José Ramón Fernández ha hilado varias Leyendas de Bécquer para un espectáculo, en el Teatro Fernán Gómez, apenas terrorífico
Hoy, trasladar al teatro el misterio, el terror y esa atmósfera en la estela del romanticismo que pulsó Bécquer al recoger en sus Leyendas las tradiciones inveteradas de aquí de y allí, es harto complicado. Estos relatos proceden de toda una trayectoria oral, que fomentaba la imaginación y que conectaba con unas creencias. Nuestra mirada está «contaminada» por la velocidad de las imágenes y de los golpes de efecto que el cine ha explotado en demasía. Además de que Halloween ha aportado su propia perspectiva consumista y festiva con una ironía que desbarata cualquier espanto creíble. Sigue leyendo



La impresión que nos ha generado la invasión de Ucrania, sumada al destrozo de Gaza en estos momentos, es más que suficiente para inspirar este montaje tan potente en su puesta en escena. Nos hallamos en tierra de nadie. Un par de individuos empujan una casa ambulante, como el carro de Madre Coraje. Crezk es un tipo estrafalario, un traficante de armas, que más parece un chamarilero, que intenta hacer sus negocios a través de una radio portátil. Su territorio dice llamarse Osel, como si fuera un aspirante a señor de la guerra. Luisfer Rodríguez le imprime un subyugante rictus entre vesánico y bufonesco. 


Empecemos aseverando que titular Yerma a esta obra es casi un clickbait y que los espectadores deberían estar más que avisados de que aquí no está Lorca. Dejémoslo en que la escritora María Goiricelaya se ha inspirado en la tragedia del dramaturgo granadino. Cualquiera puede comprobar que ni lenguaje, ni época, ni personajes, ni siquiera el argumento quedan reflejados. Apenas el tema se trae a colación; pero desde una perspectiva sociocultural bastante diferente. Esta es la principal pega que le puedo encontrar a un montaje magnífico y de gran intensidad; también, quizás, que se alarga demasiado y que reitera el mismo motivo en exceso (puede que la última escena, la de la fiesta, sugerente y onírica, llegue un poco tarde). Claro que, cuando hablamos de una obsesión, la repetición es obvia.