Rafa Castejón realiza un notable ejercicio de arqueología teatral para redescubrirnos a Francisco Arderíus en el Teatro de la Comedia

Merece la pena ─se hace así en la función que nos compete─ acudir a los orígenes del término bufo. Aprovechemos que el Diccionario Histórico de la Lengua lo recoge. En él se lee: «pieza que tiene carácter cómico o burlesco». Acepción atestiguada desde 1787. Poco nos aclara, desde luego; sin embargo, entendemos perfectamente que es un cúmulo de gestos, de desbarajustes, de carnavaladas, de barroquismos satíricos, de eso que podría ser un sainete de Ramón de la Cruz (traigamos a la memoria La comedia de maravillas), llevado hasta lo grotesco y exagerado para la época. O sea, el XIX. Sigue leyendo
Todo va tan rápido que esta obra no es que nazca vieja —tampoco hay que pasarse—; pero antes de tomártela con precaución o, incluso, con temor; uno prefiere aceptarla con gracia. Da la impresión de estamos esperando a que ocurra verdaderamente algo catastrófico para que nos tomemos en serio —que le exijamos a nuestros legisladores que dejen de ir con la lengua fuera y se pongan las pilas, si es que todavía no están corrompidos por la venalidad— la potente tecnología que se ha puesto en nuestras manos y en nuestra memoria. Quizás cuando llegue el gran apagón o cuando nos hagan el tocomocho en algunas elecciones o cuando nuestros hijos se vuelvan definitivamente imbéciles (alguna generación ya está perdida. Eso está claro). 
Vuelve Alberto Conejero a inmiscuirse en uno de esos poetas mitificados en nuestra historia, verdaderos fetiches, como el Lorca que evocó en 