The Silence

La autoficción de Falk Richter insiste en la indagación de los tabúes que conformaron a su familia tras la segunda guerra mundial

Foto de Maurizio Gambarini

Nos situamos ya en el segundo cuarto del siglo XXI, pero las autoficciones teatrales no paran de golpearnos con su egotismo. Por si fuera poco, la homosexualidad como tema en sí mismo, como relato de padecimiento, se antoja repetitivo. Desde luego que es importante tratarlo, pero entendamos que los homosexuales tienen vida más allá de su identidad. Quizás, de todas formas, nos faltan historias de lesbianas. Convendrán ustedes en que el «yo gay» masculino es omnipresente. Solo sé que Edward Louis ya me dejó saturado en la indagación tan meticulosa de su privacidad con sus proyectos: Para acabar con Eddy Bellegueule, Lucha y metamorfosis de una mujer o Quién mató a mi padre. De hecho, esta última fue producida también por el Schaubühne Berlin. El monólogo directo y estático con apoyo audiovisual constituye una estética que tiene demasiadas similitudes con lo que ofrece Falk Richter. La diferencia verdaderamente está en la biografía de la madre, que viene a ser lo que interesa. Recordemos que en Tan solo el fin del mundo, de Jean-Luc Lagarce, hallamos una búsqueda parecida. No obstante, en The Silence, aunque se exprese de una manera demasiado discursiva, la experiencia que se narra es escabrosa.

El buen hacer de Dimitrij Schaad alivia, por supuesto, la densidad que se anhela. Es capaz desde el mismo prólogo ─espontáneo y utilizado para captar nuestro ánimo─ de aportar a la propuesta unas pizcas de humor que se esconden en el propio texto. La ironía es una necesidad de descargo que se brinda en los diálogos que contemplamos en vídeo entre la madre y el hijo. Grabaciones que, desde el punto de vista dramatúrgico, no se hibridan suficientemente con lo acontecido sobre el tapiz. Se intercalan de modo abrupto para dar descanso al actor. Este se acomoda frente a un ordenador en esa simulación metaficcional donde él mismo, como trasunto del creador, está escribiendo su obra. Imperan la quietud y la parrafada con anécdotas largas y algo reiterativas donde expresa la convivencia con todos los componentes de su familia. El padre, quien mantuvo otra relación con una mujer, falleció hace tiempo ─el episodio sobre su estertor resulta sarcástico─ y, por lo tanto, solo queda la progenitora para rendir cuentas. Tratamos, de un abuelo que fue policía nazi y que, por lo tanto, se encargó de detener a judíos y, además, a homosexuales. Por otra parte, hay referencias a una hermana con la que no tiene trato. Efectivamente, ese silencio adensado que se impone en las familias de posguerra en Alemania es el aldabonazo de salida en este parlamento. Quien más y quien menos posee algo de lo que avergonzarse. Secretos que en este caso nos hablan de abusos, de amantes, de ignorancia tremenda ─también ellos tuvieron su Alemania profunda repleta de analfabetismo funcional─, de educación insensata… Es más, qué educación se puede otorgar desde unos posicionamientos morales que incapacitan o desde una precariedad intelectual que manifiesta su insuficiencia, cuando el vástago te «sale marica». Qué mejor que proponer una terapia siquiátrica, pues será una fase propia de la adolescencia, o que someterlo a «curas» de soledad, encerrado a oscuras en su habitación. Todo ese meollo es lo auténticamente persuasivo; porque esa señora, Doris Waltraud Richter, está ahí para demostrar su desconocimiento de todos esos hechos, para no reconocer sus métodos, y para mostrarse como una víctima más de una cultura.

La lástima de este espectáculo, insisto, es que no se ahonde mucho más en ese proceso indagatorio. Se vuelve en exceso al yo, a los sufrimientos del protagonista e, incluso, a la paliza que le propinaron una vez por su condición sexual. Alarga su relato a través de un viaje de estudios, cuando aún no tenía ni veinte años, a Estados Unidos, de sus gustos musicales, de cierta añoranza del estilo de los ochenta. Casi dos horas para amasar el trayecto con aspectos más tangenciales, que le conciernen al propio autor, destinados más a convertirse en catarsis personal, que a interpelarnos como espectadores.

The Silence discurre por una escenografía grandilocuente diseñada por Katrin Hoffmann, que vale para enmarcar, sobre todo, los vídeos que visionamos. Pero acaba por «comerse» a un intérprete muy entregado que, en la mayoría de los instantes, transmite su alocución sentado. En cualquier caso, existe un atisbo de atracción dentro del montaje, entre la amargura de unos acontecimientos históricos descomunales y el intento de reparación que termina por ser la asunción de algo inevitable.

The Silence

Texto y dirección: Falk Richter

Reparto: Dimitrij Schaad

Reparto en vídeo: Falk Richter y Doris Waltraud Richter

Escenografía y vestuario: Katrin Hoffmann

Iluminación: Carsten Sander

Composición musical: Daniel Freitag

Vídeo: Lion Bischof

Dramaturgista: Nils Haarmann

Fotografía: Gianmarco Bresadola

Producción: Schaubühne Berlin

Teatro Valle-Inclán (Madrid)

Hasta el 12 de abril de 2026

Calificación: ⭐⭐⭐

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