El espectáculo navideño del Circo Price regresa como cada año con una propuesta que decepciona respecto de ediciones anteriores
Resulta toda una tradición acudir al Circo Price a disfrutar de su principal espectáculo navideño. Si comparamos esta última propuesta con las anteriores ediciones, convendremos con facilidad en que se ha bajado bastante el pistón en todas las áreas del montaje. Sospechemos más en una menor inversión que en una falta de ímpetu creativo en sus responsables, incluida, María Folguera como máxima garante del espacio. O sea, La vuelta al mundo de Cometa (2021) y Los mundos del Price (2022) fueron obras más divertidas, más animadas y con números circenses más llamativos y atrayentes. Hasta las coreografías y las composiciones musicales fueron más grandiosas, en general. Además de unos vestuarios claramente más deslumbrantes. Sigue leyendo →
Israel Elejalde dirige la obra del francés Jean-Luc Lagarce, una pieza autobiográfica sobre la muerte de su joven protagonista
Foto de Vanessa Rábade
No tuvo buenas críticas la versión cinematográfica de esta obra del francés Jean-Luc Lagarce que realizó Xavier Dolan. En muchas ocasiones, en las obras teatrales, las elipsis se nos antojan absolutamente necesarias; porque muchos escritores tienden a remarcar y a explicar lo que sencillamente se debe mostrar. Esta es la clave. Pero también se dan situaciones, y creo que esta es una de ellas, en las que el exceso de elipsis genera un cortocircuito con el espectador. Cuando el conflicto familiar se sitúa en el centro, uno espera la explosión de sinceridad que provoque la catarsis en el público. Quien más y quien menos arrastra rencillas de cierta enjundia. Sin embargo, en Tan solo el fin del mundo no está la furia de aquel Agosto de Tracy Letts, tampoco, como pasa en el Teatro Español, hay una octogenaria Espert fustigando a hijas y nietas. Sigue leyendo →
Nuria Espert se convierte en la abuela fustigadora en una obra muy endeble del novelista Alejandro Palomas
Foto de David Ruano
El género familiar abunda tanto en la escena ─más que en el cine─ que uno termina agotado de costumbrismo y de la misma estructura. Y eso que aquí Alejandro Palomas se salta su propio esquema y concentra en ochenta minutos la hecatombe que propicie la limpieza ritual de una familia, que la libere de sus pesares y de sus cuitas y, a la par, nos convoque a tal oxigenación a nosotros mismos desde la platea. Sin embargo, convengamos en que se roza la telenovela. Es una mala obra teatral que adapta una novela que busca excesivamente la sentimentalidad a través de entresijos forzados.
Nuria Espert se despide del teatro ─la recordaré por su participación en Incendios y, sobre todo, por La violación de Lucrecia─ para hacer de Mencía, una abuela que ha esperado a verse rodeada de sus dos hijas y de sus dos nietas, para soltarles el rapapolvo con un buen repaso vital entre sarcasmos, y mientras carga su boca de tacos para regocijo de un público que cae en ese tipo de chabacanerías. No será este su personaje más brillante, desde luego, porque ninguno de los papeles, ni siquiera el suyo, son lo suficientemente solventes como para pergeñar un argumento mínimamente verosímil. Al menos, la escenografía de Sebastià Brosa, ese hábitat rocoso que nos traslada al Mediterráneo, resulta de lo más sugerente con el leve desplazamiento que nos indica una nueva perspectiva, una visión del mar y de la Isla del Aire. En ella, las proyecciones de Álvaro Luna (con la ayuda de Elvira Ruiz) logran una ambientación de lo más llamativa, un movimiento entre tanto estatismo melodramático.
En definitiva, aceptemos que a la función le falta prólogo, contexto, atmósfera de cierta normalidad; ya que si vamos repasando a cada uno de los personajes casi podríamos pensar que los ha mirado un tuerto, y que han viajado hasta ese islote para hallar a la vieja pitonisa que las ilumine en su presente y futuro aciagos. Ninguna se libra. La misma protagonista, Mencía, no es que frise los noventa y esté sentada en una silla de ruedas, y que pierda la conciencia y explore la realidad con pesadillas que sobrevienen, es que tiene el brazo lesionado. Podemos admitirlo, claro; pero si su hija, con la que suele vivir, Flavia, y con quien lleva una relación de amor-odio muy acendrada requiere muletas, porque se ha lastimado una pierna; pues la verosimilitud se quiebra. Además, Teresa Vallicrosa no tiene tiempo para desarrollar de una forma más concisa su papel; parece que su vida está determinada por un hecho del pasado que, como no podía ser de otra manera en una obra así, conoceremos al detalle (mal de amores). Otro tanto le ocurre a Candela Serrat, quien inserta su historia ya avanzada la pieza. Una catástrofe personal más que daría para un desarrollo muy superior, pero que es anecdótica. Si se ha enamorado de una mujer, cuando lleva años casada y tiene un hijo, entenderemos que el cambio es brusco, pues, encima, su marido se ha enterado. Además, en ella no observamos una interacción coherente con el resto, y eso aumenta la falta de familiaridad que debemos presumir en ese grupo de mujeres, por mucho que las desavenencias vengan de lejos. Peor se da el asunto con Clàudia Benito, que hace de Bea, la más joven, y que tiene más protagonismo. La conexión con su abuela es entrañable; aunque establecen un juego de contarse secretitos que es demasiado naíf. También la muchacha ha roto su noviazgo. Otro desastre para esta calamidad bizantina (o turca). Ni si quiera se dibuja tímidamente el contraste entre aquellas dos hijas de la anciana. Una más bronca y dolida; la otra, Lía, encarnada por Vicky Peña con paciencia y candor, es una señora que cede enseguida, que se vuelve complaciente ante las adversidades. Por eso su progenitora consiguió con facilidad que volviera al redil cuando se descubrió que su yerno era un adúltero.
Uno se pregunta si el recuerdo de Helena, esa tercera nieta desaparecida en el mar hace un año en esa Isla del Aire no debería ser más inspiradora; si no debería suponer una atracción mayor para las demás, cuando parece que era la más «artista» de todas. Únicamente es otra «excusa» para que la matriarca ejecute su poder terapéutico aplicando su soberbia.
Tampoco creo que debamos caer en el habitual estudio sicológico, donde terminemos por derivar de esa madre fustigadora cada una de las particularidades emocionales de sus descendientes. Sus debilidades propiciadas por ella y la paradójica exigencia de fortaleza in extremis. Un ejercicio masoquista repleto de manipulación. Todo ello resulta demasiado evidente y merecería una complejidad de más calado, no vaya a ser que al final nos quedemos con que todo el montaje está destinado solamente a que la Espert demuestre su arte interpretativo. Desde luego, el director, Mario Gas, ha puesto todo su empeño para que así sea.
Inma González muestra toda su expresividad para inmiscuirse en la piel de una mujer marginada en el contexto de la posguerra
No es desde luego muy preciso hablar de los hijos de La Zaranda, pues esta compañía gaditana bebe de unas tradiciones y de una decadencia socioeconómica muy concreta y pertinaz que ha propiciado unas formas de expresión, un arte, un deje; pero convengamos en que el estilo zarandesco tiene hoy distintos herederos que arrastran los pros y contras de aquella compañía. En la mayoría detecto más los procedimientos formales que la consistencia política y o el componente alegórico que, en aquellos, alcanza la excelencia en varios de sus montajes. Sigue leyendo →
Marta Poveda se pone al frente de comedia palatina de Lope de Vega recientemente descubierta en la Biblioteca Nacional
Foto de Pablo Lorente
Allá por 2015 presentó la Fundación Siglo de Oro la primera representación de Mujeres y criados, una obra de Lope que había sido hallada en la Biblioteca Nacional. Ahora hacen lo propio con La francesa Laura, producto de esas investigaciones que están desarrolladas con sistemas de inteligencia artificial y programas informáticos de alta precisión. Al frente de tal incursión han estado Álvaro Cuéllar y Germán Vega, quienes nos han dejado una excelente edición crítica de susodicho drama. Por lo visto, nos encontramos ante una comedia palatina seria perteneciente a los últimos años de trayectoria del dramaturgo madrileño.
Original es el contexto que nos descubrimos, pues se nos traslada al final de la Guerra de los Cien Años, a Francia. El mismo rey da comienzo al acto con un parlamento en el que propone el casamiento del Delfín con la hermana del monarca inglés. Ese es el marco de referencia; pero, en realidad, la trama principal nos entrega otra pareja, muy apasionada y feliz. El conde Arnaldo, a quien da vida Agus Ruiz, con su potencia y pujanza habitual, va a ser derruido por sus paranoicos celos. El tema del honor brota con enorme fuerza según se suceden los cuadros. Pues resulta que le han encomendado la misión de acudir al país insular para concretar las nupcias que terminen de amistar a los dos reinos. Su viaje servirá para que el príncipe entre en acción y corteje a Laura, la esposa del conde. Ángel Ramón Jiménez se queda con un papel falto de virilidad, un poco tontorrón, que el actor acoge con aire cómico. No parece un rival solvente, desde luego. Por su parte, la protagonista (comparta importancia con su esposo) es interpretada por Sheila Niño, con un tono bien perfilado, poderoso y de un erotismo que no decae. Afortunadamente, no se avanza como víctima, sino que juega su rol con donosura, agudeza y saber estar. Por ello es un personaje más creíble que su compañero. Ella se sostiene lo que puede, él se descompone por unas dudas enfermizas hasta el súmmum, como podrá comprobar el espectador en la conclusión de este drama que, ciertamente, como afirma la directora, Marta Poveda, quien ha dirigido con suficiente solvencia la pieza, debe considerarse tragedia. Yo también lo considero así. No es necesario alcanzar la muerte para que consideremos que el desenlace es trágico.
Quizás el mayor problema que tiene esta obra de Lope esté en la endeblez de las subtramas. Sí que podemos hallar buenas frases en Roberto, un sirviente, al que José Juan Sevilla da ironía y buen manejo; pero no se alcanza con él el típico humorismo de los criados. La pizca de humor sí la hallamos en la visita clandestina del Delfín a casa de Laura en su cuidadosa huida. Poco más. Celia, la criada de nuestra dama, es una encantadora Macarena Molina. Mientras que la Flordelís de Manuela Morales, infunde elegancia.
Por otra parte, encuentro cierto deslucimiento en la escena del baile y debería ser un momento de mayor profundidad erótica con el juego de máscaras allá en Inglaterra, cuando se encuentran los dos enamorados. Creo que no se llena el espacio con la grandiosidad esperada de una corte. Y después, el instante más angustioso, el envenenamiento, y el epílogo se engranan de una manera demasiado abrupta y contradictoria. Tan rápida que apenas la pobre Laura puede asumir su propia estupefacción.
Tampoco en la escenografía apreciamos nada reseñable, pues se ha optado por introducir en los Teatros del Canal un «recorte» de un corral de comedias, como si fuera Almagro. Más parece un decorado de circunstancias que luego encaje en el propio Corral Cervantes, en el barrio de Arganzuela, que es donde suelen hospedarse las propuestas de la nombrada Fundación estos años. En cualquier caso, sus dos pisos y las puertas dan funcionalidad. Igual que el vestuario, tan neutro en su blancura; aunque tenga unos detalles un tanto bobalicones como las tobilleras con brilli brilli.
Quizás el detalle coreográfico del preludio y algún gesto del mismo cariz posterior avanzan unas posibilidades expresivas que no permean la función y esto produce una discontinuidad, una carencia en el ritmo. Así que, entre pros y contras, podemos remarcar esa resolución tan acibarada con sus dosis de ambigüedad.
Carles Alfaro dirige este enrevesado texto de Sanchis Sinisterra sobre las especulaciones metaliterarias en el Teatro de La Abadía
Había presentado este texto Sanchis Sinisterra en 1999 bajo la dirección de José Luis García Sánchez. La insistente metateatralidad que recorre gran parte de su obra obtiene aquí un vigor especial; porque se recubre de metaliteratura en esa vertiente que trabaja con la intertextualidad. Es decir, se nos ofrece un ramillete de novelas pertenecientes al canon contemporáneo. El profesor que interpreta Pere Ponce (regresa a ese mismo escenario tras Coraje de madre) debe conectar en este 2023 con los lectores que se hospedan en las butacas. Sigue leyendo →
La Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero es ocupada por unos niños que reclaman a sus padres que dejen el móvil en un espectáculo admonitorio
Foto de Geraldine Leloutre
En el suma y sigue de catástrofes dramatúrgicas en nuestra escena contemporánea llega Play!, de María Goiricelaya. No deben preocuparse los afanados docentes de nuestro país cuando en sus colegios e institutos al acabar el curso sufran por la calidad de sus propuestas teatrales que, con tanto cariño como pocos medios, sacan adelante. El amateurismo también anida desde hace temporadas en el Centro Dramático Nacional. Teatro con cosas, como las paellas para los turistas. Un tema para admonizar a la población. Teatro prescriptivo. Teatro-tutorial. Catequesis posmoderna de esa que formulan nuestras élites culturales de progreso en su acuciante olvido de aquellos que viven pobremente en el margen. Sigue leyendo →
Natalia Menéndez se pone al frente de este espectáculo inenarrable sobre la alegría sin motivo en las Naves del Matadero
Foto de Vanessa Rabade
Uno observa el planeta y repasa las catástrofes, las evidentes y las ocultas, y no para de hallar a todos sus remediadores que, como antes los curanderos, ofrecen sus admoniciones para la consagración de la ingenuidad y el desastre. Si me dicen que este Alegría Station nace de alguna iglesia evangélica, me lo creería a pies juntillas. Si es una de esas alucinaciones de los gabinetes de recursos humanos encontraría firme sentido. Lo que me queda claro es que hacía tiempo que no sentía tanta vergüenza ajena en un teatro. Sigue leyendo →
Guillermo Calderón y Gabriel Calderón destripan a Calderón con una pieza inspirada en El príncipe constante
Foto de Santiago Mazzarovich
Fue hace ya un par de años, cuando el mismo Teatro de la Comedia acogió su versión de El príncipe constante. Ahora se toma aquella como excusa, para inventarse un artefacto a medio camino del thriller policiaco y la crítica de arte (o del arte). No sé si los vasos comunicantes que se intentan implantar van más allá de los gestos metateatrales que remiten a aquella; porque no parece muy necesario conocer el drama original. Aquí los vericuetos suponen un juego para el espectador; ya que se busca dilucidar, entre otros asuntos, un asesinato. Una especie de cómic con sus altas dosis de humor. Y también una reducción absoluta sobre cualquier veta hagiográfica; si, acaso, lo religioso se introduce, en alguna mínima medida, como superchería. El fetiche de la mercancía termina por ser un gracioso motivo para la distracción de los espectadores. El espectáculo es raro, en cuanto que uno espera seriedad, y lo que halla son diálogos rocambolescos. Sigue leyendo →