Pablo Rosal se acoge con Luis Bermejo a la tradición picaresca para abordar cuestiones existencialistas en nuestra sociedad actual
Viene Pablo Rosal demostrando un talento extraordinario en el pergeño de sus textos y en la capacidad para trasladarlos a escena sin grandes alaracas, ni posdramaticidades excesivas. Tiene mucho de literario, de narrativo, de peculiaridad irónica y de crítica sutil a varias cuestiones de la realidad. Además, va trabajando con distintos géneros, como el negro en Asesinato de un fotógrafo (el montaje más flojo de sus últimos proyectos), el dadaísmo trufado de absurdo en Los que hablan o la conferencia dramatizada en Castroponce y, ahora, la emprende con el bildungsroman, con ese cariz novelístico muy habitual en la Ilustración con extensiones hacia el realismo decimonónico y con fuentes que beben de nuestro siglo de oro, con Gracián o Quevedo (más que de la picaresca del Lazarillo, por mucho que nos encontremos una obra con siete tratados, también, y con un cita inicial). Sigue leyendo


No hará más de unos meses, Lola Blasco, con 

Cuando en 2020 Rodrigo Sorogoyen presentó su serie Antidisturbios las polémicas se sucedieron. Desde algún sindicato de policía afirmaban que se «manchaba» la imagen del cuerpo. Otros sectores de la sociedad sostenían que se blanqueaba las acciones de estos hombres «humanizando» sus problemas sicológicos y familiares. Ahora, Antonio Morcillo López, al que habíamos conocido en 
Resulta cuando menos llamativo cómo se le han dedicado en los últimos años varias obras teatrales a la figura de María Estuardo y, por consiguiente, a Isabel I. Mantenemos en la retina el fulgor lumínico de aquel de espectáculo de Robert Wilson,