Helena Pimenta devuelve este clásico de Buero Vallejo al Teatro Español en una propuesta de atmósfera genuina
Inmejorable. Precisa. Como debe ser. Helena Pimenta nos ha entregado una representación de Historia de una escalera, con la pátina lumínica y escenográfica que hoy se puede permitir el Teatro Español. Y no solo eso, la dirección de los actores resulta formidable. Modular los gritos, los movimientos para sean ajustados, y hasta lograr que la interpretación del niño sea profesional y sin complacencias (algo enormemente difícil). Es que no se puede poner ninguna penga a esta propuesta. Y eso que la versión de 2003 firmada por Pérez de la Fuente era ya toda una referencia. Volvemos, entonces, al Buero primerizo; aunque el autor ha tenido distintos reconocimientos en los últimos años con El sueño de la razón o El concierto de san Ovidio (si nos fijamos en los proyectos más completos). Sigue leyendo

Vivimos en una época de reconstrucción y desmontaje, de revisión y de ataque. Acciones que pueden ser nobles y que pueden traernos a la memoria tropelías que se hayan cometido contra las mujeres. Varias de ellas han caído en eso que se denomina efecto Matilda. Algo de esto puede haber en el caso que nos ocupa. 
Que en una obra teatro se desarrolle el tema de la angustia existencial, de ese proceso de vaciamiento, de desorientación y que no se trate desde el consabido punto psicoterapéutico, ya me parece razón suficiente para atenderla. Alonso, nuestro protagonista, acogido con certera pesadumbre veteada con destellos de esperanza por Carlos Algaba, ha decidido marcharse de Madrid para recalar en Whitehorse, una pequeña ciudad de Canadá, cercana al golfo de Alaska. Es preferible no imaginar el frío de aquel lugar. No convence como destino idóneo para una españolito, para este joven maestro, con unos ocho años de experiencia. 

El dramaturgo Juan Carlos Rubio se ha buscado la vida para darle un marchamo cinematográfico a cada frase de este texto. Todo pensamiento, toda mirada, toda incursión por los pasillos y estancias del piso poseen su correlato, su glosa, fílmica. Estaremos de acuerdo que ahí está la ingeniosidad del montaje; pero que no deja de ser una carcasa para un argumento insignificante y endeble. Algo muy de andar por casa, que no incide en el drama de una madre sometida por el síndrome del nido vacío. No hay más que observar el espectáculo protagonizado el año pasado por Aitana Sánchez Gijón, de título
El mundo se ha vuelto tan complejo que bosquejar al proletariado como si nos avanzaran un futuro encadenante desde un pasado orwelliano resulta insuficiente. Quiero decir que estos riders, estos mensajeros que exprimen la energía joven de sus piernas, como Sísifos en ese engranaje kafkiano e inasible, son ellos mismos consumidores en su microclase, no son unos vagabundos ajenos a las dinámicas simbólicas, son esclavos que portan logotipos, fetiches de cartón piedra en el cosmos low cost, donde quien más y quien menos se da un capricho para resignificarse de alguna forma frente a los demás o contra el espejo donde nos reflejamos.