El imperativo categórico

Victoria Szpunberg convoca a Kafka para confrontarlo a Kant en esta dramedia representada en el Teatro de La Abadía

Foto de Silvia Poch

En los últimos tiempos, dado el aumento de la ansiedad, la fuerza tentacular que ejerce la burocracia y todos esos engranajes que nos atrapan en la ilógica, la sensación de que vivimos en una sociedad kafkiana es patente. Así nos lo señala la docente que se nos enfrenta como si fuéramos sus incultos alumnos, cuando quiere emprender una razonable deriva epistemológica de sus lecciones sobre Kant. Otra K, de Kafka, y El proceso (recordemos la apropiada versión teatral de 2023 en el CDN). Me parece que es una pega que la autora nos ofrezca unas claves tan precisas desde el primer instante. De alguna manera, lo que creo que no quedará claro es el propio imperativo categórico, es decir, cuáles son sus dimensiones filosóficas y hasta qué punto esa máxima puede convertirse en un insoportable Pepito Grillo del deber. Los pietistas, como lo eran los progenitores del filósofo alemán, forzaron esa visión cristiana, protestante, donde el perdón se tenía que posponer hasta después de la muerte. Los católicos cuentan con los confesionarios. Por lo tanto, de fondo, estaríamos ante la exigencia de la probatura por parte de una experta que defiende esta ética. El imperativo puede ser como una teoría matemática que funciona en su lógica; pero que luego debe aplicarse a la física, o sea, qué ocurre con la casuística, con las emociones, con todo aquello de lo que tenemos que hacernos cargo para cumplir con nuestra moralidad. En definitiva, ¿por qué debemos defender la verdad en sí, por ejemplo, aunque eso pudiera conllevar consecuencias nefastas? Dice ella: «A veces tengo pensamientos oscuros. Pienso que hay gente que sobra, que, si no estuviese, no pasaría nada. Al contrario, el mundo sería mejor».

Victoria Szpunberg vuelva a aunar ─así ha ocurrido con Vulcano y El peso de un cuerpo─ el drama social con esos procesos deformantes o asfixiantes que se producen cuando la vida te pone ante situaciones límite. En este caso, Ágata Roca se encarna en esta profesora (asociada) universitaria, para juguetear encantadoramente con su languidez y su honestidad, con su ser golpeado y en crisis, y su inteligencia práctica, con esa fina ironía que suele imprimirles esta actriz a sus papeles. Tras quince años habitando el mismo piso, ahora tiene que buscarse otro porque un fondo buitre ha anidado. Además, un vecino enormemente ruidoso (la música a todo trapo), sospechamos que practicando labores de acoso inmobiliario.

Resulta muy efectivo que todos los personajes masculinos sean interpretados por Xavi Sáez, quien nos ofrece toda su gama de gestos, entonaciones y perspectivas tan distintas. Sobresale en su cita Tinder, como típico flipado de la autoayuda que da consejos sin freno en su avasallaje sexual. Es auténticamente coherente con ese estado de desrealización en el que se encuentra nuestra protagonista. Una rareza que nos aproxima al cine de Charlie Kaufmann, tan ofuscado en el absurdo. Máxime si, desde el primer vahído, escuchamos su conciencia a través de la voz en off (más coherencia todavía. ¿Quién piensa realmente?). Igualmente, la escenografía de Judit Colomer con esos paneles móviles que van llevándonos a los distintos cuadros, no solo propician una fluidez en la dirección, sino que simbolizan el desfase espaciotemporal.

Si en la universidad ─otro lugar de infame burocratización─ se evidencia que su jefe de departamento, el tipo que le arrebató el puesto (fijo) con alguna trampilla, que no para de «adaptarse» a los nuevos tiempos para no tener problemas (un mediocre), la somete de modo sibilino y la amenaza soterradamente con quitarle horas y asignaturas, es normal que ahí el descuadre existencial sea imperante. En este sentido, me parece pertinente reflejar cómo ese ámbito académico se ha ido al traste. El alumnado, más inmaduro que nunca, aplica su poder como clientes rabiosos: «Dice que les haces sentir inferiores, ignorantes». Por otra parte, descubrir con cincuenta años ─entendemos que se ha separado de alguna pareja y que está verdaderamente sola─ que debe ponerse a mercadear en esa feria inmobiliaria del alquiler en Barcelona es deprimente. Ese es otro de los grandes territorios kafkianos de nuestra época. Aceptar que el agente que te enseña esos zulos es un mentiroso profesional que va a abusar de ti es otro golpe al pundonor. Podría parecernos una concatenación de circunstancias exageradas, una coincidencia; no obstante, estas cosas ocurren. Al fin y al cabo, las seguridades se quiebran con facilidad.

Entonces, retomo, ¿por qué consentir las reglas de esta moral que nos hemos dado cuando deambulamos entre trileros y gentecilla que ejecuta su pequeño poder con insidia? El cuchillo se empuña como una pistola de Chéjov. Quizás, después de pasar por la consulta del siquiatra o bailotear con un borderline, camarero alienado, pero de sincera compasión («Yo me he propuesto decir las cosas por su nombre»), se quiera redondear demasiado el asunto en el desenlace. Esta breve comedia, Premio Nacional de Literatura Dramática, que ha desplegado un humor inteligente y puntilloso, se impone al drama y le quita algo de profundidad.

El imperativo categórico

Texto y dirección: Victoria Szpunberg

Reparto: Ágata Roca y Xavi Sáez

Escenografía: Judit Colomer

Iluminación: Marco Lleixà (AAIV)

Espacio sonoro: Lucas Ariel Vallejos

Vestuario: Joana Martí

Ayudante de dirección: Iban Beltrán

Ayudante de escenografía: Idoia Costa

Asesor dramatúrgico: Albert Pijuan

Asesora de movimiento: Ana Pérez

Acabados escenografía: Taller de escenografía Castillos

Producción: Teatre Lliure

Agradecimientos: Miquel Seguró, Miquel Cabal i Guarro, Sabina Witt, Román Cuartango y Sala Beckett

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 9 de noviembre de 2025

Calificación: ♦♦♦

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