El texto amargo y complejo de Benet i Jornet salta al escenario del Matadero con la dirección de Pilar Valenciano

Podríamos partir de que algunas personas que se guardan un dolor que después se ha devenido en un trauma deciden acudir a un sicólogo (o a un sicoanalista, si es que quieren rascar en el invento del inconsciente y recordar de más). Otros, como en este caso, se cuelan en la clandestinidad de un burdel. Hallamos un indicio de ello en esta obra de Josep M. Benet i Jornet, escrita en 1997. En alguna medida, en un alejamiento del realismo propio de este autor, encontramos la impudicia que Jean Genet exprimió en El balcón (que se iba a llamar España), y que tuvo una versión en el mismo Matadero en el 2010, nos ofrece una serie de similitudes sobre la representatividad dentro de un puticlub. Sigue leyendo

Empecemos aseverando que titular Yerma a esta obra es casi un clickbait y que los espectadores deberían estar más que avisados de que aquí no está Lorca. Dejémoslo en que la escritora María Goiricelaya se ha inspirado en la tragedia del dramaturgo granadino. Cualquiera puede comprobar que ni lenguaje, ni época, ni personajes, ni siquiera el argumento quedan reflejados. Apenas el tema se trae a colación; pero desde una perspectiva sociocultural bastante diferente. Esta es la principal pega que le puedo encontrar a un montaje magnífico y de gran intensidad; también, quizás, que se alarga demasiado y que reitera el mismo motivo en exceso (puede que la última escena, la de la fiesta, sugerente y onírica, llegue un poco tarde). Claro que, cuando hablamos de una obsesión, la repetición es obvia. 
La garantía que tenemos los acérrimos espectadores de Nao d´amores es que cualquier montaje ofrecerá una factura impecable; aunque el contenido no llegué a satisfacer del todo, como ocurre en este caso, con un Calderón poco sondeado y que brinda un lenguaje tímidamente más claro, menos sentencioso. El castillo de Lindabridis se debió de estrenar en torno a 1661, estaba escrita para la familia real. Es una de esas comedias novelescas que escribió el autor español. En este caso se apoyó en la obra El espejo de príncipes y caballeros, de Diego Ortúñez de Calahorra. Lo cierto es que, más allá de admirar el genio y la apostura de su heroína, poco se saca de un enredo trillado en el asunto de caballería.
No importan ya los vericuetos que haya atravesado Angélica Liddell en su carrera más que para avisarnos de que, al contrario que muchos otros, es capaz de alcanzar la mayor cota de virtuosismo a una edad madura; aunque con desfachatez juvenil. Uno debe rendirse a ese cosmos tan complejo que elabora, desde tantas tradiciones y con tantos elementos puestos en juego, para que esta misa vudú cumpla su efecto tanto en ella como en nosotros.
Regresa Josep Maria Miró al Teatro de La Abadía, a esa misma sala donde cosechó su gran éxito
Viene este montaje en paralelo (o en continuación) de aquel 