La Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero es ocupada por unos niños que reclaman a sus padres que dejen el móvil en un espectáculo admonitorio

En el suma y sigue de catástrofes dramatúrgicas en nuestra escena contemporánea llega Play!, de María Goiricelaya. No deben preocuparse los afanados docentes de nuestro país cuando en sus colegios e institutos al acabar el curso sufran por la calidad de sus propuestas teatrales que, con tanto cariño como pocos medios, sacan adelante. El amateurismo también anida desde hace temporadas en el Centro Dramático Nacional. Teatro con cosas, como las paellas para los turistas. Un tema para admonizar a la población. Teatro prescriptivo. Teatro-tutorial. Catequesis posmoderna de esa que formulan nuestras élites culturales de progreso en su acuciante olvido de aquellos que viven pobremente en el margen.
Porque una cosa es el proyecto educativo de los Nuevos Dramáticos (va por su tercera edición, después de Luna en Marte y Los columpios), donde resulta loable ese encuentro con muchachos entre 8 y 11 años; y otro asunto muy distinto es el producto que se presenta en la Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero. Uno se pregunta si se han hallado las formas de expresión adecuadas como para que esos niños se expresen de una manera eficiente (indudablemente, cualquier espectador será condescendiente; pero, además, es cierto que se requiere alcanzar unos mínimos). Encontramos bailes apiñados y caóticos, falta de concreción y escenas insolventes. Una pena. No incidiré más en la cuestión.
Luego está el concepto concreto. Si pienso en los chavales; pues diría que está muy bien que se hable del juego. El juego es esencial para la vida. Recordemos en qué punto lo ponía Huizinga en el Homo ludens («La conclusión importante y obvia es que no es posible la cultura sin una cierta afirmación de la actitud lúdica»). Sin embargo, no es noble partir de ese maniqueísmo que también nos intentaron colar a los cuarentañeros. Digamos que estos, esa ñoña generación de la EGB, tan culpable del entontecimiento general, de la despolitización y de las tragaderas neopijas y woke, parece que no han gastado sus tardes en las máquinas de recreativos, esas malolientes cuevas repletas de nicotina, mientras fuera se disolvían los últimos efluvios de la heroína. No les engañemos como ocurre aquí, fingiendo que no conocimos la Game Boy o la PlayStation o que nos pasábamos las horas muertas en eso que se denominaba caja tonta hasta que llegaron las series de Netflix en la Smart TV. Qué arcadias felices en barrios por hacer. Reconozcámosles que muchísimas de nuestras madres no trabajaban.
Pues no, Kepa Errasti (1981), Getari Etxegarai (1981), Ariana Martínez (1984) y Luis Sorolla (1989) se lanzan en tromba desde los primeros envites a la enesísima actuación de aire autoficcional a contar con jolgorio su retahíla de juguetitos para que los de aquella época nos congraciemos con el Scalextric, el Tragabolas, los tazos; y para que la Barbie gane por obsesión. Lo de bailar al ritmo de Xuxa es un augurio terrorífico que se va confirmando durante toda la pieza. Sus interpretaciones se infantilizan y se les observa perdidos ante la falta de trama.
Asistimos al deslavazamiento propio de este tipo de montajes. Únicamente resulta curioso y mejor traída la inversión de papeles que se plantea. Los mayores son tratados por los menores ─por sus «hijos»─ como si fueran infantes que cuidar y que reprender. Porque esto, por si no quedaba claro, al final va de cómo el móvil se va a convertir en el grandísimo chivo expiatorio de todas nuestras culpas existenciales. Y sí, el smartphone ha dejado atontolinada a toda la chavalería; pero no pensemos que con su prohibición ─hasta los dieciséis años, como proponen esos iluminados que han presentado firmas en el Congreso─ la cultura va a florecer. Todo es mucho más complejo en nuestra sociedad de consumo y eso es lo que no se plasma ni por asomo en esta función. Que si una mami instagrammer vendiéndonos sus técnicas de crianza o que si una clínica de desintoxicación de la nomofobia; ya que resulta que a los descendientes se les hace phubbing, es decir, ningufoneo, vamos, ignorarles puesto que andamos con el cacharrito sin freno. Como decía, más arriba, cada sketch se desarrolla con exceso de espontaneidad (siendo bondadosos).
No faltan toda una serie de frases con datos sobre la pantalla para contribuir a la catástrofe, como si fuera un reportaje periodístico. Sesgado a más no poder. Y otra vez la cantinela de que los hijos de nuestros gurúes de Silicon Valley no usan tecnología ni en el colegio, ni en casa. En fin, poner de ejemplo a Steve Jobs o a Bill Gates (o a otros) en el tema educativo es penoso. Qué importan sus precauciones si ellos son millonarios y a sus vástagos los cuidan unas nannys 24/7. Paradójicamente, han aumentado los índices de lectura de los adolescentes en nuestro país y van menos de botellón.
No queda, por otro lado, más remedio que hacer mención a otra de esas boutades, a otro de esos quiero y no puedo, que tiene que ver con el supuesto lenguaje inclusivo. Ya saben, todo con ‘e’. A pesar de que es llamativo que se le niegue al `todos´ la inclusión total, que sean incapaces de descodificar y entender (aunque, evidentemente que lo entienden, como hacen con todas las palabras) el uso del «género no marcado» y, sin embargo, sí que se regocijen con el ‘todes’. Trans luchando denodadamente por «aplicarse» el género gramatical contrario a su sexo de nacimiento, y trans que, ante todo, querrían de su lengua una versatilidad tal que se pudieran permitir un idiolecto exclusivo a más no poder que pudieran imponer al prójimo. ¿A quién contenta esta ‘e’? Lo mejor sería que llevaran este ejercicio radicalmente, hasta sus últimas consecuencias. A ver quién aguanta el descalabro gramatical; porque aquí se hace a ratos.
¿Qué entenderán los espectadores menores? ¿Y los mayores? El móvil es droga. El móvil es el mal. Muy poco para un espectáculo que se presume teatral.
Texto: Nuevos Dramáticos y María Goiricelaya
Dirección: María Goiricelaya
Reparto: Kepa Errasti, Getari Etxegarai, Ariana Martínez, Luis Sorolla y los Nuevos Dramáticos (Vida Alvarado, Lola Araguz, Clara Bircea, Scarlett Castillo, Marco Andrés Catalán, Vera Cort, Hugo Fas, Daniel García, Martín García, Luna Guirao, Carmen Herrero, Lucas Malo, María Martínez, Penélope Elisabeth Michaelidis, Mayar Naimi, Salma Nory, Dragos Petrica, Silvia Purlea, Elsa Sevillano, Victoria Watson y Ángela Yllán)
Escenografía: Jose Luis Raymond
Iluminación: David Alkorta
Vestuario: Ikerne Giménez
Música: Ibon Belandia
Espacio sonoro: Ibon Aguirre
Movimiento: Alberto Ferrero
Ayudante de dirección: Paco Gámez
Ayudante escenografía: Berta Navas
Vídeo: Rut Briones
Tráiler: Bárbara Sánchez Palomero
Fotos: Geraldine Leloutre
Arteducador: Nacho Bilbao
Coordinación pedagógica: Lucía Miranda
Ayudante de coordinación pedagógica: Henar Vico
Diseño de cartel: Equipo SOPA
Producción: Centro Dramático Nacional
Teatro María Guerrero (Madrid)
Hasta el 20 de diciembre de 2023
Calificación: ♦
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