Europía

Eva Llergo presenta una fábula de tintes distópicos sobre el sempiterno conflicto entre pueblos distintos

Si en el mundo novelístico y televisivo las distopías nos apabullan recordándonos que estamos en los albores de la hecatombe, en la esfera teatral, no hemos tenido tantas oportunidades. Valgan recordar Dis7opía o En La Ley, que planteaban muy diversos panoramas apocalípticos o controvertidos. Eva Llergo recurre a la fábula, y el asunto le ha salido ciertamente ingenuo. Con unos personajes que cuesta mucho creerlos, según van revelando la situación de sus propios territorios, con explicaciones que suenan amenazantes (guerras, cambio climático, invasión…). Quizás, el mayor problema esté en que, a diferencia de propuestas del estilo a El señor de las moscas, aquí la magnitud se hace indigerible. Todavía, si uno piensa en Dune, por ejemplo, contempla códigos tribales que se alimentan de la imaginación; pero que nos permiten trazar paralelos antropológicos. Sin embargo, en esta obra, la dramaturga anhela aproximarse mucho a un futuro de décadas (o más) para hablar de los continentes africano y europeo ─denominados con los inequívocos términos: Europía y Áfriro─, de su enfrentamiento, de dos civilizaciones en liza (los claros y los oscuros, con algún «birracial» por el medio). Para ello dibuja tres caracteres (y alguno más, con leve presencia o ausencia) que parecen discursear con la mirada pacata a la que tan acostumbrados estamos hoy en día en ciertos sectores juveniles. Grandes problemas, realmente irresolubles, si hemos de tener en consideración disímiles puntos de vista, aplacados con fórmulas de campamento veraniego: «¿Qué privilegios puede darnos haber nacido en un lugar o en otro?».

En un sentido mucho más positivo, nos podemos situar en lo meramente fantasioso y olvidarnos de las intencionalidades moralistas. Es interesante escuchar el desarrollo de un debate en muchachos que han sido destinados torticeramente hacia la ignorancia es un buen ejercicio para contemplar cómo ellos mismos caen en sus propias contradicciones. Inicialmente conocemos a Asha y a Táleh, son dos «oscuros», apenas tendrán dieciocho años, y han logrado adentrarse en una playa, un reducto vedado para ellos, un espacio que da cuenta de cómo los pecios van sucumbiendo. Él, interpretado por Nadal Bin, quien va creciendo en su expresividad cuando se manifiesta con más confianza en su discurso político, cuando se ve a punto de convertirse en un vigía, está totalmente enamorado ella. Mercedes de Miguel es quien nos puede resultar más atractiva. Posee esa sensatez, ese candor de alguien que no está «contaminada» por los odios, el dogmatismo de los ancianos y por esos sentimientos tan sectarios. Ella demuestra con verosimilitud su bonhomía. El conflicto comienza en el instante que llega a la costa un «claro», quien parece huir de la miseria. Es una verdadera rareza que esto ocurra, porque es muy difícil lograrlo. Arno viene con un plan, como avanzadilla de una operación que se lleva urdiendo mucho tiempo. Cuando él y Asha se encuentran surge enseguida el entendimiento, el cariño y hasta el amor. Tanto que, pronto, nos marcarán el evidente paralelo con Romeo y Julieta. Aceptaremos como licencia poética que Roberto de Miguel se tenga que expresar sin la más mínima distorsión, ni acento, en la misma lengua que su compañera. De todas formas, se maneja con soltura y consigue aportar liderazgo, con unas interesantes cuitas sobre su nueva posición: ¿qué hacer?

Funciona, dentro de una escenografía modesta, el aprovechamiento de la pantalla del fondo. Las conexiones virtuales a través de una especie de «comunicador» algo anticuado le dan un sutil aire ciberpunk. Así hallamos a Pedro Martín, que encarna con mucha seriedad a Remo. En esos diálogos, por momentos, se trazan argumentarios con bastante lógica. Por ejemplo, cuando se establece la dicotomía entre la tradición oral y la escrita de unos y otros («Sin libros, sin tecnología. Solo conocéis el pasado por lo que os cuentan los viejos»). Las manipulaciones, las tergiversaciones de la historia, la imposibilidad para acceder al origen de los pueblos, dan pie a todo tipo de leyendas. Cuando se nos va llevando hacia mensajes más puros, inocentes, es cuando quedamos inermes para una reflexión más profunda. Resulta complicado que podamos traerlo enteramente hacia nuestro presente, donde las creencias, la geoestrategia y el poder militar (con todos los etcéteras) se tornan demasiado complejas. Ellos mismos, de hecho, nos lo confirman («Hay que volver sencillo lo complejo» / «Hay que convertir el odio en respeto»). Suena bien; pero la obra no nos muestra esas dificultades de una manera más agónica, más liminal.

Por esta razón, el desenlace, como observará el espectador, es una concatenación de imágenes que definitivamente nos remarcan el mensaje sobre esa apreciación de que la tierra no es de nadie, de que estamos sometidos por la coyuntura espacial y temporal. En cualquier caso, se torna demasiado simplificador.

Europía

Texto: Eva Llergo

Dirección escénica: Natalia Narbón

Intérpretes: Nadal Bin, Pedro Martín, Mercedes de Miguel y Roberto de Miguel

Música y espacio sonoro: Ignacio Ceballos

Videoproyección: Yolanda Pividal

Escenografía y vestuario: Rebeca Padial

Iluminación: Irene Herráez y Rebeca Padial

Técnico: Paco Silva

Compañía: De boca en boca

Off Latina (Madrid)

Hasta el 28 de agosto de 2025

Calificación: ♦♦

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