Noche

La novela de Alejandro Sawa es adaptada por Mariano Llorente con poca ambición dramatúrgica en el Teatro Español

Foto de Javier Naval

La figura de Alejandro Sawa se ha visto relacionada con demasiada frecuencia con el Max Estrella de Luces de bohemia (que ha vuelto a la sala principal), mientras que sus novelas y sus artículos periodísticos se han ido descatalogando. No obstante, algunas de sus obras, como precisamente ocurre con Noche, han regresado a los anaqueles de las librerías gracias a pequeñas editoriales como Amarillo, que también ha publicado Criadero de curas. Ambos textos, por cierto, de un claro tinte anticlerical y escritas en 1888. Aspecto que determina en demasía la visión tétrica de este autor. Su naturalismo ahondaría en aspectos decadentistas y muy sombríos.

Como ya venimos sosteniendo en estos últimos años, las adaptaciones teatrales de novelas no paran de sucederse. Se incurre, por otro lado, en un abuso de lo narrativo frente a lo dialéctico. En esta misma versión de Mariano Llorente pasa así, pues las actrices se deben ver en la tesitura de contarnos lo acontecido con los otros hermanos que no llegan a aparecer. Por lo tanto, tenemos un montaje dramatúrgicamente poco ambicioso. Se ha pretendido abordar esta historia con tres intérpretes y otro más a través de una proyección, cuando hablamos de un matrimonio con cinco hijos más un padre confesor. Por lo tanto, nos quedamos a medias en el abordaje completo de las diferentes subtramas. Por no decir en casi todas, puesto que el estatismo prepondera. Quedará la sensación de que todo transcurre verdaderamente en esa casa macilenta. Al menos, eso sí, la ambientación está lograda y el afán artístico ahí ha sido sobresaliente. Arturo María Burgos ha dotado a su sencilla escenografía de la pátina adecuada como para infundirnos el desánimo con esa cama central, inclinada hacia nosotros, para que contemplemos el cuerpo yacente, moribundo, de esa hija. Me parece que las videoescenas de Emilio Valenzuela amplifican las percepciones para lanzarnos a la urbe madrileña. La iluminación de Ion Aníbal permite establecer todo el juego de escorzos entre la negrura.

Hablamos, fundamentalmente, de un padre dogmático, procedente de Ávila, imbuido por la religión, temeroso de Dios y fustigador de su familia. Algunos han comparado su actitud con Bernarda Alba y ciertamente, por momentos, lo parece. Un hombre que educó a sus vástagos en la moral cristiana y «en el odio más implacable a estos tiempos». En verdad, consiguió dejar unas criaturas desquiciadas, insensibles e incapaces de hallar un poco de alegría a su vida. Igualmente, su mujer, que tenía veintiocho años cuando se casó con ella, padecería los desafueros de aquel macho; aunque esta se adaptaría con piedad a tales dictámenes. La reciedumbre castellana los llevaría a un Madrid repleto de vicios según su entender. En esta adaptación, partimos de los padecimientos de Paquita, hacia el final del relato, cuando esta requiere unas medicinas que su padre no puede comprar. Escuchamos los exagerados gritos de Àstrid Janer desde el jergón, con ese crucifijo imperante. Luego adoptará un tono más pausado para referir noticias de otros personajes. Sacrificará su existencia encerrada en ese habitáculo para mantener a los suyos hasta no poder más.

Alberto Jiménez compondrá a ese progenitor vesánico, mientras busca la ayuda pertinente. Merecería, creo, más líneas, para que pudiéramos asumir con más lógica por qué han terminado esos individuos tan amargados y descompuestos. Ya que todo debería partir de esas ideas tan antediluvianas que impone a su parentela. Sin embargo, vamos a escuchar tramas que se nos escurren sin representación. Primeramente, surgirá como un holograma Jorge Varandela para encarnar al primer varón, a Paco, que vivía en la Pensión de los Jesuitas declara y que: «mis estatutos me prohíben tener familia… Yo no conozco a usted para nada». Con el resto nos perdemos mucho. Y eso que algunos vericuetos resultan en la novela interesantes y bien extensos. Auténticos infortunios. Si doña Dolores, acogida con sequedad por Roser Pujol, sin llegar a ofrecernos su adocenamiento, se debe convertir en narradora de todo lo ocurrido anteriormente, poco podemos afirmar teatralmente. A saber, que la primogénita, Lolita, era muy guapa y destinada a todo tipo de tentaciones, como escaparse con un amorío, después de ser engatusada. Será repudiada por sus padres con ahínco. No sin antes, como observaremos, sufrir la violación del tal don Gregorio, ese sacerdote (y corruptor lujurioso) tan cercano a los González, que vuelve a interpretar Jiménez en una escena dura y controvertida, aunque elaborada de manera escueta. Cuesta encontrar a un personaje diferenciado. De Evaristo y de Nazario, que tienen dos buenas historias en su haber, nos quedaremos con la sinopsis. Desde luego, hubiera sido magnífico contemplar cómo el primero se relacionaba patéticamente con una prostituta. Por su parte, el segundo pasaba de trabajar en una sastrería a liarse con la dueña y a auspiciar el asesinato del marido. Es decir, los distintos caminos de degradación que plantea Sawa en su obra ofrecen un conjunto más complejo. No ocurre así en esta dramaturgia, pues finalmente no somos capaces de asimilar el cuadro preparado para justificar el «naturalismo científico» y comprobar cómo la herencia marca el destino.

Noche

Autor: Alejandro Sawa

Adaptación y dirección: Mariano Llorente

Reparto: Alberto Jiménez, Àstrid Janer, Roser Pujol y Jorge Varandela

Escenografía: Arturo Martín Burgos

Vestuario: Almudena Rodríguez Huertas

Iluminación: Ion Aníbal

Videoescena: Emilio Valenzuela

Composición musical: Mariano Marín

Ayudante de dirección y espacio sonoro: David Roldán

Ayudante de escenografía: Laura Ordás

Residente de ayudantía de dirección: Giulia De Crescenzo

Equipo producción compañía: Joseba García e Isabel Romero de León

Producción: Teatro Español y Micomicón Teatro

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 1 de febrero de 2026

Calificación: ⭐⭐

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