Un episodio polémico en la vida del escritor Roald Dahl dialoga con el presente en este drama protagonizado por José María Pou
Desgraciadamente, tanto el dramaturgo Mark Rosenblatt, como los responsables de traernos este proyecto tan pronto a España, han tenido el don de la oportunidad. Los bombardeos sobre Gaza, esa terrible matanza cometida por Israel, añadidos a los últimos acontecimientos han devuelto al debate internacional conceptos como sionismo, responsabilidad de los judíos, antisemitismo y toda una serie de aspectos consabidos y de tan ardua solución. Con esta misma tesitura se encontró Roald Dahl en aquel turbulento verano de 1983. Se acababa de divorciar de Patricia Neal, con quien había estado casado treinta años, mientras se embarcaba en otro matrimonio. Por otro lado, había publicado una crítica en el Literary Review sobre el libro ilustrado God Cried, de Tony Clifton, donde advertía de los ataques indiscriminados contra Beirut. Verdaderamente, los argumentos del célebre novelista, quien había participado como aviador en la Segunda Guerra Mundial, más allá de que pudiera tener razón, eran incendiarios: «Nunca antes en la historia de la humanidad un pueblo ha pasado tan rápidamente de ser víctimas muy compadecidas a asesinos bárbaros. Nunca antes un pueblo ha generado tanta simpatía en todo el mundo y luego, en el espacio de una vida, ha logrado convertir esa simpatía en odio y repulsión». Hoy, en la misma medida, otras columnas parecidas han vuelto a propiciar en las redes sociales reacciones espeluznantes. Por eso, lo que se nos relata en esta obra es un gran adelanto sobre cómo se gestionan las controversias en nuestro tiempo, y cómo la llamada «cultura de la cancelación» ha favorecido acciones de censura.
José María Pou posee la capacidad de seducirnos con su modo grandilocuente e imparable. Idóneo en sus proporciones físicas para encarnar a ese hombre fantasioso. La versatilidad que infunde, con ese vaivén furibundo entre el vitriolismo y la ternura, le sirve para descomponer a cualquiera. Toda la propuesta se imbrica en él y, aunque el resto de intérpretes está dirigido con gran precisión por Josep Maria Mestres, es Pou quien impone unas maneras avasalladoras que resultan inapelables. De hecho, el montaje puede ser agotador de tanto como se discute.
Por si fuera poco, su casa, Gipsy House, está en plena reforma y él, con sus ciento noventa y cinco centímetros de estatura y unos dolores de espalda constantes, debe batirse con la directora de ventas enviada por el editor estadounidense (es una invención del autor). El hogar lo ha diseñado Sebastià Brosa con realista tono metafórico. Se potencia la altura y también el aire de ruina, de reconstrucción, para que dialogue con todos los cambios vitales que está viviendo el escritor. En cuanto a la visitante, conocemos a Jessie Stone, que es, en realidad, la gran creación del dramaturgo. Esto no es un biopic fidedigno, y eso lo hace más valioso; puesto que ha introducido a esta «intrusa» para que el combate dialéctico sea tremebundo. Ella debe seducirlo para que matice los términos empleados en el artículo de marras, pues peligran las ventas de la futura novela, Las brujas, y del resto de su obra. Mujer de tamaño modesto frente al gigantón, joven, colocada en una clara posición de inferioridad por su estatus laboral y, además, judía. Sin embargo, ella tiene un hijo con algún signo de discapacidad y esto le permite conectar con el cuentista; ya que él perdió a una hija cuando esta tenía siete años y tuvo que luchar por sacar adelante a Theo, quien sufrió hidrocefalia tras un accidente. Por lo tanto, todo está preparado para que la actriz saque su genio de madre batalladora y, a la vez, fan, junto a su vástago, de todas esas historias extraordinarias. Así la Clàudia Benito llevará su furia hasta el extremo alcanzando cotas subyugantes.
Por otro lado, con gran habilidad, se sitúan otros papeles que nos valen para profundizar en las diferentes aristas. Ocurre con Liccy, la que se convertiría en su segunda esposa (tenía veintidós años menos), y que Victòria Pagès desarrolla con gran madurez, entre la comprensión y la reprimenda, entre la admiración y esa paciencia necesaria (o inevitable) que se debe tener con las personas complejas. Luego, contamos con Tom Maschler, su editor británico y, también judío, un tipo que parece un playboy, que juega al pragmatismo y a la cobardía con gran astucia. Por encima de todo se percibe cómo quiere salvar su cuello sin que ello hiera su soberbia. Pep Planas manifiesta su actitud con una gestualidad estupendamente perfilada. A ellos hay que añadir a la alegre Hallie, la cocinera, quien tiene incluso la ocasión de mostrar su insatisfacción con el ambiente creado. Aida Llop exhibe soltura. En otro orden, Jep Barceló representa al anciano manitas que pulula por el terreno y que aparece en el tramo final. Una especie de confidente que logra atemperar los ánimos de ese grandullón.
La lástima de esta pieza, la cual posee unas virtudes indiscutibles, es que sea tan larga. Cuando parece que podríamos encaminarnos a un desenlace conveniente y adecuado, llega el descanso. Después, cuando regresamos, se reinicia la disputa volviendo sobre cuestiones ya escuchadas. En el epílogo, el protagonista pierde brillo y se nos transforma en alguien zafio. Una conversación telefónica con un periodista resulta confusa, pues el propio Dahl desbarraba definitivamente y ya las palabras no son tan precisas: «Ciertamente soy anti-israelí, sin secretos —pero sí, creo que ahora también me he vuelto antisemita en la medida en que tienes a una persona judía en otro país como Inglaterra apoyando el sionismo…». Qué difícil e interesante es enfrentarse a individuos que se alejan de la santidad; no obstante, inciden con valentía en aspectos acibarados de nuestra contemporaneidad.
Autoría: Mark Rosenblatt
Traducción: José María Pou
Dirección: Josep Maria Mestres
Reparto: José María Pou, Victòria Pagès, Pep Planas, Clàudia Benito, Aida Llop y Jep Barceló
Escenografía: Sebastià Brosa
Vestuario: Nidia Tusal
Iluminación: Ignasi Camprodon
Espacio sonoro: Jordi Bonet
Caracterización: Toni Santos
Dirección de producción: Maite Pijuan
Producción ejecutiva: Àlvar Rovira
Dirección de oficina técnica: Moi Cuenca
Oficina técnica: Jordi Farràs
Ayudantía de dirección: Tilda Espluga
Ayudantía de escenografía: Carolina Sánchez Sanchis
Ayudantía de producción: Sira Castells y Sara López
Técnicos: Focus
Regiduría: Paco Montes
Construcción de la escenografía: Jorba-Miró Estudi-taller d’escenografia
Confección de vestuario: Sastreria Baseiria y Consol Díaz
Márquetin y comunicación: Teatre Romea
Reportaje fotográfico: David Ruano
Distribución: Carme Tierz
Colaboradores: Montibello
Agradecimientos: Anabel Moreno y Edith Romero
Con el apoyo de: Generalitat de Catalunya – ICEC Institut Català de les Empreses Culturals i Unió Europea (Fons Europeu Next Generation; Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia) y Next Generation Catalunya
Una coproducción del Teatre Romea y Grec 2025 Festival de Barcelona
Teatro Bellas Artes (Madrid)
Hasta el 26 de abril de 2026
Calificación: ⭐⭐⭐⭐
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