Se representa por primera vez esta obra de la portuguesa Ángela de Azevedo a cargo de Teatro a bocajarro
Ya se dio cuenta en 2019 en las tablas del Corral Cervantes de La Margarita del Tajo que dio nombre a Santarén, una de las tres obras que se conservan (o de las que se tienen noticia) escritas por Ángela de Acevedo. Ahora, los jóvenes de Teatro a bocajarro acometen el proyecto de adaptar El muerto disimulado. Resulta un tanto reiterativo afirmar que apenas conocemos detalles fehacientes sobre la vida de esta dramaturga portuguesa que escribía en español allá por el siglo XVII y que fue dama de honor de la reina Dª Isabel del Borbón. A tenor de lo observado y leído, no parece esta comedia de capa y espada una pieza sobresaliente, pues la autora se excede en el embrollo más de lo aceptable, y fuerza el final feliz exigiendo unas tragaderas morales a uno de sus protagonistas que cuestan mucho digerir. Lo que sí es cierto es que los adaptadores Laura Garmo y Nacho León se han permitido ciertas licencias propias del teatro contemporáneo para que la ironía, la música, las reivindicaciones feministas hoy ineludibles y el leve aligeramiento del argumento anulando algunas subtramas; y todo ello logra momentos de gran confraternización con el público. Sigue leyendo
Parece lógico, en estos tiempos de supuesta crispación —diría, por ejemplo, que nuestro parlamento es una sospechosa balsa de aceite comparado con otros hemiciclos y otras épocas—, donde las trincheras de la nimiedad se cancelan y se la cogen con papel de fumar, tratar sobre la Política en su encarnación alegórica; aunque se entrevera indefectible y filosóficamente con «lo político». También es cierto que dada la tendenciosidad de gran parte del teatro tildado de «político» que trufa nuestra escena, cualquier espectador avisado acuda a ver la propuesta de la compañía La trapecista autómata, con los prejuicios afinados y a flor de piel. Y sí que encontramos varios detalles más escorados hacia un prototípico lado de nuestra historia, fundamentalmente en algunas frases de los últimos minutos, que recuerdan a proclamas de corte guerracivilista, cuando el discurso principal, como vamos a ver, se maneja desde una perspectiva teórica muy distinta. Y, además, la gansada grotesca de proceder con la «Gasolina», de Daddy Yankee, que es ya un lugar común de corte clasista, y que está muy relacionado con la visión peyorativa que se tiene del reguetón, por estar vinculado, en general, con estratos sociales bajos. 
Que una obra estrenada en 2012 en la Sala Triángulo (ahora Teatro del Barrio) y que estaba destinada al fervoroso y minoritario circuito off regrese a los escenarios, ya supone una rareza. Pero los intérpretes de aquel proyecto han decidido darle otro brío y ellos mismos, enmascarados en el Komité de Expertos, se han dirigido, con la inestimable dirección de Isabel Sánchez. De esta manera, el montaje Exhumación de Carlos Be, ahora es Hamlet/21: Informe de una exhumación. Lo más llamativo de esta nueva «intromisión» es la dramaturgia; pues han optado por las técnicas del viewpoints. Procedimiento este, que en España está explorando y explotando fértilmente Gabriel Olivares. Esta mirada es crucial para el espectáculo que nos compete, y si bien se logra en bastantes momentos una extrañeza sugerente sobre el acontecimiento dado; también creo que es justo reconocer que ciertos excesos perspectivistas acaban por adensar la función, por romper cierto dinamismo y por entorpecer una claridad que se anhela entre tanta capa. 

¿Merece la pena adaptar la obra de Lorca para, en lugar de aportarle un aire nuevo, otra temperatura, quizás, con mayor consonancia presente, desvirtuarla hasta hacer de ella un acontecimiento entre dos aguas? La necesidad de duplicar la actualización de un clásico, pues toda obra del pasado es actualizada ipso facto por la mirada de un espectador nuevo, conlleva, en muchas ocasiones, la descompensación anacrónica de los hechos, y el descoloque de unos símbolos que requieren de un contexto sociocultural muy concreto. Si nos venimos al ahora, ¿qué es la esterilidad de una mujer? O debemos tomar la verosimilitud a medias y a gusto del consumidor. Microondas, lavadoras (a pares) y un tren AVE arrollando ovejas; pero ni avances sociales inconmensurables, ni secularización sin parangón, ni pruebas médicas que zanjen las dudas y planteen las posibilidades que hoy existen.
Vamos a pensar que Juan Luis Iborra, de quien podemos leer en el programa de mano: «Una comedia llena de verdad, porque es en la verdad donde nace la mejor comedia», ha escrito una genialidad, una alegoría de España, una sátira revolucionaria, una fábula con mensaje subrepticio que requiere descodificarse pormenorizadamente; y que lo que parece un monólogo propio del Club de la Comedia, de apenas una hora y que propende con generosa ingenuidad, es, en realidad, una ejemplo moral digno de la Ilustración. Pues, oigan, si el dramaturgo y la dramaturga (Sonia Gómez) hubieran afinado más por aquí y por allá, y no hubieran tenido tan claro a qué público se dirigen en este estío de nuevas normalidades, pues quién sabe hasta dónde se podría haber llegado. En ustedes está excederse en los pruritos interpretativos, que en la crítica hace tiempo que se dan corrientes que observan mucho más de lo que el mismo autor quiso exponer. Pero la cuestión es que ya el propio título nos hace recordar el grito de los liberales en su apoyo de la constitución de 1812 de Cádiz, como nuestra actriz. ¿Y qué deducir de la protagonista? 