Querido capricho

Tomás Pozzi despliega todas sus capacidades artísticas para meterse en la piel de Amanda, una mujer rota de amor

Foto de Luz Soria

La palabra ‘capricho’, ya desde su etimología italiana, está relacionada con el ‘escalofrío’, con la ‘idea nueva y extraña’ y el ‘antojo’; pero también con la obra de arte que rompe las reglas. Posee, por tanto, esta propuesta que nos enseña Tomás Cabané, un hálito de libérrimo juego que entronca con esa función primordial de la fantasía y de la imaginación, que es permitirnos escapar de la zozobra existencial. Y, además, como un pastelito, bien envuelto con esas capas metateatrales que no pueden faltar; porque parecen de obligado cumplimiento en las dramaturgias contemporáneas. Aunque, ante todo, cuesta mucho pensar en otro intérprete que no sea Tomás Pozzi haciendo este papel. Es fácil descubrir sus exageraciones ―es argentino, ¡qué esperábamos!―, esa comicidad que arrastra en su propia expresión genuina; pero logra un punto de complejidad emotiva, de candor visual, de expresividad corporal con sus movimientos eléctricos y «escalofriantes» de amante sufriente que uno queda fascinado por tamaña actuación. Es una bestia escénica, y eso es innegable ―ya lo afirmé cuando lo vi por primera vez en Cuestión de altura―. La función va de fuera adentro, del Tomás, a lo mejor, él mismo o, un tipo similar que se encierra en su casa y que fabula, en su soledad con la historia de una mujer madura abandonada por un hombre más joven. Sigue leyendo

El mago

Juan Mayorga firma y dirige esta obra sin fundamento ni enjundia sobre una mujer hipnotizada

Foto de marcosGpunto

Cuesta creer que un autor como Juan Mayorga considere que su nuevo texto está listo para subir a las tablas. Si no fuera porque es un dramaturgo experimentado y exitoso, diríamos que El mago está firmado por un bisoño. ¿Qué se ha pretendido plasmar en esta comedia? En principio, nada trascendente y tampoco nada entretenido. Contamos con Nadia, una mujer que acaba de llegar a casa y, por lo visto, ha sido hipnotizada en un espectáculo de magia. A partir de ahí, al espectador se le envuelve con toda una serie de explicaciones de cada situación que va ocurriendo. Por ejemplo, dar por hecho ―y convertirlo en un hilo narrativo del que tirar―, que ella (una doble, se supone) permanece aún en aquella función, subida a un estrado, junto a otras dos chicas; mientras ejecuta todas las instrucciones del hipnotista y que la susodicha materializa disciplinadamente y por duplicado. La coyuntura se alarga con diversas cuestiones paradójicas y fantasiosas, evidentemente, que se encauzan por los derroteros de un absurdo suave y que debería provocar la carcajada. No es así, puesto que cada paso está flanqueado por diálogos que pretenden justificar lo que vemos ―por increíble que sea―, en lugar de permitir su vuelo y su agilidad. Sigue leyendo

Los hilos de Vulcano

Una comedia de enredo basada en una narración de La Odisea sobre las infidelidades de Venus

Foto de Jero Morales
Foto de Jero Morales

El término «clásico», en el embrollo posmoderno, da para contravenirlo, considerarlo asunto pesado y aburrido, de gentes con mucho miramiento, como marca de calidad o, en el caso que nos compete, para envolverlo de una fachada que justifique la inserción de una anécdota entre las ruinas del Teatro Romano de Mérida. La anécdota viene cantada en la rapsodia VIII de La Odisea y Marta Torres la ha transformado en una comedia de bajo vuelo. Es decir, no es una obra clásica, ni sobre los clásicos, sino un texto que tiene por personajes a dioses romanos y otros individuos de acompañamiento. Mucho me parece abrir el marco conceptual.

Lo que se nos quiere contar es la infidelidad de Venus con Marte, puesto que ella no aguanta la falta de atención y de cariño de su marido Vulcano; enterado este de los escarceos de su mujer, gracias a los chivatazos del Dios Sol, se empeña en crear unos hilos invisibles que los atrapen en plena faena. La cuestión daría juego si no hubiera un empeño tan esforzado desde el inicio por anular la vida y manifestación de los personajes en su transcurso. La idea del entretenimiento naif se impone desde que Carmen París aparece a ponernos en situación y a biografiarnos a los protagonistas. Aceptemos que el tono de las canciones ofrece cierta hondura, empasta adecuadamente el aire jotero con los efluvios mediterráneos (no así cuando se pone chirigotero); otro cariz poseen las letras, que inevitablemente caen en lo funcional y en esa comicidad esperable para el espectáculo destinado al regocijo estival. Sigue leyendo

Cuestión de altura

Tomás Pozzi y Martiño Rivas se dejan la piel en Cuestión de altura en el Teatro Español (Madrid)

cuestionaltura_escena_957-1024x683La sala pequeña del Teatro Español refleja al propio público deformado por unos espejos que adelantan la metamorfosis a la que se va a ver sometido el doctor Cebrián. Un piso digno de un adinerado y triunfador psicólogo que apenas ronda los veintitantos años recibe la llegada de su dueño tras una noche de gloria y éxtasis discotequero. Es él, Martiño Rivas, que con su planta, con su chulería y con su insolencia juvenil, quien se mete en las carnes de un psicólogo que ya lo ha conseguido prácticamente todo en la vida. Ahíto de esplendor, después de una súbita transformación mágica —como en varias ocasiones hemos contemplado en el cine—, donde había un bello espécimen, ahora tenemos a un tipejo de metro y medio, medio calvo y no medio argentino, sino completamente argentino. El paradigma de psicoanalista freudiano y verborreico, antítesis del estilizado españolito aupado por decenas de másteres, por sus capacidades atléticas y fundamentalmente por una belleza que avanza el principio de su valor como doctor. Sigue leyendo