Luis Sorolla y Miguel Valentín llevan a escena un cuento de Luis Martín-Santos a través del teatro de objetos
Surge este proyecto en relación a Viaje hasta el límite, que se representa, abajo, en la Sala Principal. Luis Sorolla y Miguel Valentín han ideado un breve (unos cuarenta y cinco minutos de duración) un artefacto con objetos comunes para recrear un cuento de Luis Martín-Santos. Su esposa había fallecido en un accidente doméstico el 3 de marzo de 1963, y el autor, que murió el 20 de enero de 1964, fue invitado por su amigo, el cineasta, Antón Eceiza, a contemplar cómo grababan en Almuécar El próximo otoño. La cinta no se estrenaría hasta 1967.
El montaje redunda en el juego de las piezas que se van sobreponiendo encima de la mesa. Paola de Diego ha contribuido en esa ambientación tan propia del teatro que trabaja con los cachivaches. Todos ellos propios de aquella época, escudriñados con la mirada irónica ─así se maneja, en cierta medida, el escritor en su relato─. Para nosotros es una concatenación de suvenires del typical spanish, de aquella auténtica transición social, casi civilizatoria, que supuso la irrupción del turismo que ha llegado a ser masivo. Dejar atrás efluvio romántico, de esos viajeros europeos que llegaban como podían a ciertos pueblos inhóspitos de la cosa mediterránea para entremezclarse con esos muchachos un tanto primitivos, que escrutaban a esos extranjeros con reticencia y envidia. Individuos con otros refinamientos, otro poder económico, pero que venían alentados, también, por la curiosidad antropológica. Por aquellas esto resultaba un tanto chusco. Con mucha probabilidad, el espectador de esta función no habrá visto el film. No es popular, y tampoco es que aportara mucho en esa continuidad del neorrealismo español; aunque merece la pena visionarlo.
Los ecos que se traslucen en la dramaturgia son apenas unas pinceladas del argumento para que nos hagamos una idea; sin embargo, la indagación psicológica es muy pobre. Entonces, parece que todo se dirime en la diversión, en el guiño fantasioso con el adminículo sostenido y en la extrañeza que genera. No obstante, las vetas de distancia son múltiples. Primero porque el mismo novelista ya se sitúa fuera de un rodaje, es decir, sobre una obra en proceso; segundo, porque los dramaturgistas se colocan sobre el distanciamiento interno de la historia y; tercero, porque al no haber adoptado una estética naturalista se produce, además, una cosificación. Por lo tanto, nosotros estamos muy lejos de algún hecho humano que nos pueda conmover de alguna manera.
Una vez hecho este planteamiento, observaré que los dos creadores juguetean en la previa del espectáculo, mientras los asistentes nos acomodamos. El espacio se aprovecha al máximo en esa Sala Andrea D’Odorico. Ambos se mueven con un ansia por superar su condición de narradores, de simples manipuladores; pero no llegan a convertirse totalmente en algo más. Ciertamente, Sorolla lleva más las riendas desde el primer instante. Él, de alguna forma, muy leve, marca un paralelo con el director de la película. El texto inicial lo emite con sobriedad. Una descripción expresionista en la que se repite con frecuencia el título del relato. Ante la llegada a ese pueblo que está a punto de metamorfosearse para siempre y que aún conserva un encanto agreste. Por su parte, inicialmente, Valentín, que podría entroncarse con el ayudante de dirección y el guionista (Víctor Erice en la realidad) se dedica a pasar postales típicas del lugar para irnos acostumbrando a esa perspectiva de aire sarcástico ─tengamos en cuenta que todo el procedimiento se va grabando con diferentes cámaras y que esas imágenes se proyectan en la pantalla─. Luego salta al ruedo Gabriel Piñero, desde el control de luces, para dar sus propios aportes y colorear con su acento gaditano un acontecimiento que exige de nosotros una imaginación proteica, para, por ejemplo, perfilar un guateque donde, evidentemente, no sucede plenamente el alboroto y el baile.
Una botella y un sifón «harán» de Juan y de Monique. Él es un humilde exseminarista que está encargado de pilotar una pequeña embarcación para un grupo de burgueses. Es un tipo muy tímido, con poca experiencia, pero educado y respetuoso, en contraste con los otros mozos. Mientras que ella es una francesa que cumple con el tópico de la «liberada», que no se sonroja por besarlo espontáneamente. El asunto es bastante naíf. Si acaso, para lo que tenemos que adivinar entre cajetillas de tabaco, cántaros de barro, algunas latas y algunas plantas, es cómo resulta más atrayente la configuración de la última escena: una larga secuencia en la despedida de los protagonistas que quería realizarse al lento estilo de «Antonioni» (escena que, por cierto, no aparece en la película, pues en esta todo ocurre de manera más triste. Él está en pleno entierro de su abuelo, y ella se marcha en un tren). Una sincronía de la cámara en el trávelin, el autobús en movimiento, la naturalidad de los figurantes y los gestos propicios.
Sí, desde luego, el afán por enhebrar capas se dispone con versatilidad, otra cuestión es si más allá de los procedimientos podemos sacar algo en claro sobre el autor, su cuento y el mundo del que nos habla.
Autor: Luis Martín-Santos
Dirección, adaptación e interpretación: Luis Sorolla y Miguel Valentín
Diseño de iluminación: Gabriel Piñero
Asesoría de plástica escénica: Paola de Diego
Una producción de Esto Podría Ser
Teatro Español (Madrid)
Hasta el 25 de mayo de 2025
Calificación: ♦♦
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