Roberto Rivera construye una tragedia que enfrenta en escena a Cicerón y a Catilina en las circunstancias de la conocida conjuración

La actualidad política, con su cochambre, con sus falsedades y con toda esa corrupción inherente al ser humano, sigue dialogando con hitos del pasado con verdadera pertinacia. Nos retrotrae Roberto Rivera a ese célebre momento en el que Marco Tulio Cicerón, con sus Catilinarias (concretamente la cuarta) vence en el senado a Lucio Sergio Catilina (108-62 a. C.), que es condenado a muerte. Este había sido un político que la historia nos lo ha descrito como un depravado, un asesino y un maledicente. La conjuración de Catilina, de Salustio, recorre los planes de aquel para hacerse con Roma.
Nosotros no podemos inmiscuirnos en la complejidad del tema; porque posee demasiados vericuetos históricos y filológicos que daría para todo un estudio pormenorizado. En escena lo que permean son dos posiciones aparentemente antagónicas entre los dos adversarios, una acibarada disputa que hace brillar a Miguel Hermoso en el papel de Catilina. Tiene mucha pujanza y esputa controvertidas frases repletas de realidad y de populismo. Si por un lado percibimos sus ansias de poder, esas ganas por llevarse a cualquier precio la república para sí, por otro, expone las evidentes necesidades del pueblo, mientras se va pergeñando una oclocracia. El intérprete mantiene con mucha potencia a su avieso personaje y remarca con el rostro sus ínfulas. Posee, en cualquier caso, la insensatez de quien se ve abocado a la aniquilación. Frente a él está el afamado filósofo escéptico (hace pocos años Ernesto Caballero bosquejó una semblanza sobre él en Viejo amigo Cicerón). Pedro Miguel Martínez le infunde una fragilidad que no termina de solventar. Demasiada templanza para alguien que posee la astucia más genuina de la época clásica. Se echa en falta al pensador pletórico en su elocuencia y en su retórica, algún instante donde su oratoria brille frente al descaro de su rival, quien tiene mucho más empuje y energía frente a la sobriedad del orador. Pero este contaba con una ristra de recursos lógicos de gran categoría, sin obviar tretas habituales en cualquier enfrentamiento dialéctico. Nadie es ajeno a los vicios y es importante saber soslayarlos con sutileza. Todo queda en exceso por detrás de la conflagración de los cónsules en el senado, de esa sencilla escenografía de Pier Paolo Álvaro (más significativo y simbólico son los colores del vestuario), que muestra una larga y empinada escalera sobre un muro negro que aporta solidez. Esto hace que la función sea un tanto plana, un tanto estática. Además, la acción que se intenta imprimir en los momentos más trágicos nos deja situaciones resueltas con una «teatralidad» y una artificiosidad que rompe con el principio de verosimilitud. Digamos que el dramaturgo se ha tomado una serie de licencias con las muertes de los dos máximos protagonistas demasiado abrupta. Es decir, el autor ha decidido incluir el fallecimiento de los dos contendientes en unas coordenadas espaciotemporales que no corresponden. Parece que se busca una mayor emotividad entre tanta elocución para concedernos, paradójicamente, una especie de empate. En estas, la presencia de Cayo Antonio Híbrida ─sobrenombre que intentaba reflejar su bestialidad─, un militar, por lo visto sanguinario, que también fue acusado de participar en la conjuración es una sombra insolente. No creo que Roberto Correcher, quien pone realmente mucho empeño, dé en su caracterización con ese tipo de hombre, le falta agresividad. O sea, cuesta mucho equilibrar las aspiraciones de cada uno en los debates tan cínicos a los que asistimos. Por otra parte, en el otro bando, contamos con Quinto Tulio Cicerón, quien puede que escribiera para su hermano El manual del candidato (es un texto puesto en duda), donde aconseja las estrategias más efectivas para la victoria. Nos deja a un Óscar Hernández que permanece en su segundo plano hasta que se eleva actoralmente para demostrar su auténtica esencia: otro elemento más para la quiebra de la virtud.
Más allá de que por momentos el asunto sea un toma y daca algo recursivo e insistente, acontecemos a exposiciones cargadas de tensión y de escurridizos argumentos que nos suenan plenamente actuales. El utilitarismo impera de manera inapelable. Así funciona desde los orígenes la política. Quedémonos con esta circunstancia en la memoria tras el montaje.
Autor: Roberto Rivera
Dirección: José Pascual
Reparto: Miguel Hermoso, Pedro Miguel Martínez, Roberto Correcher y Óscar Hernández / Gonzalo Hermoso
Producción ejecutiva: Teresa Osuna
Dirección técnica: Tito Osuna
Dirección de arte (vestuario y escenografía): Pier Paolo Álvaro
Espacio sonoro: Mariano Marín
Una coproducción del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y De palabra y Teresa Osuna Talent
Teatro Bellas Artes (Madrid)
Hasta el 22 de junio de 2025
Calificación: ♦♦♦
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