Regresa a la escena madrileña uno de los éxitos de la temporada anterior, La violación de Lucrecia

La presencia de Nuria Espert en el escenario, apenas acompañada de una mesilla, una butaca y la velada cama detrás, ya impone lo suficiente, si además, tras un breve prólogo metaliterario (conversación de móvil mediante) marca de la casa Miguel del Arco, asistimos a una corriente de flujo, un vaivén tremebundo de voces encima de las tablas, el verso de Shakespeare metamorfoseándose en la boca de nuestra primera actriz, desde el narrador con su tensión in crescendo (esquinas, recovecos y centros de luz hasta el detalle), pasando por la testosterona de Tarquino, por la desesperación de Lucrecia, por la terrible constatación de Colatino (su esposo), hasta llegar al dolor, a la muerte y a una honra llena de sangre. Fluye el texto, la estrofa, el diálogo de los personajes multiplicados en una sola mujer, arrebatada, violada, mancillada, símbolo de una decadencia romana y momento transicional hacia la república. Sigue leyendo



Diego Lorca y Pako Merino llevan ya unos cuantos años desarrollando su proyecto y ofreciendo espectáculos realmente personales. En este caso, un joven juez tiene que regresar a casa de su padre (también juez, jubilado y viudo) debido a una plaga de termitas. A su vez, el robot espacial Curiosity es enviado a Marte. Las metáforas se plantan en el escenario desde el principio para exponer las angustias de ese hijo que se carcome por dentro al no conseguir hablar de su madre —de la «accidental» muerte de su madre— con su progenitor. Ambos personajes, los dos hombres de leyes, luchan por tener la razón, uno desde el sentido de la estricta autoridad y la disciplina a rajatabla; y otro con un sentido de la vida más dialogante, más afable. Se presenta así un combate de reproches por el pasado y una búsqueda esperanzadora por superar las diferencias, por mirar hacia delante reformulando su relación. 