Kulunka presenta una obra sobre el deterioro familiar en un espectáculo fascinante a través del teatro con máscaras
En la actualidad, aunque, evidentemente, viene de lejos, la lista de cortos cinematográficos de animación mudos y multipremiados que desarrollan cuitas morales y que adoptan una postura pedagógica es inmensa. Hay películas técnicamente maravillosas que logran contar historias de calado muy bien llevadas. Claro que hablamos de ese límite que impone la infancia, la adolescencia o el potencial grupo de espectadores sensibilizado con una alguna dolencia, trauma o padecimiento (algún ejemplo puede ser Ian, de Abel Goldfarb. Hay infinidad). Sigue leyendo →
La Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero es ocupada por unos niños que reclaman a sus padres que dejen el móvil en un espectáculo admonitorio
Foto de Geraldine Leloutre
En el suma y sigue de catástrofes dramatúrgicas en nuestra escena contemporánea llega Play!, de María Goiricelaya. No deben preocuparse los afanados docentes de nuestro país cuando en sus colegios e institutos al acabar el curso sufran por la calidad de sus propuestas teatrales que, con tanto cariño como pocos medios, sacan adelante. El amateurismo también anida desde hace temporadas en el Centro Dramático Nacional. Teatro con cosas, como las paellas para los turistas. Un tema para admonizar a la población. Teatro prescriptivo. Teatro-tutorial. Catequesis posmoderna de esa que formulan nuestras élites culturales de progreso en su acuciante olvido de aquellos que viven pobremente en el margen. Sigue leyendo →
Natalia Menéndez se pone al frente de este espectáculo inenarrable sobre la alegría sin motivo en las Naves del Matadero
Foto de Vanessa Rabade
Uno observa el planeta y repasa las catástrofes, las evidentes y las ocultas, y no para de hallar a todos sus remediadores que, como antes los curanderos, ofrecen sus admoniciones para la consagración de la ingenuidad y el desastre. Si me dicen que este Alegría Station nace de alguna iglesia evangélica, me lo creería a pies juntillas. Si es una de esas alucinaciones de los gabinetes de recursos humanos encontraría firme sentido. Lo que me queda claro es que hacía tiempo que no sentía tanta vergüenza ajena en un teatro. Sigue leyendo →
Guillermo Calderón y Gabriel Calderón destripan a Calderón con una pieza inspirada en El príncipe constante
Foto de Santiago Mazzarovich
Fue hace ya un par de años, cuando el mismo Teatro de la Comedia acogió su versión de El príncipe constante. Ahora se toma aquella como excusa, para inventarse un artefacto a medio camino del thriller policiaco y la crítica de arte (o del arte). No sé si los vasos comunicantes que se intentan implantar van más allá de los gestos metateatrales que remiten a aquella; porque no parece muy necesario conocer el drama original. Aquí los vericuetos suponen un juego para el espectador; ya que se busca dilucidar, entre otros asuntos, un asesinato. Una especie de cómic con sus altas dosis de humor. Y también una reducción absoluta sobre cualquier veta hagiográfica; si, acaso, lo religioso se introduce, en alguna mínima medida, como superchería. El fetiche de la mercancía termina por ser un gracioso motivo para la distracción de los espectadores. El espectáculo es raro, en cuanto que uno espera seriedad, y lo que halla son diálogos rocambolescos. Sigue leyendo →
El clásico griego de Sófocles se imbrica con las luchas sociales de los trabajadores brasileños en este montaje de Milo Rau
Milo Rau es de los dramaturgos más interesantes del panorama europeo (me interesa). Estuvo en este mismo escenario del Conde Duque la temporada anterior con Familie. Vuelve a relacionar realidades contemporáneas, gravosas, con las tragedias griegas, como ya realizó con Orestes in Mosul. Creo que esta Antigone in the Amazon alcanza cotas elevadas de tensión y de activismo político. En cualquier caso, pienso que, por el momento, su montaje más insidioso sigue siendo Five Easy Pieces, por encima, también, de Empire. Sigue leyendo →
La dramaturga y actriz Esther F. Carrodeguas monologa sobre su gordura en una performance autoficcional
Esther F. Carrodeguas, quien, desde mi punto de vista, ha patinado con su último espectáculo, Iribarne, en el CDN, es una dramaturga que necesariamente debemos juzgar como inteligente. La prueba es Supernormales. Uno, entonces, se pregunta por qué una mujer de 44 de años se hace esto (y nos hace esto) en escena. Otra vez más la autoficción de marras. Otra vez el micrófono en mano. Otra vez la declamación plañidera. Otra vez el victimismo egocéntrico. Otra vez el mundo (todo, todo el mundo) «contra mí». Pero esta vez, encima, reducido a cuarenta y cinco míseros minutos y a la redundancia más insoportable: «Soy gorda». Sigue leyendo →
Fele Martínez se pone al frente de esta comedia típica de costumbres en el Teatro Bellas Artes
Foto de Enrique Cidoncha
Quizás se busque con este nuevo montaje ir a tiro hecho; pero si uno mira la cartelera actual y repasa la de temporadas anteriores, encontrará que esto de las cenas con amigos o con parejas es un género que se emplea hasta la saciedad, y que no deja de ser costumbrismo refrito para echarse unas risas. Si todavía halláramos un planteamiento temático de diversa enjundia, como ahora ocurre, en Laponia, de Cristina Clemente y Marc Angelet y que continúa en el Maravillas; pues todavía se saca algo en claro. Nada nuevo bajo el sol con esto de Estel Solé, que presentó su propuesta allá por 2013, y que tuvo acomodo en pisos particulares con bastante éxito. Sigue leyendo →
Séverine Chavrier ha dejado que cuatro músicos adolescentes ocupen las tablas con sus divagaciones personales, mientras nos deleitan con sus instrumentos
Foto de Alexandre Ah-Kye
Me ha resultado inevitable no tener en cuenta el trabajo del cineasta Jonás Trueba. Ese objetivismo que procede del cine francés, de la nouvelle vague, que hemos podido apreciar en toda su filmografía. Pero a esto se añade su último y extensísimo documental titulado Quién lo impide, en el que seguía el rastro y la vida de un pequeño grupo de adolescentes a lo largo de los años. Ellos fundamentalmente emitían sus inquietudes y, de hecho, algunas de sus reflexiones resultaban mucho más interesantes que las que percibimos en este espectáculo. Porque en Aria da capo el contenido no deja de asentar los consabidos tópicos que cualquiera puede escuchar en los chavales de hoy que, más allá de la tecnología que tienen entre manos, son los mismos desde hace décadas. Por eso se echa mucho en falta una profundización mayor en sus cuitas como músicos, ya sea sobre la disciplina a la que se tienen que someter o sobre cómo se plantean el futuro en relación al arte. Las pinceladas son nimias; puesto que el contacto con el presente y la espontaneidad imperan.
En este sentido, sí que están excelentemente dirigidos por Séverine Chavrier, quien ha logrado que estos jóvenes intérpretes se muestren muy sueltos. Principalmente, Victor Gadin, quien se afana con el fagot para sincerarse con fantasías sexuales mientras fuma sin parar. Lo atienden entre risas Guilain Desenclos, con su trombón listo; y Areski Moreira, aplicado a su violín.
Me parece que en esta propuesta el marco de referencia, cada una de esas insinuaciones sobre el mundo en el que se mueven, está a punto de envolvernos; aunque se queda, desgraciadamente, en una elipsis demasiado pertinaz. Se requerirían conversaciones más candentes, fuera de lo habitual. Y es una pena, porque la sensación general que nos puede dejar la función es buena. El movimiento de los actores a través de sus propias interpretaciones musicales nos deleita y nos subsume en una especie de lucha entre la libertad ociosa y su instrucción frente al instrumento. Parecen encerrados en esos cubículos acristalados ─el golpe sobre una de las mamparas es un grito de impotencia que sorprende─ y toda la sombra que se proyecta sobre sí mismos, cuando portan esas máscaras de ancianos, donde uno conjuga su destino con las imposiciones de sus maestros, a los que aluden en distintas ocasiones, habilita breves cavilaciones certeras. Así, la escenografía de Louise Sari promueve nuestro acto voyerista como, en gran medida, insistió Milo Rau con su Familie, del año anterior. También ya que las cámaras interiores nos permiten observar su privacidad, hasta el punto de colarnos en esos vídeos de Instagram que, por su puesto, apelan a su tema predilecto ─el algoritmo, ya sabemos, es infalible─. Y todo ello, además, porque se nos recuerda su vivencia durante la cuarentena en la pandemia.
Es evidente que debemos contemplar todo el montaje como una insistencia en el eterno retorno a través de la concepción de aria da capo. El volver a empezar, el ensayo repetitivo, el regreso que te lanza inevitablemente hacia la madurez. El tiempo avanza inexorablemente; pero es necesario, para cualquier músico profesional, comenzar desde el principio para revitalizar tu propia experiencia. Jóvenes, por otro lado, que compactan la música clásica con esa electrónica que lo invade todo, sin olvidar todas esas mezcolanzas que se han ido formalizando durante el siglo XX. Ellos mismos deambulan por el jazz y el funk. No hay más que escuchar cómo canta Adèle Joulin (cómo toca el piano), la única chica, que también nos confiesa sus amoríos con gran naturalidad, sin caer en la fanfarronería de ellos.
Lo innegable es que somos compelidos por su fascinación y por una suspicaz melancolía. Y, claro, por ellos tocando distintos movimientos y canciones que nos conmueven. Escúchese la Sinfonía nº 1, «Titán», de Mahler. O auspiciados por las Variaciones Goldberg. Son tantos los compositores (Vivaldi, Schönberg, Stravinski…) que se nombran, que uno, además, los imagina enfrascados con sus partituras.
Lo que oímos, lo que vemos, lo que expelen podría haber resultado más inteligente y persuasivo. Séverine Chavrier los ha dirigido con gran manejo de los tiempos y de los espacios, y ha sabido conjugar diferentes puntos de vista; no obstante, les ha permitido discurrir por las zonas más banales de su existencia.
La criada de Bernarda Alba, interpretada por Lolita Flores, nos da cuenta de lo acontecido en esa casa después de la muerte de Adela. El director y dramaturgo Luis Luque nos ofrece un montaje excesivamente embellecido
Foto de Javier Naval
¿Cuál es la razón que ha podido encontrar el autor para indagar en este personaje secundario? No hace mucho tuvimos en escena Bernarda y Poncia, interpretadas magníficamente por Pilar Ávila y Pilar Civera, con elucubraciones de muy distinto cariz, en una ambientación contraria a lo que observamos aquí. Pues Luis Luque pareciera que no ha querido darle vuelo a su protagonista, que no se ha permitido fabular suficientemente para otorgarle alguna esperanza tras la hecatombe. Tampoco en el recuerdo hallamos mucha sustancia, apenas si su madre fue prostituta o si aprendió a leer y a escribir, o si en alguna ocasión había zurrado al simplón de su marido Evaristo el Colorín (risas en la platea. Sin comentarios). Sigue leyendo →