El tiempo y los Conway

La historia de una extensa familia ante la tesitura de anticiparse a un destino aciago

El tiempo y los Conway - FotoLa obra más famosa de J. B. Priestley contiene una serie de problemas que es necesario sujetar desde el principio. Uno es el espacio, puesto que todo transcurre en un salón y el de La Pensión de las Pulgas es algo reducido y esto repercute, a su vez, en el segundo problema: hasta diez personajes interactuando simultáneamente. Una de las formas de resolver estas coyunturas puede ser dotar de un ritmo vivo interpretativamente a la escenificación, pero más en un sentido vocal que corporal porque la función puede deslizarse hacia la espesura. La versión que aquí dirige Adolfo del Río lo consigue en el primer acto, pero en los otros dos (fundamentalmente en el segundo) el tono se vuelve macilento. El tiempo y los Conway se puede relacionar con el espíritu de la novela de Dickens, Cuento de Navidad, o con el aura evangélica de algunos films de Frank Capra como Qué bello es vivir. La inteligente Kay, una aspirante a novelista, muy fantasiosa y dispuesta a movilizar a toda la familia para jugar a las charadas, es lo suficientemente avispada como para descubrir el germen que ponga en marcha la destrucción de esa armonía que late entre sus jóvenes hermanos y su viuda madre, tras la Primera Guerra Mundial en un pequeño pueblo inglés. De alguna manera ella es la protagonista, la que traza la historia con su imaginación o con su ensoñación; Débora Izaguirre, quien ya participó en la versión realizada hace unos años por Juan Carlos Pérez de la Fuente, además de ser la encarga de la traducción y de la producción, adopta un tono serio, adecuado para su personaje y se muestra segura en su discurso. También me parece que Rodrigo Sáenz de Heredia (hace unas semanas lo disfrutamos enormemente en Castigo ejemplar, yeah) se ajusta muy bien al carácter taciturno y algo abúlico de Alan, uno de los dos hermanos varones. Quizás sean los que mejor han encontrado la esencia de sus papeles. Porque la función, en el plano interpretativo, parece que aún debe rodarse algo más para afinar algunas actuaciones como, por ejemplo, Ángela Villar, que es una magnífica actriz (como pudimos comprobar en Cuando deje de llover), aquí me ha parecido algo nerviosa, inclinada en exceso hacia la rabia con su Madge, esa mujer de ideales socialistas con ganas de alcanzar la utopía o, de forma parecida, Isabel Ampudia, que como madre luce mejor en la alegría que manifiesta al principio que como matriarca de ignorante ambición donde la fuerza expresiva no se acaba de desbordar. En otro orden de cosas, el personaje que interpreta Rodrigo Daza parece que con aumentarle un poco las revoluciones y descamisarlo ya nos debemos dar por conformes; definitivamente le falta redondez. De las otras dos hermanas que nos quedan, Carlota Callén, con algún altibajo al hacer de Hazel, mantiene la gracia y la soltura; mientras que Alba Gallego, la pequeña, me ha parecido fresca, ágil y dulce, muy cómoda escénicamente expeliendo bondad. Luego tenemos a Rocío García Cano que es la sufrida nuera y que llora con toda su alma, y que más verdad no se le puede poner. Completan el elenco dos grandes actores que son capaces de darle compostura a la función, consiguen modular su expresión a lo largo de la obra y mantenerse absolutamente sentenciosos en los momentos cumbre: Juan Antonio Molina hace de Gerald Thornton, el albacea de la familia, y Julián Teurlais de Ernest Beevers, el advenedizo y poderoso marido de Hazel.

La trama que sostiene El tiempo y los Conway es sencilla, partimos de un encuentro familiar y somos llevados a los dos caminos posibles de su existencia futura; y como ocurre con este tipo de historias, el entramado que vertebra las relaciones posibles de cada uno de los miembros se mueve en constante desequilibrio en la lucha de poderes y ambiciones. Una moral que reclama las virtudes del esfuerzo, el trabajo y el deber necesarias para no caer al pozo cuando llegan las embestidas de la depresión económica y social. Es el acto segundo, como decía, el que rompe la linealidad; Priestley introduce la ensoñación o la vislumbre mágica y nos traslada 20 años hacia adelante. Aquí, desde mi punto de vista, la obra se desmorona: el envejecimiento de los personajes se reduce a un mechón emblanquecido de la madre, a los moños de las hijas, a los cambios de vestuario y poco más. En sus interpretaciones, como ya se ha dicho, algunos necesitarían una mayor transformación; además, la escenografía varía levísimamente. Pero sobre todo lo que le falta es brío y un tono que nos transmita la profunda catástrofe que allí está teniendo lugar.

Son comprensibles todas las dificultades que entraña un montaje de estas características tanto por el número de participantes como por el espacio donde tiene lugar, pero la función que nos ofrece Adolfo del Río se inclina hacia una estética demasiado anticuada. De todas formas, cuenta con un elenco lleno de posibilidad que con un poco más de rodaje resultará más que satisfactorio.

El tiempo y los Conway

Autor: J. B. Priestley

Traducción y versión: Débora Izaguirre

Dirección: Adolfo del Río Obregón

Reparto: Isabel Ampudia, Carlota Callen, Rodrigo Daza, Alba Gallego, Rocía García Cano, Débora Izaguirre, Juan Antonio Molina, Rodrigo Sáenz de Heredia, Julián Teurlais y Ángela Villar

Escenografía: La Pensión de las Pulgas y Adolfo del Río

Vestuario: Pablo Porcel

Adaptación musical: Clara Gil

Ayudante de dirección: Pedro Ayose

Ayudante de producción: Javier Castilla

Producción: ETC y Débora Izaguirre

La Pensión de las Pulgas (Madrid)

Lunes y martes de junio de 2016

Calificación: ♦♦

Texto publicado originalmente en El Pulso.

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