Rafa Castejón realiza un notable ejercicio de arqueología teatral para redescubrirnos a Francisco Arderíus en el Teatro de la Comedia

Merece la pena ─se hace así en la función que nos compete─ acudir a los orígenes del término bufo. Aprovechemos que el Diccionario Histórico de la Lengua lo recoge. En él se lee: «pieza que tiene carácter cómico o burlesco». Acepción atestiguada desde 1787. Poco nos aclara, desde luego; sin embargo, entendemos perfectamente que es un cúmulo de gestos, de desbarajustes, de carnavaladas, de barroquismos satíricos, de eso que podría ser un sainete de Ramón de la Cruz (traigamos a la memoria La comedia de maravillas), llevado hasta lo grotesco y exagerado para la época. O sea, el XIX. Sigue leyendo

Que conozcamos de sobra el desenlace, no quita para que la batalla dialéctica nos dé un impresionante morbo. El resto de personajes pueden quedar en la sombra y en silencio. Los avatares bélicos propician el movimiento de las piezas en la partida erótica, y el erotismo es una máscara aviesa por sujetar un poder muy quebradizo. ¿Quién hace más teatro? ¿Cleopatra o Marco Antonio? Nuestra mirada romántica nos hace crédulos ante tales arrumacos en los primeros instantes; pero ahí se dirime mucho más. En concreto, la supervivencia política. La reina de Egipto había hecho lo propio con Julio César y ahora no tendría inconveniente en volver a «venderse» a otro romano. 


