Los caciques

La versión de Los caciques que se presenta en el Teatro María Guerrero se muestra falta de ritmo

Foto de MarcosGpunto
Foto de MarcosGpunto

Es muy difícil presentar el teatro de éxito popular de los años veinte y treinta al público actual, precisamente porque ese teatro se basa en el gusto concreto de una masa de espectadores. Las exigencias y capacidades de aquellos que ocupan las butacas en cada función han aumentado o, más bien, quienes acuden a las salas pertenecen, en general, a un grupo sociocultural distinto. Hoy, el espectador de ese teatro popular, está en el cine. Se ha querido presentar una versión de Los caciques, de Arniches, más moderna, ágil y estetizada. Se han anulado algunas escenas, se ha cambiado el lenguaje vulgar y pueblerino por uno más sibilino y urbano, y han desparecido bastantes personajes; sin embargo, la trama permanece apenas alterada. Se espera la llegada de un inspector de hacienda (como aquella obra de Gógol en la cual se inspira, y que Miguel del Arco llevó a escena hace pocos años con una versión muy inteligente), y el alcalde del pueblo, un corrupto rodeado de untados adláteres, prepara todo para embaucarle con mentiras, pero antes se presentan, por casualidad, dos truhanes en busca de la sobrina del mismísimo regidor. El enredo se forma en el preciso instante en el que estos no revelan su identidad y los otros creen que son los inspectores. Hasta que llegan los momentos cumbre de la confusión, en la que concatenadas elipsis y sobredichos formulan diálogos enrevesados y graciosos, el texto no puede evitar caer en exageraciones (se habla de mordidas del cincuenta por ciento), gesticulaciones que buscan la comicidad, pero que terminan siendo ridículas, y explicaciones de la situación al personal (como una declaración expresa de que se ha robado, y mucho). El hecho de que se busque agradar tanto al público, que el asunto fluya con la búsqueda de la risa fácil, demuestra que es un teatro que no tiene recorrido suficiente, que carece de pretensiones y que hoy en día muchas salas se ocupan de obras de este tipo, pero mucho más ajustadas, lógicamente, a los gustos actuales.

En cuanto al elenco, también reducido, destacan por su apostura antagónica, pero corrupta al fin y al cabo, Juan Calot, como alcalde, soberbio y autoritario a partes iguales, y muy firme a lo largo de la función; y Fernando Conde, un actor con una cachaza impresionante, templado y con la suerte de contar con las mejores frases del texto que él suelta con verdadera elegancia. El resto de los personajes están mucho menos redondeados y están destinados a contribuir al juego del equívoco y a encajar las piezas de una forma un tanto increíble, como suele ocurrir en los sainetes.

Más interesante habría estado una función del todo castiza, con todo el despliegue de los personajes, más veloz y absolutamente distanciada de este presente ya de por sí bastante inverosímil en el que vivimos; aunque solo fuera por una cuestión meramente antropológica, puesto que esta «actualización» se queda a medias entre la comedia costumbrista al estilo de José Luis Moreno, destinada no solo a agradar al público sino a un entretenimiento de superficie, y la vieja revisión de un autor que sobrevivió gracias a su éxito entre otros dramaturgos ahora olvidados. Al final, la versión que presentan Ángel Fernández Montesinos y Juanjo Seoane se muestra bastante descafeinada y excesivamente pacata. Esta obra pedía ritmo fulgurante.

Los caciques

Autor: Carlos Arniches

Dirección: Ángel Fernández Montesinos

Versión actualizada: Juanjo Seoane y Ángel Fernández Montesinos

Reparto: Víctor Anciones, Marisol Ayuso, Juan Calot, Fernando Conde, Óscar Hernández, Alejandro Navamuel, Elena Román, Raúl Sanz y Juan Jesús Valverde

Escenografía y vestuario: Alfonso Barajas

Iluminación: Carlos Alzueta

Videoescena: Álvaro Luna

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 22 de noviembre de 2015

Calificación: ♦♦

Texto publicado originalmente en El Pulso.

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