Pilar Massa y Eduardo Gallo protagonizan esta obra de Philip Ridley que aborda un terrible caso de homofobia

Uno de las características que nos resultarían más llamativos y que debería ser necesario trasladar en algún aspecto es el acento cockney. Porque… ¿dónde estamos? No se sabe muy bien; aunque si hay un descampado podemos imaginarnos una zona no demasiado urbanizada; pero no tenemos datos suficientes. En el original la acción transcurre en el East End de Londres; sin embargo, en esta versión en español quedamos descontextualizados. La escenografía que ha diseñado Miguel Delgado no nos ofrece muchas pistas: un apartamento o una casa baja que aún se tiene que amueblar. Tampoco, verdaderamente, es que dé mucho juego, cuando parece que tendría que estar algo destartalada.
En definitiva, creo que es una obra en la que cuesta entrar puesto que la directora, Pilar Massa, ha decidido obviar detalles que nos podrían inducir a pensar en la clase social a la que pertenecen los protagonistas. Ella misma se encarna en Anita, una señora de mediana edad que se está mudando. Asfixiada por la presión de los vecinos. Con todos esos titulares amarillistas de la prensa, que tanto inciden en la condición sexual del joven que acaba de ser asesinado y en el lugar donde fue localizado («Una conocida guarida de iniquidad»). Una mujer que desprende vitriolo y que se expresa con gran cantidad de improperios. Alguien un tanto desagradable, que lanza pullas constantes y que aprovecha cualquier ocasión para destilar su sarcasmo («¡anda coño!¡Un marica masacrado en el váter!»). La actriz lleva hasta el extremo el carácter impertinente de su papel y eso favorece que el otro personaje, Davey, resulte más escurridizo y, a la postre, mucho más interesante.
A pesar de que el dramaturgo Philip Ridley ha sido enmarcado dentro de la corriente teatral in-yer-face (el ejemplo más célebre es Psicosis 4.48, de Sarah Kane) ese estilo provocador, de lenguaje vulgar que se te estampa en la cara con temas obscuros y aviesos; debemos reconocer que Vincent River resulta «precavida» y un poco anodina en gran parte de su desarrollo, ya que deambulan por cuestiones sin importancia. Lo cierto es que muchas de estas obras son comparables a otras tantas que nos rodean, pues en distintas salas acuden espectadores dispuestos a aceptar salvajadas. Hasta que no llegamos al tramo final apenas seguimos el caso con atenta escucha. De hecho, el estatismo resta potencia a la propuesta. Desde luego, lo más persuasivo es cómo van trazando el diálogo. Pues ese joven veinteañero ha irrumpido en aquel hogar, con heridas en el rostro, y no parece que su nueva inquilina se inquiete. Eduardo Gallo tiene la oportunidad de hallar el arco dramático propicio. Se permite con gran inteligencia ir matizando su relato, mientras caen algunos velos en ese descubrimiento de la realidad. Ambos se dedican a beber e, incluso, a consumir algún estupefaciente. Se nota la presencia del alcohol en sus venas según sucede la pieza.
Vincent apareció muerto en unos cuartos de baño abandonados cerca de la estación, en un espacio inhóspito, donde solían acudir muchachos homosexuales a enrollarse. Davey y su novia lo encontraron por casualidad, pues normalmente no atraviesan por el descampado. En principio, la actitud de Anita no es la propia de una madre que ha perdido así a un hijo y de quien ha debido largarse repentinamente puesto que las habladurías son insoportables. Hablamos de esa homofobia tan pertinaz e insolente entre gentes tozudas, mal educadas y barriobajeras. Tal y como reflejó en sus novelas autobiográficas Édouard Louis y que luego tuvieron su correspondiente adaptación teatral (por ejemplo, Para acabar con Eddy Bellegueule o Quien mató a mi padre). Por lo tanto, uno tiene que poner bastante de su parte para contextualizar y trazar los perfiles sociológicos de estos individuos.
En otro orden de asuntos, la obra sí que resulta hasta subyugante. Se nos adentra en una atmósfera escabrosa, en situaciones que se imponen de manera abrupta, como el morreo que se pegan sin que auténticamente se haya producido un flirteo considerable. Llegamos ahí porque la ginebra hace su efecto y porque el muchacho viene con toda la culpa encima. Él parece anhelar ese interrogatorio para poder revelar sus secretos más íntimos, su genuina esencia, y para encontrar una especie de regazo materno. Por su parte, ella requiere cerrar el círculo para de esa forma continuar su vida. No diremos que es una sorpresa lo que escuchamos; no obstante, la historia cobra peso y se inmiscuye en particularidades insufribles. Aunque se procede de una forma un tanto narrativa, nuestro intérprete brinda toda su pujanza para que se produzca la catarsis. La rabia brota a ambos lados y eso logra que podamos empatizar con esa vivencia. A la función tarda en adentrarse dentro de ese ambiente agrio; pero en el desenlace se consigue un clímax suspicaz.
Autor: Philip Ridley
Versión y adaptación: Manuel Benito
Dirección: Pilar Massa
Intérpretes: Pilar Massa y Eduardo Gallo
Escenografía y vestuario: Miguel Delgado
Iluminación: Olga García
Diseño gráfico: David de la Torre
Fotografías: Sofía Moro
Ayudante de dirección: David Tortosa
Producción ejecutiva: Meta Producciones Escénicas
Una producción de la Compañía Pilar Massa
Teatro Fernán Gómez (Madrid)
Hasta el 22 de febrero de 2026
Calificación: ⭐⭐⭐
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