Othelo (termina mal)

Un elenco afinado por Gabriel Chamé convierte la tragedia shakesperiana en una comedia repleta de ritmo

Othelo - termina mal - Foto de Carlos Furman
Foto de Carlos Furman

Es de agradecer que una tragedia como esta se pueda lanzar a las tablas con tanto humor. Si uno se fija en lo ocurrido en los últimos tiempos, esta obra de Shakespeare ha comenzado a observarse con verdadera reticencia e, incluso, con miedo (aunque sea con ironía). Así se remarcaba en Shakespeare en 97 minutos, pues se negaban a representarla al no contar con un actor racializado entre sus componentes. En otra dimensión se puso Marta Pazos cuando se acogió a los dictámenes políticos de nuestra contemporaneidad al darle el protagonismo a Desdémona. En cualquier caso, seguimos contando con montajes que se ajustan con mayor precisión al clásico, como así dejó constancia Eduardo Vasco, quien ahora dirige el propio Teatro Español donde se representa esta función.

Ahora, cuál es el objetivo de Gabriel Chamé al derivar un asunto tan violento de celos en un entorno de racismo y de guerra a la comedia. Si al final la peripecia cómica y el desarrollo de todas las habilidades propias del clown son lo que debe primar, convengamos en que el tema se queda un tanto cojo. Vale que el momento estrictamente luctuoso se componga con respeto dramático como un paréntesis entre tanto desenfreno; pero es evidente que ningún espectador puede salir con una sonrisa en la boca ante un desenlace así. No hay que darle, entonces, muchas vueltas. Uno se oxigena hasta en la comicidad de algo tan terrible, uno se divierte con el ritmo imprimido desde el inicio, aunque el griterío sea un tanto elevado y mantenido en exceso. Casi una astracanada, una parodia, donde algunos versos quedan relamidos, y donde el nihilismo y el desencanto de nuestro presente nos permite vivir la experiencia con un distanciamiento enorme. Ni Venecia, ni el imperio otomano; aquí estamos otra vez en el arte manipulatorio de Yago.

Nicolás Gentile impone sobremanera su discurso con este gran personaje. Lo lleva por el cariz bufonesco, con una gesticulación grotesca que su propio rostro exprime, también con una veta de vesania que trastoca el carácter al que estamos acostumbrados. No se puede tener más ímpetu, más velocidad de reacción y más entrega a la hora de rendir pleitesía al bardo ─una constante con el retrato en escena─ y, a la vez, de liberarse de cualquier formulismo para que lo circense nos sitúe en la desvergüenza (si uno no está atento será «golpeado» por el espray de serpentinas, como un chorro de sangre).

Por otra parte, Chamé demuestra un gran dominio en la dirección, sobre todo a la hora de remarcar los diversos caracteres en sus actores. No hay más que ver a la Desdémona de Elvira Gómez, una muchacha entre casquivana y turulata, que resulta falta de atractivo sexual y que, como personaje, se nos desvanece en la humorada. Por eso lo trágico se «suaviza» en extremo. Bastante estereotipado se muestra Matías Bassi con su Othelo. Una especie de quiero y no puedo de soberbia, entre repeinado fascista italiano y monigote zarandeado por su lugarteniente para terminar con la faz tiznada. Sus celos son como lava en sus entrañas y un simple pañuelo correteando entre las manos de distintos amantes es suficiente para soliviantar su ánimo. Pero, insisto, es el maléfico inductor quien se luce permanentemente y más cuando tiene que dialogar con esa caterva de personajillos de los que se ocupa agotadoramente Agustín Soler. Lo suyo es el movimiento, las posturas estrafalarias y el intercambio fulgurante de rol para provocar la risa. Hasta cinco papeles diferentes que van desde el patético Rodrigo, pretendiente de nuestra dama, hasta Ludovico, pasando por Casio y, sobre todo, una Emilia, esposa de Yago, que se apodera de la obra con su marujeo insolente.

No es solo buena la dirección del reparto, sino que, entre un medido caos, se consigue solventar cada una de las escenas con cambios trepidantes y payasescos. Luchas que implican ridículas colocaciones de pelucas y, principalmente, un empleo versátil de sencillos cubos, que valen de pilastras y de bañadores a partes iguales ideados por Jorge Pastorino. Sumémosle una conexión procaz con el público, unas cuantas rupturas de la cuarta pared, algo de metateatro y habremos obtenido un divertimento muy satisfactorio. Eso sí, no esperemos que los fundamentos shakesperianos queden incólumes; porque las lógicas reducciones del argumento y la suavización de los enfrentamientos no permiten a este montaje ir más allá.

Othelo (termina mal)

Autor: William Shakespeare

Traducción, adaptación y dirección: Gabriel Chamé Buendía

Reparto: Matías Bassi, Elvira Gómez, Nicolás Gentile y Agustín Soler

Diseño de espacio escénico e iluminación: Jorge Pastorino

Diseño de vestuario: Gabriel Chamé Buendia

Diseño sonoro: Sebastián Furman

Producción ejecutiva: Juan Gabriel Yacar

Asistencia de dirección: Justina Grande

Producción administrativa: Micaela Fariña

Regidor de gira: Emmanuel Alassia

Producción de gira: Timbre4 Producciones Teatrales

Una producción de Buendia Theatre

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 28 de julio de 2024

Calificación: ♦♦♦

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