La piel del lagarto

El hogar de unos reptiles refleja los ritmos inconsecuentes de nuestra vida moderna

La piel del lagartoPara esta fábula a la que asistimos, contamos con una familia de lagartos y una libélula que pasaba por allí. Si nos acogemos a las metáforas que se ponen en juego, debemos aceptar que, al igual que nosotros, se comportan más por imitación, pero que esa piel tan impermeable les evita cambiar con facilidad; parece que tienen que esperar a que mude por sí sola y aprovechar el momento, si uno es lo suficientemente avispado, para transformarse. Lo que la Compañía del Sr. Smith nos cuenta es la historia de un lagarto adulto que, de forma parecida a lo que ocurría en aquella película que protagonizaba José Coronado, La vida de nadie, se dedica a pasar el rato en un descampado, por vergüenza a reconocer que se ha quedado sin trabajo; lo interpreta Javier Laorden con un buen despliegue de actitudes y entrega física. Su mujer, la lagarta, es algo casquivana y no tiene pudor en buscarse afanosamente un amante el día de su cumpleaños; Isabel Alguacil ofrece un perspicaz encanto a la par que ambiguo. Luego tenemos a los adolescentes, el muchacho lagarto, Alejandro Pastor, se empeña con un ímpetu in crescendo, como si estuviera movido por la impotencia y sus ansias por alcanzar otro estatus. Finalmente, Alba Loureiro se lleva el personaje más redondo y complejo, con el cambio en sí mismo como revulsivo: diferentes nombres, diferentes personalidades, diferentes apariencias hasta que se encuentre a sí misma. Una youtuber dispuesta a ofertarse en cuerpo y alma a cualquier visitante. Mutatis mutandis, lo que viene a ser una familia estándar de nuestra contemporaneidad urbanita. Después, Salvador Bosch, Sr. Smith, la libélula, es quien mejor ofrece una ruptura por un lado, temporal y metafóricamente agónica, puesto que solo vive un día; y, por otra parte, moral, pues debe convencerles de que no se la coman. Todo ello envuelto con alegría y cierto estoicismo.

Comenta el director, Pedro Casas, que «vivimos en una sociedad hiperindividualista» y que buscamos nuestra propia identidad. Ojalá fuera así, más bien es una sociedad alienada que no para de imitar a los demás, diferenciándose a través de mínimos elementos nimios con la única intención de sentirse integrados en un grupo y, a la vez, admirados. A la mayoría de las personas no le interesa desarrollar una identidad propia, prefiere identificarse con aquellos que tiene alrededor, sabiendo que, si no lo hace, el camino será largo y solitario. Producto de esta sociedad esquizoide se muestran estos lagartos, sometidos a esa dictadura de lo superficial. El padre, en su desamparo, y la libélula que, aunque parecen no entenderse, dan en la clave de lo que puede ser un nutritivo comienzo. Dice el Sr. Smith: «Me gusta ver cómo pasa la vida porque sólo viendo cómo pasa la vida, sin hacer nada, te das cuenta de que la vida pasa». Responde el padre: «Para vivir dicen que hay que hacer cosas, cuantas más cosas mejor, pero para ser consciente de la vida es mejor no hacer nada. Eso pienso yo».

Una de las cargas innecesarias de la función es el exceso de narración (micrófono en mano); se nos usurpa una parte de la representación por caracterizar situaciones con discursos descriptivos, lo que favorece, aún más, la estética infantil con la que suelen venir aderezadas las fábulas. Es cierto que el tono, a veces, se vuelve algo «macarra», irónicamente brusco con el uso de palabrotas que se van soltando difusamente. Lo que de verdad parece es que si la obra viene marcada por las veinticuatro horas de vida de la libélula y por el cumpleaños de la mamá lagarto, el ritmo de exposición podría ser más elevado y, también, más breve; hay que reconocer que se enreda un tanto en los avatares propios de la cotidianidad. Creo que se debe valorar positivamente el trabajo de María Iciz en la escenografía y en el vestuario (era fácil que Salvador Bosch hubiera perdido la compostura con otro atuendo). El espacio se abre en diferentes áreas que nos adelantan escenas que están por venir y eso permite que los protagonistas se muevan en distintos planos. También Jordi Vilaseca, como asesor de movimiento, ha logrado que los bailes que tienen que ejecutar en cada una de las fases conlleven una carga simbólica propia de nuestra época.

Posee un aire, La piel del lagarto, de angustioso desencanto que redunda en el cuestionamiento de nuestros modos de vida y de todo aquello que se considera feliz, aunque caigamos constantemente en una rutina que nos tortura y de la que muchas veces no sabemos cómo salir.

La piel del lagarto

Dramaturgia: Javier Hernando

Dirección: Pedro Casas

Intérpretes: Isabel Alguacil, Salvador Bosch, Javier Laorden, Alba Loureiro, Alejandro Pastor

Escenografía y vestuario: María Iciz

Iluminación: Pablo Garnacho

Asesoría de movimiento: Jordi Vilaseca

Responsable técnico: María Iciz

Manager: Beatriz Montarroso

Producción y distribución: Cía. Del Señor Smith

Sala Cuarta Pared (Madrid)

Hasta el 2 de julio de 2016

Calificación: ♦♦♦

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