César Barló ha desplegado toda su dramaturgia por diferentes espacios del Teatro Fernán Gómez para realizar una atrayente versión sobre esta obra de Pirandello

Debemos congratularnos de que Juan Carlos Pérez de la Fuente haya favorecido el desarrollo de esta propuesta en el amplio y circular hall del Teatro Fernán Gómez. El uso de esos espacios no es novedoso; aunque, curiosamente, en el Teatro Lara, La función por hacer, versión de Seis personajes en busca de autor, que realizó Miguel del Arco, puso en marcha el off en aquel centenario lugar y catapultó a la compañía Kamikaze. Ahora es César Barló, quien procede de ese circuito alternativo, afincado durante gran tiempo en La Puerta Estrecha, el que aborda esta obra inacabada. Teatro dentro del teatro en su expresión del juego. Sigue leyendo
Teniendo en cuenta que el thriller judicial se ha explotado tanto en cine en los últimos tiempos, y que es un género que lucha denodadamente por escapar de su encorsetamiento burocrático, Testigo de cargo es el paradigma más caduco posible para saltar a escena. Lo que les pasa a sus personajes nos la trae al pairo, y más, si se le imprime ese tonito irónico tan propio de los británicos. Es decir, el asunto carece de enjundia, máxime si la interfecta es una viejecita que ya está liquidada antes de que comience el embrollo. No se produce ningún efecto empático y, por lo tanto, como ha ocurrido históricamente con ese estilo novelístico, nuestra motivación está alimentada únicamente por el juego del ingenio.
Hoy, trasladar al teatro el misterio, el terror y esa atmósfera en la estela del romanticismo que pulsó Bécquer al recoger en sus Leyendas las tradiciones inveteradas de aquí de y allí, es harto complicado. Estos relatos proceden de toda una trayectoria oral, que fomentaba la imaginación y que conectaba con unas creencias. Nuestra mirada está «contaminada» por la velocidad de las imágenes y de los golpes de efecto que el cine ha explotado en demasía. Además de que Halloween ha aportado su propia perspectiva consumista y festiva con una ironía que desbarata cualquier espanto creíble. 


La impresión que nos ha generado la invasión de Ucrania, sumada al destrozo de Gaza en estos momentos, es más que suficiente para inspirar este montaje tan potente en su puesta en escena. Nos hallamos en tierra de nadie. Un par de individuos empujan una casa ambulante, como el carro de Madre Coraje. Crezk es un tipo estrafalario, un traficante de armas, que más parece un chamarilero, que intenta hacer sus negocios a través de una radio portátil. Su territorio dice llamarse Osel, como si fuera un aspirante a señor de la guerra. Luisfer Rodríguez le imprime un subyugante rictus entre vesánico y bufonesco. 
