escribir no solo es capaz de narrar su historia de una manera legible y correcta (pocos errores sintácticos u ortográficos, amén de un vocabulario variado aceptable), sino que llega a usar metáforas (el mismo título referido a su pelo) y otras figuras retóricas que raramente se le pasarían por la cabeza. 
En la actualidad, aunque, evidentemente, viene de lejos, la lista de cortos cinematográficos de animación mudos y multipremiados que desarrollan cuitas morales y que adoptan una postura pedagógica es inmensa. Hay películas técnicamente maravillosas que logran contar historias de calado muy bien llevadas. Claro que hablamos de ese límite que impone la infancia, la adolescencia o el potencial grupo de espectadores sensibilizado con una alguna dolencia, trauma o padecimiento (algún ejemplo puede ser Ian, de Abel Goldfarb. Hay infinidad). 

