Todos los ángeles alzaron el vuelo

La Zaranda fija su mirada expresionista en la prostitución a través de un espectáculo escueto

Se antoja menos intensa esta propuesta de La Zaranda, si uno echa la vista atrás y revisa otros de sus proyectos. El eco de aquellos mendigos en Ahora todo es noche reverbera aquí, aunque con un discurso más atemperado, sin tanta enjundia política ni literaria. Incluso si acudimos a El grito en el cielo, aquel trabajo que redundaba en los estragos sociales de la vejez podremos comprobar que se percutía con más insidia. En este proyecto nos destinan a los bajos fondos, al ambiente prostibulario que aún hoy podemos encontrar en las grandes ciudades españolas como Barcelona y Madrid. La cuestión es que el texto de Eusebio Calonge, que nos tiene acostumbrados a concitar una serie de símbolos que le permitan crear una cosmovisión, reduce los discursos con apenas un par de apuntes. Esto lo observamos en el empleo de mamotretos, tochazos polvorientos que se abren y se cierran. La sabiduría, la cultura, el conocimiento aquilatado queda inane frente a la miseria, y ajeno a las propuestas políticas de cada ayuntamiento. Por ahí transcurre una de las claves del montaje, la evocación de Dostoievsky, que aquí funciona como una doble ironía, por un lado, cuando el hampa cree escuchar «¡agua!» (para salir pitando) y, por otra parte, para redundar en la idea beatífica de El idiota, su célebre novela, donde la bondad termina por convertirse en la derrota del cándido. Idiota es aquí uno de los protagonistas, interpretado por el propio Paco Sánchez, que lleva su papel al extremo. Temblequeando, como el epiléptico príncipe Myshkin. Lo que ocurre es que tenemos a un ser incapaz, anclado en el desvarío, ido; porque su mundo de los libros ya no vale ─o nunca ha valido─. Los personajes que pululan a su alrededor son también ficciones que nos deben conmover. De esta manera se presenta Gaspar Campuzano, recién salido de la cárcel, listo para reintegrarse en su hábitat natural, preparado para emprender su oficio de proxeneta. Se maneja con ímpetu guiñolesco en contraste con su compadre obnubilado. El tal Virgilio, que nos guiará por los vericuetos dantescos y prostibularios. Y es que el negocio marcha y el chulo que acoge Enrique Bustos, con esa suficiencia tan desagradable, se ve en la tesitura de ampliar la franquicia. Hombre vitriólico y violento, un deshumanizador que tiene a ese par de trabajadoras del sexo en el maltrato permanente, en la cosificación suprema. Ingrid Magrinyá, que hace de Micaela, una mujer rumana, expresará su pesar a través de la danza recargada en la complexión de las extremidades, como un esqueleto fútil, del movimiento de cuerpo mancillado, como un último aliento. Igualmente, su amiga de penurias, La Alacrana, nos dejará a Natalia Martínez en el grado sumo de la degradación.

Ciertamente, la composición posee un dramatismo tétrico, dispuesto con una frialdad soberana, en una ambientación que nos remite a cualquier polígono apartado y más si estamos en una de las naves del Matadero. Posee esa terquedad tan propia de los films de Kaurismaki en su mirada de las barriadas, de los marginados. Aquellos seres viven engarzados por la repetición que se observa en sus frases, en sus gestos, en sus rutinas. Los hierros y muelles de una cama plegable serán las metáforas de esa prisión vital. Valdrá para incluir la muerte más desgarradora y las huidas más patéticas. Toda la colección de muecas y de posturas que rezuma La Zaranda desde hace tanto tiempo vuelven a ponerse a disposición de una ristra de conceptos inquietantes; pero esta vez el tema se queda sin una dimensión superior. El humor es agrio y se infunde con una socarronería indolente, adecuada para ese estado de anomia. La obra avanza definitivamente por la aventurilla chusca de algunos protagonistas huyendo en autobús. Parece que están solos en el planeta, mientras ellos asumen su condición, en ese determinismo social que los atenaza. No obstante, considerar a todos estos individuos como «ángeles» resulta un tanto ingenuo o, al menos, sesgado como para realizar un análisis crítico de la situación.

Todos los ángeles alzaron el vuelo

Texto: Eusebio Calonge

Dirección: Paco de La Zaranda

Reparto: Ingrid Magrinyá, Natalia Martínez, Gaspar Campuzano, Francisco Sánchez y Enrique Bustos

Diseño de espacio escénico: Paco de La Zaranda

Diseño de iluminación: Peggy Bruzual

Diseño de vestuario: Encarnación Sancho

Ayudantía dirección: Andrea Delicado

Producción: La Zaranda, Teatro Inestable de Ninguna Parte

Con la colaboración de Teatro de Rojas y Teatre Romea

Nave 10 Matadero (Madrid)

Hasta el 25 de enero de 2026

Calificación: ⭐⭐

Puedes apoyar el proyecto de Kritilo.com en:

donar-con-paypal

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.