Mapa de heridas

La Sala Cuarta Pared acoge este drama de Sergio Martínez Vila sobre las secuelas de la violencia sexual dentro de una atmósfera caótica

Foto de Antonio Colomo

Posee la escritura de Sergio Martínez Vila una esencia brutal, agónica y autodestructiva. Así se puede apreciar en obras suyas como El fin de la violencia, En La Ley o en Juegos para toda la familia. En esas tres, también lo apocalíptico nos remite a coordenadas espaciotemporales que no reconocemos inmediatamente; sin embargo, en Mapa de heridas se nos destina a una realidad mucho más cercana. Es muy fácil que enseguida pensemos en Jauría, el montaje de teatro documento sobre la conocida como la Manada de Pamplona; pero, también, en alguna medida, algunos pasajes me han recordado a Hard Candy. No va a ser sencillo que los espectadores puedan trazar completamente el puzle que nos propone el autor; porque ha buscado, adrede, la confusión, de tal manera que los personajes masculinos tiendan a parecer el mismo o a concitar tales similitudes que uno ya no sepa exactamente a quien se refiere en todos los casos. El caos con el que se circula sirve de metáfora acertada para trasladarnos el desconcierto y las contradicciones que operan en el comportamiento de la protagonista. El hecho de que se proceda con saltos temporales, que se incluyan fragmentos que cuesta ubicar en la trama y ciertos elementos grotescos o extravagantes cercanos a un surrealismo sucio (véase la escena final con la manera de beber champán y de desnudarse él), es la gran baza de la propuesta; pues logra trazar una atmósfera de angustia. Cristina de Anta da vida a Ana, una joven treintañera que ha descubierto al morir su madre, que cuando apenas tenía dieciséis años fue violada en grupo y que fruto de esa atrocidad nació ella. Por lo tanto, el que creía que era su padre biológico, no lo es. La actriz combina con perspicacia la furia aniquiladora inicial, con la expresión de la perplejidad al cuestionarse ciertas pulsiones que la arrastran. Sigue leyendo