El Teatro Infanta Isabel acoge la célebre obra de Claudio Tolcachir en su regreso a los escenarios
Qué se puede afirmar hoy de una de esas obras de teatro que, en cierta medida, se han convertido en un referente del siglo XXI. Una vuelta de tuerca más a un estilo que parte del naturalismo, de Chéjov, que pasa por el expresionismo, por el absurdo, por Grotowski y que, como un cuestionamiento existencialista sobre las formas que tenemos de vivir, llega hasta el presente. La verdad es que desde aquel 2005 muchas han sido las propuestas que de manera muy similar se han acogido a esta forma. Sigue leyendo


Por lo visto, antes de ser una obra de teatro, La música fue un encargo para la televisión. Luego ya subió a las tablas en 1965 y se adaptó al cine, al año siguiente, con dirección de la propia Marguerite Duras y la compañía de Paul Seban. Ciertamente es mejor no tomarla de referencia; porque el enfoque es muy distinto al que encontramos en el Infanta Isabel. La dramaturga había imaginado el encuentro de una pareja de treintañeros que vuelven a verse tras dos años para resolver unos asuntos de su divorcio. Magüi Mira ha decidido darle un giro y situarnos dos individuos maduros. Este hecho, efectivamente, trastoca toda la propuesta; pues el bagaje de cada uno es totalmente diferente. 
Cuesta alejarse del estereotipo irlandés, cuando uno se aproxima al micromundo en el que pone su lupa Martin McDonagh. No hay más que ver la disposición de elementos, cuando ambientaba aquel inhóspito pueblo en su exitosa película Almas en pena de Inisherin. En esta se volvía a detectar ese prurito infantil y fabulístico, que encontramos en otros escritos como
El vodevil de nuestro monarca en las últimas dos décadas pedía protagonismo en alguna comedia teatral. A falta de un Berlanga, no hubiera estado mal que Els Joglars hubiera afinado con el tono de la farsa y hubiera encontrado un argumento más sugestivo. No se puede sostener que sean equidistantes, más bien, insignificantes; aunque un público tan entregado, tanto a la figura representada como a sus representantes, cualquier guiño hacia un extremo u otro les regocija. Aceptemos que el prólogo es poco fascinante, con unos «moros» limpiando aquí y allá, hablando en árabe, claro, y generando las primeras risas para un montaje naíf, sin pullas desopilantes. Se entiende que esta vaguedad sirva para que sus señorías resuelvan suspender su móvil ─los soniquetes con ciertos espectadores parecen inevitables─.
Afortunadamente vamos accediendo a obras artísticas donde la homosexualidad aparece como una circunstancia más de la vida; pero también es cierto que lo abundante es reflejar el trance por el cual las parejas del mismo sexo se tienen que enfrentar a toda esa incomprensión social y familiar que tanto daño procura. Una luz tímida es otra más de estas últimas. Se nos vende como una historia basada en la realidad que transcurre durante el franquismo; no obstante, la dramaturga se ha resistido mucho a introducir aspectos realmente enjundiosos sobre política. Además, el relato supera el año 1975 e, incluso, nos destina a 1998; aunque el contexto apenas permea con unos pocos detalles del todo insuficientes. 