400 días sin luz

Vanessa Espín ha escrito un drama que refleja, a través de distintas vivencias, cómo transcurre la existencia sin luz durante dos años en el asentamiento de la Cañada Real Galiana

400 días sin luz - Foto de Luz Soria
Foto de Luz Soria

Antes de meterme en harina, me pregunto: ¿saldrá el espectador con una idea más o menos clara de cómo se vive en la Cañada Real? Respondo que en el Teatro Valle-Inclán no se vivencia la atmósfera degradada de aquel lugar único en Europa. El texto de Vanessa Espín es una fantasía, una fábula, hecha de realismo mágico, que sortea en exceso no solo las distintas problemáticas que cualquiera se puede encontrar en un barrio con los servicios básicos limitados; sino que se obvian otros conflictos de más calado, como la droga, o la masificación de algunas zonas. En 400 días sin luz no hay absentismo ni fracaso escolares. Sí, por el contrario, tenemos a unas honrosas mujeres luchando por sus derechos, a una muchacha que saca sobresalientes y quiere ser médica, a una joven rumana que cuida de su abuelo postizo y otros seres que sacan lo mejor del ser humano. No seré yo quien dude de estos personajes; porque, de hecho, algunos son enteramente reales, pero no vaya a ser que los espectadores se marchen a casa pensando que la disyuntiva es únicamente eléctrica. Sigue leyendo

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A nosotros nos daba igual

Helena Tornero propone cinco historias cruzadas de jóvenes españoles descendientes de los inmigrantes que han llegado en las últimas décadas a España

A nosotros nos daba igual - Foto de Jesús Ugalde
Foto de Jesús Ugalde

Viene esta obra muy a cuento, porque refleja unas vidas que pueden servir de ejemplo de lo que muchos jóvenes españoles, descendientes de inmigrantes, con rostros, con cuerpos y con rasgos culturales diferentes a los de la mayoría perciben. Nacionalidad española en sus carnés, nacidos aquí, pero eternamente chinos (de China, o del país oriental que a cada uno se le pase por la cabeza en su ignorancia) o negros en su gama dermatológica demarcadora (o ponga usted la tez que considere y que es indicio de tropecientas mil elucubraciones). Si no es la piel, será el acento, el idioma, el pueblo, la ropa, la pasta, etcétera, etcétera. No obstante, aquí vamos a algo más concreto. La paradoja es que los cinco protagonistas, unidos por el concepto de «extranjeridad sostenida», forman un grupo heterogéneo que implica una mirada —más allá de lo que su civilidad y su razón les exija— que adem requiere preguntas entre sí. Incluso, ellos mismos, ha de pensar uno, también harán lo propio con aquellos con los que se topen y no «parezcan» de aquí. ¿O es mejor ir por el mundo sin prejuicios y no inquirir nada de nadie? Prueben a ir por la calle sin prejuicios, en el significado más claro del término, a ver cuánto tardan en llevarse el batacazo. Anulen su experiencia y su propio método científico, cancelen su lógica y su sentido común, ya se darán cuenta de cómo se mete verdaderamente la pata y se causa más daño. Y sí, tiene que ser una molestia enorme que la gente siempre piense que eres de fuera y te pregunte. Mala solución vamos a encontrar. Pero, se imaginan que nadie se interesara amablemente por saber de dónde viene —y todo lo que eso supone—, a un muchacho o muchacha que llega nuevo a un instituto, y así, a bote pronto, uno va a pensar (como ocurre tantísimas veces) que no es de «aquí». Todo esto no quita para que seamos conscientes de que en España se dan focos de racismo. Desde luego, no podemos permitir que esta absurdez se convierta en un problema generalizado. Que este montaje sondea estas perspectivas nos pone en alerta y nos compromete desde una serie de discursos, felizmente, no tendenciosos ni sesgados en demasía (un alivio). Personales, subjetivos y matizables, sí. Con este enfoque, Helena Tornero ha escrito un texto equilibrado, interesante y peculiar a través de una estética autoficcional; aunque, por lo visto, con más ficción de la que nos podamos imaginar. Verosímil, en cualquier caso. Sí que debemos reconocer que la estructura y los procedimientos teatrales que se adoptan, en primera instancia, antes de que podamos profundizar, pueden resultar un tanto cansinos para los teatreros. Este lenguaje del yo flanqueado de documentos que confirmen las elocuciones, ya lo estamos viendo demasiado en los escenarios españoles. Sin irnos muy lejos, puedo señalar Cluster y País Clandestino, obras corales con un dispositivo bien similar. Historias particulares intercaladas. Anecdotario general. Incursión biográfica. A nosotros nos daba igual posee un distanciamiento y un extrañamiento que la hace llamativa, pues la mayoría de los espectadores no reconocerán a esos individuos como «españoles», en el sentido, que quede claro, de lo que justamente denuncian en escena. Ser o no ser, esa es la cuestión. Y hay tantas formas de ser hoy en día, que el conflicto está garantizado. Así es nuestro país, moderno y avanzado, de cuarenta y siete millones de habitantes, con nuevos inquilinos allende los mares que antes eran anecdóticos, con una densidad de población en algunas localidades realmente apreciable (acepten que tener prejuicios en una ciudad de provincias con sus sesenta mil almas es irremediable. No veamos maldad, si no la hay). Por su parte, Ricard Soler hace un trabajo de cohesión muy consistente; ya que logra que todas las piezas fluyan de manera precisa desde el principio hasta el final. Para ello, se ha rodeado de un elenco que, afortunadamente, no está ahí solo por su aspecto. Poseen dotes; aunque falte un poco de rodaje. Ganan en la agilidad de sus movimientos por la escenografía que ha ideado Boromello, y que, en la búsqueda de la diafanidad, ha situado dos alturas (muy parecida a la escenografía de Diego Ramos que vimos en ese mismo espacio para la obra Antígona). Desde luego, da pie para que bailen, salten y creen atmósferas imaginarias de todos aquellos lugares que visitamos con ellos. Interpretando múltiples papales que surgen de improviso por doquier logrando mantener nuestra atención. Y como suele ocurrir con este tipo de espectáculos, la forma aplaca un tanto el contenido; porque cada relato podría tener su profundidad de manera individualizada; no obstante, el asunto no deja más que para atisbar problemas de mayor calado. Así lo descubrimos con Hai, interpretado por el bailarín (trabaja con Sol Picó) y coreógrafo Junyi Sun —cómo se afana corporalmente, es extraordinario, combinando algunos pasos con gestos propios de las artes marciales. Suyas son las coreografías que contemplamos y que recargan cada tesela—, nos deja patente la idiosincrasia china (cualquiera que conozca mínimamente a esta comunidad entenderá que algunos estereotipos se cumplen bastante). Asimilar la cultura española y desprenderse de la china, es un movimiento del todo abrupto. Con él hallamos la importancia de los progenitores, de los familiares, cómo una visita al país oriental lo dispone hacia la extrañeza total, hacia el enmascaramiento y hacia la búsqueda de pareja (en España, la cosa está complicada). Choques culturales muy interesantes que también dicen mucho de las costumbres españolas frente al mundo. Con otra visión viene Neus Ballbé, que hace de Juana y nos habla de los Conguitos (es ya un tópico del acoso escolar, con mayor o menor grado de intensidad), y de República Dominicana. Nos quedamos con las ganas de poder ahondar más en la disputa familiar, y en las sospechas del pasado esclavista. Creo, en este sentido, que Tornero encaja dos asuntos bien diferentes; pero que resultan un pegote. El primero tiene que ver, precisamente, con esa documentación de tropelías sobre el esclavismo español. Una ristra de hitos que expone rauda e irónicamente más como un guiño, una indirecta que como una acusación o exploración dramatúrgica con una consistencia crítica. El segundo serían los textos clásicos que trufan la propuesta. Escuchamos a Calderón, a Lope o a Claramonte con El valiente negro en Flandes, que interpretó en su momento Nacho Almeida (a quien recuerdo en Romeo y Julieta, Estrellas cruzadas). Se entiende la idea; aunque pienso que es más otra queja, que un desarrollo problemático. El actor es quien más muestra su pesar, en el desenlace, sobre el habitual hecho de tener que interpretar a narcotraficantes, manteros, etcétera. Él, claro, (quién no) anhela meterse en la piel de Segismundo, de Hamlet… El tiempo, como ocurre en otros países con mayor mezcla que el nuestro, irá permitiendo una realidad más variada y compleja; entonces, en aras de la pertinaz verosimilitud exigida en la mayoría del cine y de las series (algo menos en el teatro, pero poco menos) será más «normal» que otras «pieles» y otros rasgos ocupen otras posiciones. La historia inmigratoria española es corta. En cuanto a Beatriz Mbula, con el personaje de Alma, hay que reconocer que es una pena que no se detalle más aquella brutalidad de Macías, cuando ordenó matar a maestros y profesores en Guinea Ecuatorial en su lucha «antiintelectual». En otro camino se encuentra Zaida, una sevillana con ancestros marroquíes, que María Ramos acoge con potencia oratoria. Con ella se quiere mostrar parte del mundo árabe; pero, curiosamente, apenas se reflejan los aspectos religiosos, cuando para una gran parte de estos jóvenes es un tema de gran trascendencia. Mucho más si viaja hasta Marruecos para visitar a sus abuelos, primos, etcétera. Sinceramente, es uno de los relatos que más me descoloca. A pesar de ello, ya digo, cada historia daría para penetrar hasta vericuetos imposibles con cada uno de ellos, y entre ellos mismos (algo que aquí no se cubre). Esta es ya, definitivamente, nuestra nueva realidad en España y así será para siempre. Todavía, pienso, nos encontramos en un periodo de transición, y es lógico que los hijos de aquellos que han venido en las últimas décadas desde otros lugares del planeta, se sientan «desencajados» cuando reciben las habituales preguntas sobre su origen. Valga esta obra teatral para sondear su terreno.

 

A nosotros nos daba igual

Texto: Helena Tornero

Dirección: Ricard Soler

Reparto: Nacho Almeida, María Ramos, Neus Ballbé, Junyi Sun y Beatriz Mbula

Escenografía: Monica Boromello

Iluminación: Adriá Pinar

Vestuario: Gelsomina Torelli y Anabela Rolanda Lubisse

Sonido: Lucas Ariel

Vídeo: Elena Juárez

Coreógrafo: Junyi Sun

Ayudante de dirección: Inés García

Una producción de Teatro Español y Teatre Nacional de Catalunya.

Naves del Español en Matadero (Madrid)

Hasta el 4 de julio de 2021

Calificación: ♦♦♦

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Galdós: sombra y realidad

El Teatro Español acoge una propuesta desatinada sobre el célebre novelista, que firman Verónica Fernández e Ignacio del Moral

Foto de Esmeralda Martín

Repitamos por aquí que, si alguna razón de ser tiene celebrar los cien años de la muerte de Galdós, es para hacer revivir su obra; porque, como ocurre con toda la Literatura (sí, en mayúsculas) languidece por momentos. Hasta ahora, en el teatro, hemos podido contemplar varios proyectos de dudosa calidad y ninguna de ellos ha sido una representación o una adaptación de alguno de sus textos teatrales (salvo esas lecturas dramatizadas que dan la impresión de querer cumplir con un programa de festejos sin apostar verdaderamente por la causa). Parece que, sorpresivamente, su vida personal ha interesado más a los dramaturgos; aunque no tanto, a tenor de lo contemplado. Porque, si hace unas semanas me sentía decepcionado con el montaje Bien está que fuera tu tierra, Galdós; ahora me ocurre lo mismo con esta propuesta del Teatro Español. No se entiende bien a quién puede ir dirigido este deambular entre personajes y amantes de don Benito; puesto que no aporta gran cosa en un itinerario harto superficial. Y, lástima es afirmarlo, aburrido. Solo se puede entender este texto, si pensamos en un encargo; si elucubramos sobre unos límites impuestos (o excesivamente autoimpuestos); porque Verónica Fernández e Ignacio del Moral (recordemos que es el autor de la magnífica Espejo de víctima) firman un proyecto hecho a retazos, una fantasmagoría que no conduce ni al conocimiento del protagonista, ni a la semblanza aproximativa de su vida, ni a provocar en los espectadores unas sensaciones que los acerquen a una época. ¿Qué posibles espectadores? ¿Iletrados, turistas extranjeros, despistados que han oído hablar de uno que escribía muy bien? Sigue leyendo