Fele Martínez se pone al frente de esta comedia típica de costumbres en el Teatro Bellas Artes
Foto de Enrique Cidoncha
Quizás se busque con este nuevo montaje ir a tiro hecho; pero si uno mira la cartelera actual y repasa la de temporadas anteriores, encontrará que esto de las cenas con amigos o con parejas es un género que se emplea hasta la saciedad, y que no deja de ser costumbrismo refrito para echarse unas risas. Si todavía halláramos un planteamiento temático de diversa enjundia, como ahora ocurre, en Laponia, de Cristina Clemente y Marc Angelet y que continúa en el Maravillas; pues todavía se saca algo en claro. Nada nuevo bajo el sol con esto de Estel Solé, que presentó su propuesta allá por 2013, y que tuvo acomodo en pisos particulares con bastante éxito. Sigue leyendo →
Séverine Chavrier ha dejado que cuatro músicos adolescentes ocupen las tablas con sus divagaciones personales, mientras nos deleitan con sus instrumentos
Foto de Alexandre Ah-Kye
Me ha resultado inevitable no tener en cuenta el trabajo del cineasta Jonás Trueba. Ese objetivismo que procede del cine francés, de la nouvelle vague, que hemos podido apreciar en toda su filmografía. Pero a esto se añade su último y extensísimo documental titulado Quién lo impide, en el que seguía el rastro y la vida de un pequeño grupo de adolescentes a lo largo de los años. Ellos fundamentalmente emitían sus inquietudes y, de hecho, algunas de sus reflexiones resultaban mucho más interesantes que las que percibimos en este espectáculo. Porque en Aria da capo el contenido no deja de asentar los consabidos tópicos que cualquiera puede escuchar en los chavales de hoy que, más allá de la tecnología que tienen entre manos, son los mismos desde hace décadas. Por eso se echa mucho en falta una profundización mayor en sus cuitas como músicos, ya sea sobre la disciplina a la que se tienen que someter o sobre cómo se plantean el futuro en relación al arte. Las pinceladas son nimias; puesto que el contacto con el presente y la espontaneidad imperan.
En este sentido, sí que están excelentemente dirigidos por Séverine Chavrier, quien ha logrado que estos jóvenes intérpretes se muestren muy sueltos. Principalmente, Victor Gadin, quien se afana con el fagot para sincerarse con fantasías sexuales mientras fuma sin parar. Lo atienden entre risas Guilain Desenclos, con su trombón listo; y Areski Moreira, aplicado a su violín.
Me parece que en esta propuesta el marco de referencia, cada una de esas insinuaciones sobre el mundo en el que se mueven, está a punto de envolvernos; aunque se queda, desgraciadamente, en una elipsis demasiado pertinaz. Se requerirían conversaciones más candentes, fuera de lo habitual. Y es una pena, porque la sensación general que nos puede dejar la función es buena. El movimiento de los actores a través de sus propias interpretaciones musicales nos deleita y nos subsume en una especie de lucha entre la libertad ociosa y su instrucción frente al instrumento. Parecen encerrados en esos cubículos acristalados ─el golpe sobre una de las mamparas es un grito de impotencia que sorprende─ y toda la sombra que se proyecta sobre sí mismos, cuando portan esas máscaras de ancianos, donde uno conjuga su destino con las imposiciones de sus maestros, a los que aluden en distintas ocasiones, habilita breves cavilaciones certeras. Así, la escenografía de Louise Sari promueve nuestro acto voyerista como, en gran medida, insistió Milo Rau con su Familie, del año anterior. También ya que las cámaras interiores nos permiten observar su privacidad, hasta el punto de colarnos en esos vídeos de Instagram que, por su puesto, apelan a su tema predilecto ─el algoritmo, ya sabemos, es infalible─. Y todo ello, además, porque se nos recuerda su vivencia durante la cuarentena en la pandemia.
Es evidente que debemos contemplar todo el montaje como una insistencia en el eterno retorno a través de la concepción de aria da capo. El volver a empezar, el ensayo repetitivo, el regreso que te lanza inevitablemente hacia la madurez. El tiempo avanza inexorablemente; pero es necesario, para cualquier músico profesional, comenzar desde el principio para revitalizar tu propia experiencia. Jóvenes, por otro lado, que compactan la música clásica con esa electrónica que lo invade todo, sin olvidar todas esas mezcolanzas que se han ido formalizando durante el siglo XX. Ellos mismos deambulan por el jazz y el funk. No hay más que escuchar cómo canta Adèle Joulin (cómo toca el piano), la única chica, que también nos confiesa sus amoríos con gran naturalidad, sin caer en la fanfarronería de ellos.
Lo innegable es que somos compelidos por su fascinación y por una suspicaz melancolía. Y, claro, por ellos tocando distintos movimientos y canciones que nos conmueven. Escúchese la Sinfonía nº 1, «Titán», de Mahler. O auspiciados por las Variaciones Goldberg. Son tantos los compositores (Vivaldi, Schönberg, Stravinski…) que se nombran, que uno, además, los imagina enfrascados con sus partituras.
Lo que oímos, lo que vemos, lo que expelen podría haber resultado más inteligente y persuasivo. Séverine Chavrier los ha dirigido con gran manejo de los tiempos y de los espacios, y ha sabido conjugar diferentes puntos de vista; no obstante, les ha permitido discurrir por las zonas más banales de su existencia.
La criada de Bernarda Alba, interpretada por Lolita Flores, nos da cuenta de lo acontecido en esa casa después de la muerte de Adela. El director y dramaturgo Luis Luque nos ofrece un montaje excesivamente embellecido
Foto de Javier Naval
¿Cuál es la razón que ha podido encontrar el autor para indagar en este personaje secundario? No hace mucho tuvimos en escena Bernarda y Poncia, interpretadas magníficamente por Pilar Ávila y Pilar Civera, con elucubraciones de muy distinto cariz, en una ambientación contraria a lo que observamos aquí. Pues Luis Luque pareciera que no ha querido darle vuelo a su protagonista, que no se ha permitido fabular suficientemente para otorgarle alguna esperanza tras la hecatombe. Tampoco en el recuerdo hallamos mucha sustancia, apenas si su madre fue prostituta o si aprendió a leer y a escribir, o si en alguna ocasión había zurrado al simplón de su marido Evaristo el Colorín (risas en la platea. Sin comentarios). Sigue leyendo →
Daniel Veronese emprende un ejercicio teatral de gran distanciamiento para lanzarnos estos relatos de David Foster Wallace
Foto de Germán Romani
David Foster Wallace sigue causando sensación. Es uno de los novelistas que sí ha logrado insertarse en el incipiente canon del siglo XXI. Convengamos en que su suicidio favoreció la construcción del mito. De su libro de relatos Entrevistas breves con hombres repulsivos (por lo visto, él también fue un hombre repulsivo, según Mary Karr, aparte de depresivo) ya tuvimos oportunidad de contemplar En lo alto para siempre, dirigido por Juan Navarro. Sigue leyendo →
El Círculo de Bellas Artes acoge una propuesta singular para veinte espectadores entorno a una mesa con viandas
Hace unos pocos meses hablaba por aquí de Obra infinita, de Los Bárbaros. Ahora, nos convocan para algo que, mutatis mutandis, se parece bastante. Al igual que las agencias de publicidad y marketing organizan eventos, donde se teatralizan situaciones diversas para vendernos una colonia o presentarnos una colección de ropa; también tenemos espectáculos en suites de hoteles para un selecto grupo donde te ofrecen cóctel de bienvenida, obrita de cuarenta minutos y, después, departir con el elenco mientras uno remata la jugada con otro combinado. Sigue leyendo →
Angélica Liddell hace implosionar su obra con un soliloquio vesánico, para lamerse las heridas, en los Teatros del Canal
Foto de Christophe Raynaud de Lage
Hoy el genio es imposible y, de serlo, estará oculto de las estructuras de la sociedad de consumo. Quizá para descubrirlo haya de ser un iniciado. En los Teatros del Canal, en definitiva, no se puede hospedar en su escenario un genio. Acepto que Angélica Liddell, como romántica, no solo se reta con el diablo y con Dios para no sucumbir a la muerte y al desamor; sino que también acontece en duelo contra una cultura moderna que ha fagocitado todo hasta el sadismo y nos lo ha devuelto como suvenir. Así que de nada sirve que se haga cortes en las rodillas, vestida de negro como una gitana, mientras suena el casete de Las Grecas con su «Asingara»: «sin su amor no viviré», y que algún espectador se desmaye. Sigue leyendo →
Zaida Alonso elabora esta performance acerca de este método tan polémico en los hospitales siquiátricos españoles
Foto de Corina López de Sousa
Loable siempre es dar voz a todos aquellos que carecen de ella. Lo que ocurre es que el teatro-denuncia (que es tan distinto del «teatro que denuncia») cae con demasiada frecuencia en la escena contemporánea en el sesgo ideológico (de la misma vertiente en general). El gran problema es que el espectador inteligente (o no) se queda atenazado, paralizado y sin posibilidad de diálogo con la obra. Sigue leyendo →
El chileno Guillermo Calderón recupera su obra sobre la memoria de la dictadura en un montaje de gran concentración dialéctica
Foto de Pola González
Viene muy a cuento recuperar esta propuesta estrenada allá por 2011 ahora que se cumplen 50 años del golpe de estado en Chile. Es uno de los más terribles acontecimientos ocurridos en América que mejor se mantiene en la memoria, al menos en España (a pesar de que compita en efeméride con el otro 11S). Mucho ha hecho el cine, sin ir más lejos, no hace mucho se ha estrenado 1976, de Manuela Martelli, que tiene a la dictadura de fondo; o Machuca (2004), recuerdo. Pero también el teatro, pues Shock 1 recreaba documentalmente ese atentado ─recientemente se ha podido ver allá en Santiago. Esto es importante─. Sigue leyendo →
Magda Puyo se pone al frente de esta adaptación del texto de Elfriede Jelinek, para divagar sobre distintos temas en un espectáculo insípido
Por qué no reconocer que uno, a veces, cuando tiene que ponerse a escribir sobre un espectáculo es superado por la estupefacción de no saber a qué atenerse. Un texto que firma la Nobel Elfriede Jelinek, que tenemos presente por la escabrosa La pianista, que llevó al cine Michael Haneke. Este Viaje de invierno: el día que Jelinek dejó de tocar a Schubert, que no se ha traducido al español, es un texto escrito a partir de los lieder del compositor austriaco sobre los poemas de Wilhelm Müller. Una obra extensa y premiada que aquí se nos entrega reducida. Sigue leyendo →