El hijo de la cómica

José Sacristán acomete la traslación de la primera parte de las memorias de Fernando Fernán Gómez al Teatro Bellas Artes

El año pasado (y nuevamente este) Fernando Fernán Gómez «regresó» al teatro que lleva su nombre con La aventura de la palabra, un espectáculo sobre su ingreso en la RAE que considero poco satisfactorio. Ahora, en paralelo, José Sacristán llega al Bellas Artes para relatarnos la biografía de este polifacético artista. Lo que ocurre es que El hijo de la cómica se ocupa de esa primera parte de sus memorias tituladas El tiempo amarillo (1921-1943), y pienso que puede ser la menos sugerente para el espectador, pues no contribuye a dialogar con la época en la que el actor no solo fue cobrando vuelo como intérprete, sino que fue ampliando sus talentos hasta convertirse en dramaturgo, novelista, académico de la lengua y hasta en personaje célebre una vez la televisión actual nos lo ofreció en su caricatura. Aunque, también, por supuesto, como un señor con valiosas lecciones sobre la vida, cuando todavía a los viejos del lugar se les permitía sincerarse, por ejemplo, sobre las mujeres. Por eso sigo pensando que el documental de David Trueba, La silla de Fernando, es muy certero, y que bien merecería llevarse algo así a las tablas.

Sacristán, además de ser el firmante de la adaptación, ofrece unos recursos actorales convincentes: en la impostación de las voces es capaz de introducir la complicidad y la comicidad, sin embargo, esta última está un tanto atenuada. Inicia la alocución con un guiño a su participación en la película El viaje a ninguna parte (llevada en varias ocasiones a los escenarios), dirigida por su amigo. No sé si el tono que le imprime a la propuesta, con tanta melancolía e, incluso, aire sentencioso, le sienta bien a Fernán Gómez, a quien nos lo imaginamos más jocoso y estoico, sin quitarle un ápice a su hedonismo ni a su futuro espíritu ácrata. Se nota en todo caso la pátina que suele otorgarle el artífice de esta representación, quien parece arrastrar modos escénicos de su anterior proyecto: Señora de rojo sobre fondo gris. La oscuridad, entre maletones y sillas de colegio, no deja hueco para el impulso de los cómicos, quienes, a pesar de las circunstancias salían a realizar su función.

Este montaje carece de singularidad propia: huele a prólogo. Algunas anécdotas sobre jugar y comerse la merienda en la plaza de Santa Ana, cuando era niño, valen para bastantes muchachos de la época. Más allá, claro, de su nacimiento en Lima y de su inscripción en el registro en Buenos Aires. Él mismo afirma que «no se debe hablar de la propia infancia, porque la infancia de todos los hombres es la misma». Rezuma costumbrismo y uno puede quedar cautivado por la relación con la abuela, quien por momentos es la figura central, pues el nieto está por hacer. Carolina Gómez, entonces, adquiere gran trascendencia en la educación del muchacho. Con ella la pieza se vuelve más cálido entre la negrura que impregna todo el espacio. El actor nos entrega frases de ironía triste, mientras vamos avanzando hacia la guerra, después de haber atravesado la dictadura de Primo de Rivera y la república que llenó la ciudad de alborozo. Ya que lo cierto es que la madre, Carola Fernán Gómez, está bastante ausente en muchos instantes. Se nos retrata como a una mujer solitaria y repudiada por el padre de la criatura y por su familia. Puesto que la insigne María Guerrero no quiso que se reconociera al vástago. Las distintas cuestiones de clase salen a relucir enseguida. Nuestro héroe va de un colegio a otro en esa incapacidad económica para estar en los más exclusivos. Son descripciones que se escuchan con agrado, hasta que llegamos a los bombardeos y nos resuenan las vivencias que luego volcó en su celebérrimo texto Las bicicletas son para el verano, que aún se lee en los institutos.

Si por un lado el montaje se enlentece con sucesos diversos de la adolescencia, por otro alcanza mayor brío cuando empieza a transformarse en actor con brevísimos papeles en obras de teatro durante la contienda. De aquella experiencia fue quedando, por la clara influencia de su madre, la fantasía de ganarse así el sustento. Tiene su importancia el dinero, cómo se remarca la precariedad y los vaivenes salariales. Pero cuando se nos avanza su inmersión en su nueva etapa con el cine, el espectáculo echa el cierre. Algunas de las fotos que vemos proyectadas nos permiten recordarlo en los últimos años de su vida. Esto también nos sugiere, insisto, que nos queda todo un recorrido absolutamente fundamental e interesante de su existencia que podría materializarse. De alguna manera, podemos vislumbrar al homenajeado, no obstante, aún queda demasiado oculto por el contexto de nuestro país, por la narración que lo envuelve y por un monologador que es demasiado él mismo.

El hijo de la cómica

Adaptación y dirección: José Sacristán

Reparto: José Sacristán

Ayudante de dirección: Amparo Pascual

Escenografía audiovisual: Juan Estelrich

Vestuario y atrezzo: Picaporte

Diseño de cartel: David Sueiro

Fotografía de cartel: Javier Naval

Jefe técnico: Ignacio Huerta

Jefe de producción: Juan Pedro Campoy

Ayudante de producción: Estela Ferrándiz

Diseño y técnico de iluminación: Tatiana Reverto

Regiduría, maquinaria y vídeo: Juan José Andreu

Gerencia: Cristina Berhó

Guitarra española: Carlos Goñi

Una producción de Pentación Espectáculos.

Teatro Bellas Artes (Madrid)

Hasta el 28 de junio de 2026

Calificación: ⭐⭐

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