El texto amargo y complejo de Benet i Jornet salta al escenario del Matadero con la dirección de Pilar Valenciano

Podríamos partir de que algunas personas que se guardan un dolor que después se ha devenido en un trauma deciden acudir a un sicólogo (o a un sicoanalista, si es que quieren rascar en el invento del inconsciente y recordar de más). Otros, como en este caso, se cuelan en la clandestinidad de un burdel. Hallamos un indicio de ello en esta obra de Josep M. Benet i Jornet, escrita en 1997. En alguna medida, en un alejamiento del realismo propio de este autor, encontramos la impudicia que Jean Genet exprimió en El balcón (que se iba a llamar España), y que tuvo una versión en el mismo Matadero en el 2010, nos ofrece una serie de similitudes sobre la representatividad dentro de un puticlub.
Cuatro personajes sin nombre, tan solo numerados. Roberto Enríquez encarna a un tipo poderoso, probablemente un militar, alguien temible, violento, que marca desde el inicio sus fantasiosas directrices. El actor evidencia una seguridad inquietante, que te subyuga con el primer aldabonazo. Uno tiene la sensación de que su vesania latente va a desencadenar algún horror. Ni siquiera cuando se masturba parece inofensivo. Frente a él, la madame que regenta el local. Beatriz Arguello sostiene la tensión con una sonrisa nerviosa y un gesto de improvisación medido al milímetro. Una atmósfera de angustia inunda la sala.
José Luis Raymond ha diseñado el espacio de tal manera que podamos ser voyeurs de una pareja que ocupa una habitación central, algo más elevada, que descubrimos al descorrer una tela. Además, las videoproyecciones de Elvira Ruiz Zurita y Álvaro Luna aumentan la inquietud. Como así favorece la iluminación tan tenue de Juanjo Llorens. Aparece Fernando Delgado-Hierro. Es un timorato joven dispuesto a contarle una historia a esa «puta» que tanto se parece a una chica de trece años con la que se enrolló en su pueblo. Así que María Ramos, con soltura, le quita cierta rigidez al espectáculo, pues se muestra con el arte de su oficio, sin darle mucha trascendencia, con esa cotidianidad propia del hábito. En cualquier caso, los observamos como si estuvieran verdaderamente en otro plano, como en un peepshow o en un confesionario o, todavía más, como en una fantasmagoría capaz de elaborar una ensoñación aclaratoria, purificadora. «Tu padre era teniente… En el pueblo tenía toda la autoridad. Hablaba la otra lengua». En el relato revela: «…lo salpicó un poco… le pidió perdón… Le gritó: “¡Aquí se habla mi lengua!”. Y le arreó una hostia. El teniente a mi padre».
El mecanismo de la metateatralidad propicia una confusión extraordinaria; porque, a falta de más concreción, desconocemos cuantas muñecas rusas se ocultan ahí, hasta dónde llega la representación. En cualquier caso, sí que se nota un contraste muy pertinaz entre la espontaneidad de los más jóvenes y la tajante seriedad de los mayores, de los observadores. Quizás sea un tanto maquinea; quizás se pierdan matices por el medio, es decir, alguna interrelación más briosa. Desde luego, es fascinante entrar en el juego de realidad-ficción, en la posibilidad de que aquello que escuchamos sea verídico: «…querrías saber por qué acabó puta la hija del teniente». Y que, incluso, los de fuera ─y también nosotros, que para eso vamos al teatro─ sigan con la misma especulación: «…a usted le da tiempo de ir preparando otra comedia». «Es pura verdad». Seguramente sea un poco arriesgado relacionar este argumento con Desafía total, de Paul Verhoeven; pero algo de thriller oscuro (sin ciencia-ficción) se halla aquí; aunque sea entreverado con esas remisiones simbólicas al fascismo, al poder totalitario o a esa intromisión cotidiana durante el franquismo ─referenciado en el habla, imaginemos el catalán en épocas de represión─, como el propio dramaturgo vivió. Él mismo puede fabular con ser un «perro» de algún «teniente», como así se percibe ese maléfico cliente: «¿Me imagina a mí convertido en perro de teniente?». Luego, cuando ese Cuatro (Enríquez) dé instrucciones en la segunda parte sobre cómo debe continuar la performance, se profundizará más en esa línea metateatral. Los motivos que se presentan, por supuesto, generan estupefacción. El tema de fondo es críptico. No llegamos a percatarnos si el placer fetichista es lo que se impone o la venganza o esa zozobra del súbdito que pierde la mano firme de su amo.
Pilar Valenciano ha tenido los arrestos para favorecer la crudeza no solo en las palabras; sino en la violencia manifiesta, como el bofetón que de improviso se ejecuta sobre esa responsable del lupanar ─por no especificar hechos de superior gravedad─; sino para mostrar sin ambages la sordidez sexual que permea cada escena. Al final, se carga tanto el asunto de insolencia y crueldad, que se uno queda con la sensación de haber sido atrapado por una sustancia viscosa de la que ansía escapar. Presenciar el espanto en el teatro y comprender que uno se libera imaginariamente, ¿no eso la catarsis?
Autor: Josep M. Benet i Jornet
Dirección: Pilar Valenciano
Reparto: Beatriz Argüello, Fernando Delgado-Hierro, Roberto Enríquez y María Ramos
Diseño de espacio escénico: José Luis Raymond
Diseño de espacio sonoro: Luis Miguel Cobo
Diseño de iluminación: Juanjo Llorens
Diseño de vestuario: Tania Tajadura
Videoescena: Elvira Ruiz Zurita y Álvaro Luna (AAI)
Residente de ayudantía de dirección: Teatro Español Cristina Hermida
Una coproducción de Teatro Español y Entrecajas SL
Naves del Español en Matadero (Madrid)
Hasta el 10 de marzo de 2024
Calificación: ♦♦♦
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