La vida del célebre pintor holandés salta a escena en un proyecto comandado por Ignasi Vidal, que nos destina a una experiencia inmersiva
La figura de Van Gogh encaja tan idóneamente con nuestro esquema de genio que, más a allá de unos cuadros célebres o unas pinceladas particulares dispuestas hasta para el filtro de Instagram, lo que más nos fascina es su vida. Y es por esto que su biografía se explota hasta la actualidad de una manera abusiva, diría, como un fetiche preparado para nuestra sociedad de consumo. Por eso, creo que este título en inglés tan marketiniano resulta muy coherente. ¡Qué le vamos a hacer! Sigue leyendo

Cuando algunas propuestas dramáticas se arriman demasiado a esas instalaciones de arte conceptual que solemos encontrarnos en los museos contemporáneos, uno siente que, de alguna manera, no se quiere acometer la propia dialéctica teatral. Esto ocurre mucho en I´m Nowhere, la iniciativa polaca ─ con intervención española─, de Norbert Rakowski. El tema de la eutanasia es de sumo interés y de máxima actualidad. De hecho, es muy significativo que en nuestro país se haya logrado aprobar una ley que, hasta hace unos años, cuando estábamos enfrascados con el caso Ramón Sampedro, parecía relegado. Es fácil pensar que, a diferencia de los polacos, los españoles ─otrora garantes de las esencias del catolicismo─ que nos hemos ido secularizando, hayamos acometido el asunto ya con más «sensatez». 
Pasar de 1923 a 2023. Y hacer que La enfermedad de la juventud, de F. Bruckner, nos parezca aún vigente. En el fondo seguimos con lo mismo; aunque en los últimos años la oleada neopuritana llegada directamente de los imperialistas Estados Unidos se nos haya inoculado por la izquierda. Por esto, paradójicamente, parece no una obra enfocada en nuestro año sino, quizás, en 2013. Comprendo que esto es ponerse muy tiquismiquis; no obstante, estas chicas hoy nos soltarían otras soflamas a la cara, algunas de esas que se repiten hasta la saciedad en TikTok y otras performances del montón; y que tendrían que ver con el consentimiento o con el deseo no deseante o con el follar con empatía o «con el yo quería, pero resulta que no».
Uno puede asistir al montaje de Rabia con la magnífica novela de Sergio Bizzio leída o, sencillamente, puede sentarse en su butaca para dejarse sorprender por una historia, monologada, que oculta toda una serie de referencias existencialistas; más aviesas de lo que parece. Puesto que el hecho de que un tipo se esconda en la mansión donde su novia ejerce de sirvienta es, cuando menos, seductor. Hablamos de quedarse años en una buhardilla, en una población argentina. Un hombre que ha matado al capataz de la obra en la que trabajaba; pero que, una vez se ha aposentado en ese nuevo hogar, ha empezado a sentir la paradoja de la seguridad y hasta de la libertad; aunque en el fondo, esté huido de la justicia, y, a la postre, enclaustrado y sin ningún lugar mejor al que acudir.
En el Teatro Bellas Artes asistimos a una dramedia, esa mezcla de drama y comedia, donde el espectador contempla la seriedad de un conflicto penoso; aunque regresa a su hogar con el alivio del final feliz. La cuestión es que Eduardo Galán ha descompensado tanto esos dos subgéneros que su obra termina en una inverosimilitud evidente. Y es que no puede faltar en un espectáculo contemporáneo el señalamiento de alguno de esos nuevos tabúes o prejuicios (se afirma por ahí), además de, por supuesto, nuestros temas de moda. A saber, por una parte, la transexualidad en la adolescencia. Y, por otro lado, el edadismo y hasta el clasismo. Ahí es nada.
Aceptemos que con esta propuesta de Karina Garantivá, dirigida por Ernesto Caballero, dentro de su ciclo filosófico del Teatro Urgente, algunos de los conceptos y pensamientos de Ortega y Gasset sustentan el texto. Gran exigencia para el público que, puedo asegurar, conoce al intelectual madrileño de oídas y por alguna de sus célebres frases: «Yo soy yo y mi circunstancia» (no olvidemos que sigue «si no la salvo a ella no me salvo yo»). Frase emblemática que ya aparece en su primera obra, Meditaciones del Quijote, y que en esta función tiene un peso significativo. De hecho, Alberto Fonseca, quien interpreta con sencillez y entrega distintos personajes, se envestirá del propio caballero andante, como una presencia onírica. El actor discurrirá con ajustada simpatía en sus diferentes facetas.
Después de que la versión de