Declan Donnellan desnuda la escena para que el héroe trágico ofrezca comicidad a su locura en una versión del clásico shakespeariano
Foto de Albert Dobrin
Si hace justo un año los espectadores nos subíamos al escenario de la Sala Verde de los Teatros del Canal para seguir los avatares de Edipo. Ahora, con los mismos rumanos del Teatrul Naţional Marin Sorescu de Craiova, vuelven Declan Donnellan y Nick Ormerod, incansables a pesar del tiempo transcurrido, a sumergirnos en la acción, aunque esta vez sentados, en gradas a dos bandas. Disposición fundamental para que la cercanía sea intensa y el tapiz blanco y central se ilumine con potencia para ser pasarela de moda ridiculizante y pedana de esgrima. Además, el movimiento del elenco será extraordinario, pues surge de improviso por detrás de los asientos, avanzándonos ruidos en las disputas, algunos gritos, algún estruendo. No hay un ejército, pero sí se concitan toda una serie de hombres uniformados ─a lo contemporáneo─ que igual valen de consejeros áulicos que de agentes del servicio secreto de su majestad. Sigue leyendo →
La expedición de cuatro mujeres alpinistas resulta bastante insulsa en esta obra de Jordi Galcerán, que dirige Sergi Belbel en el Teatro Maravillas
No sé si al espectador le va a resultar muy atractiva una comedia donde permanentemente el poder de la amistad va resolviendo las cuitas pequeñas y las medianas; porque los asuntos graves en esta función no terminan de acontecer. Tampoco encontramos un enemigo al que vencer, ni un contrincante que descubra auténticamente las vergüenzas de las otras. Sigue leyendo →
Fernando Gil impone su protagonismo histriónico en esta adaptación de la obra de Lars von Trier dirigida por Ricardo Hornos
Foto de Pablo Lorente
Cualquiera que haya visto la película de Lars von TrierEl jefe de todo esto, presentada en 2006, quedará patidifuso con el tono adoptado en esta versión que firman Ricardos Hornos ─responsable de la dirección─ y Fernando Gil ─máxime protagonista, demasiado, diría─. Y de esto va el asunto, del tono propiciado. Porque el director danés, más allá de sus experimentos cinematográficos con su «automavisión», permea su comedia de una pátina de acibarado sarcasmo que la vuelve más inteligente. Sigue leyendo →
El clásico drama judicial salta al escenario del Teatro Fernán Gómez bajo la dirección de Fernando Bernués
Teniendo en cuenta que el thriller judicial se ha explotado tanto en cine en los últimos tiempos, y que es un género que lucha denodadamente por escapar de su encorsetamiento burocrático, Testigo de cargo es el paradigma más caduco posible para saltar a escena. Lo que les pasa a sus personajes nos la trae al pairo, y más, si se le imprime ese tonito irónico tan propio de los británicos. Es decir, el asunto carece de enjundia, máxime si la interfecta es una viejecita que ya está liquidada antes de que comience el embrollo. No se produce ningún efecto empático y, por lo tanto, como ha ocurrido históricamente con ese estilo novelístico, nuestra motivación está alimentada únicamente por el juego del ingenio. Sigue leyendo →
El Circo del Sol vuelve a instalar su carpa en Madrid para recuperar uno de sus espectáculos fetiche con una pátina de modernidad
Cuando acudimos a la carpa instalada en el Escenario Puerta del Ángel, debemos tener muy en consideración que este espectáculo está remozado, que Alegría fue diseñado para representarse allá por 1994 y que, desde entonces, nuestra mirada se ha acostumbrado a una especie de locura Guinness, de a ver quién puede más. Hazañas absurdas y sorprendentes pululan al unísono por las pantallas del mundo. Por ejemplo, atletas de parkour se acomodan en algunas instalaciones urbanas. Otros deportes de riesgo se han insertado en las ciudades, como el skate. Y hasta formatos televisivos, replicados en distintos países, como Got Talent, dan mucha cabida a números circenses de gran dificultad y aparente peligro. Por no hablar de todos esos vídeos virales que nos descubren a insensatos jugarse la vida por un narcisista selfie. Este es nuestro hábitat contemporáneo en el que debe anidar una manifestación artística repleta de artesanía como esta que crearon en su época Gilles Ste-Croix y Franco Dragone, y que ahora dirige con pulso firme Jean-Guy Legault.
Es un entretenimiento tan perfecto en su ejecución y en su belleza como convencional para los usos circenses de la actualidad, que los propios fundadores del Circo del Sol han propiciado. Es decir, hay demasiados circos sin animales, hibridándose con otras artes escénicas como el teatro, la danza o la performance, que se han acogido a este modelo. Asimismo, por supuesto, como producto de consumo, como fetiche para degustar dentro de un estatus elevado. Pues también hay que tener en cuenta que asistimos a una propuesta que incluye un descanso de veinticinco minutos para recargar palomitas, bebida y adquirir material de merchandising. Todo ello implica, como afirmaba más arriba, que no se contemple el espectáculo con una dosis mayor de inocencia. Digamos que estamos acostumbrados a ciertas representaciones como la que ofrecen la contorsionista mongola Oyun-Erdene Senge o la china Yan Zhuang con su dominio de los hula-hops. Son ejercicios estupendamente perfilados, que sosiegan el montaje general, antes de adentrarnos en el colofón; pero que ya no sorprenden tanto. Igualmente ocurre con la actuación del malabarista, quien se afana con una cantidad de objetos que no supera proezas que encontramos en todo tipo de eventos televisivos. Nuestra necesidad de récord «olímpico», «mundial», estratosférico, sí que se ve aplacada por otros acontecimientos que transcurren a lo largo de las dos horas de duración. Comenzar con la vistosidad de las barras acrobáticas es marcar la exigencia con notable fuerza. Las pértigas requieren una habilidad y un equilibrio apabullante, sobre todo, con saltos mortales de enorme complejidad, dentro de una coreografía engrasada hasta el último detalle, que nos ofrece una limpieza que impregna la función. En este sentido, el final nos eleva la impresión de nuevo; pues los trapecios volantes suponen un ascenso de la adrenalina que nos deja un grandísimo sabor de boca. La coordinación resulta precisa y la realización contiene ese ajuste idóneo in extremis, que concita toda nuestra efusión. Además, este número concretamente ha ganado en amplitud para fomentar un arco de espera y de margen superior en el encuentro entre los «impulsores» y los acróbatas en sus giros.
Entre ese preámbulo sobrecogedor y este desenlace subyugador se dan otros momentos, como los saltos en los suelos elásticos y los trampolines situados en dos líneas diagonales que, en alguna medida, se quedan un tanto bajos y alejados de la visión de muchos espectadores. Bastante distinta es la aparición del samoano Falaniko Solomona Penesa con todas esas antorchas de fuego volando entre sus manos a gran velocidad, mientras distintas llamaradas surgen del suelo con el ritmo de la batería al fondo imprimiendo una cadencia fascinante que sorprendía mucho a los niños en las gradas («Esto, U, te gustó mucho, ¿verdad?». «Era alucinante»). También a los más pequeños, desde luego, les hechiza el jugueteo constante que propician los payasos. Los españoles Pablo Gomis y Pablo Bermejo generan una mezcla de gag infantil, emotivo, de relación amor-odio, con sketches más disparatados con la participación de algún asistente. Por otra parte, empastan muy agradablemente toda esa tormenta de «nieve» que flota por todo el espacio con su peculiar manera de limpiar la pista después. Lo cercano y lo asombroso conviven con gran elegancia; porque sorteando a esta pareja y, a la vez, entreverándose con ellos, deambulan otros personajes que pretenden narrar un argumento abstracto ─demasiado inconcreto, diría─ con el sr. Fleur a la cabeza, quien se ha apoderado de un cetro mágico para hacer de las suyas. Hasta que los Aristócratas, todos esos personajillos extraños e inquietantes, recompongan la energía de la naturaleza. En estos apreciamos el excelente trabajo de vestuario que ha ideado Dominique Lemieux, con una caracterización cargada de fantasía e imaginación, con un gusto exquisito por la gama de los verdes y los azules. Frente a ellos, la Cantante de Blanco nos transmitirá con auténtica pasión el célebre tema que da nombre al show, compuesto por René Dupéré.
Efectivamente, nadie se va a sentir defraudado por un espectáculo de esta categoría, con esa organización tan milimétrica. Y aunque contemplemos algunos números con esa mirada viciada del presente, el conjunto supone un gratísimo disfrute.
Creadores originales: Gilles Ste-Croix y Franco Dragone
Director: Jean-Guy Legault
Director creativo: Daniel Ross
Diseñadora de vestuario: Dominique Lemieux
Diseñadora de accesorios: Anne-Séguin Poirier
Diseño de iluminación: Mikki Kunttu
Compositor y arreglos musicales: René Dupéré
Director musical y arreglos musicales: Jean-Phi Goncalves
Coreógrafa acrobática y diseñadora acrobática: Émilie Therrien
Diseñadores de sonido: Jacques Boucher y Jean-Michel Caron
Diseñador de equipos de aparejos y acrobacias: Pierre Masse
Diseñadora de maquillaje: Nathalie Gagné
Intérpretes y artistas del Cirque du Soleil: Yan Joann Zhuang, Oyun-Erdene Senge, Yulia Makeeva, Alexey Turchenko, Falaniko Solomona Penesa, Pablo Gomis, Pablo Bermejo, Sara Formoso, Slava Polunin, Nicolai Kuntz, Roxane Semiankiv,…
José María Esbec versiona esta obra del Nobel Jon Fosse en el Teatro Español, para destilar un «poema escénico» de carácter críptico
Foto de Javier Naval
Difícil tarea es la de aproximarse a una obra del escritor noruego Jon Fosse, pues su teatro se recrea con situaciones complejas donde faltan asideros consistentes. Pocos personajes, que apenas se definen en su propia vivencia precaria. Sterk vind (Viento fuerte) se publicó en 2021 y se añadía a otra treintena más para contribuir a ese cripticismo. Sigue leyendo →
Carla Pulpón vuelve a encarnar a la extraterrestre Cometa para deleitar con sus gracias a las familias en un espectáculo de variedades navideñas
El personaje de Cometa se nos descubrió hace ya unos años con distintos espectáculos navideños en el Circo Price, como La vuelta al mundo de Cometa. Luego, una vez fuera de ese espacio, la temporada anterior continuó sus andaduras con Cometa soy yo. Ahora, en el Teatro Edp Gran Vía nos encontramos su segunda parte. La cuestión es que esta extraterrestre tan pizpireta «ha soltado» los números circenses que la acompañaban para presentarnos un espectáculo más televisivo, valga la redundancia, para esta Misión Televisión. Sigue leyendo →
Drama familiar con el trasfondo árabe-israelí, firmado por Wajdi Mouawad y dirigido por Mario Gas en los Teatros del Canal
Foto de Pablo Lorente
Sigue siendo la realidad tozuda e imperante. Si la semana pasada, Wajdi Mouawad nos devolvía a la tesitura libanesa, de la que él procede, con esa primera obra suya que ha estado estos años recuperando (Journée de noces chez les Cromagnons). Ahora por fin asistimos a la adaptación de Todos pájaros (fue suspendida en 2020), con la dirección de Mario Gas, mientras persiste el ruido de las bombas en Gaza. Llegados a este instante, creo que hay que ser más incisivo con la crítica hacia este dramaturgo; porque, ciertamente, este texto me parece un descalabro. Un dramón que incurre, como veremos, en una concatenación de discursos inverosímiles que nos pueden hacer sospechar de alguna pretensión «alucinatoria» sobre las religiones. Cada capítulo será un pájaro, como una metáfora del tiempo, la historia y las huellas que sobrevuelan por encima de estas gentes en su aciago devenir.
El planteamiento, desde luego, nos recuerda a la azarosa vivencia representada en su célebre Incendios. Esos paralelos que tanto motivan al creador con las tragedias griegas que él mismo ha adaptado en algunas ocasiones (véase Les larmes d’Oedipe o Inflammation du verbe vivre). Inicialmente observamos a Eitan y a Wahida en una biblioteca universitaria. Se conocerán mediante esas formas azarosas que se estilan en las películas románticas actuales. Él, que es encarnado con enorme energía y gran disposición por Aleix Peña Miralles, soportará el peso del protagonismo sin decaer en sus convicciones. Es un joven estudiante de Genética que se define como «objetista para quien todo es objeto y que no soporta la idea de dejarse llevar por ensoñaciones inútiles». Ella es acogida por Candela Serrat, quien se maneja con candor y seriedad. Pronto nos revelará que está haciendo su tesis sobre León el Africano (recordemos la novela del libanés Amin Maalouf). Se pretende hacer un paralelo con aquel diplomático y el mundo actual. En su indagación se preguntará: «¿Hasta qué punto debemos atarnos a nuestra identidad perdida?», comenta. Como ocurre en la literatura con los romances fronterizos, el amor ha surgido entre un judío (alemán) y una musulmana; aunque vivan fuera de la fe.
Gran parte de la obra transcurre en Israel, adonde han acudido para visitar a la abuela de Eitan, Leah, una señora hosca, que se muestra con gran distanciamiento, y que Vicky Peña interpreta con mucha pujanza. Lo terrible es que el muchacho termina siendo víctima de un atentado y se debate entre la vida y la muerte en un hospital. Después, entre los saltos temporales, que se van sucediendo, todavía encontramos una interesante velada, donde se establecen esos límites, esas inquinas que siguen reverberando por el planeta. Nos hallamos en una cena de Pascua, en el Séder, en Nueva York, para que nuestro protagonista presente a su novia. Es ahí cuando la madre, Norah, que nos deja a una Anabel Moreno remarcando el estereotipo de la alta sociedad judía, comienza a poner reticencias; mientras que el abuelo, entrañable y bonachón, con un Manuel de Blas contenido, primeramente, en ese tráfago de sentimientos, aboga por una concepción más abierta, más moderna. Es el padre, David, quien nos entrega a un Pere Ponce furioso, que emprenderá una subtrama que recargará la fábula en demasía. Repleto de odio hacia el enemigo palestino, embebido por la tradición, no puede soportar las pretensiones de su hijo. Alcanzado este momento, parece que Mouawad se deja contaminar por el telefilme turco, tan inverosímil en esos esquemas que beben de la novela griega o bizantina. Cómo se puede cohesionar con cordura la propia irracionalidad de fe con anagnórisis que se suceden a través de monólogos que, si bien logran un apreciable grado de lirismo, se regodean sin fin en autoexplicaciones de lo insondable. Y así le ocurre directamente a este David, quien descubre que es un niño adoptado. No diré más, ni especificaré cómo el dramaturgo expone el caso en una analepsis recargante. Lo que llega a afirmar este tipo ya valdría de sobra para configurar un drama solvente. Esto se aunará con una confesión de Wahida que nos lleva por esos derroteros de la fe inserta en los cromosomas de musulmanes y de judíos, ni bautismo requieren para pertenecer inextricablemente a una religión, a un pueblo, a una etnia. «Soy árabe y nadie me había enseñado a serlo…», afirma. El personaje hubiera requerido unas vivencias superiores ante nuestros ojos para que unas aseveraciones así no suenen algo cursis en alguien con madurez y formación. Solamente son unos ejemplos, porque, en realidad, hay mucho más. A mí, sinceramente, esta estructura y este argumento no me convencen. Creo que el autor ha caído en su propio borbotón, en la turbina de su escritura, y no ha sabido darle equilibrio intelectual.
Luego, visualmente la sencillez de la escenografía que ha diseñado Sebastià Brosa, con unos escalones y unas rampas, favorecen el movimiento. Quedan, de fondo, las llamativas imágenes de Álvaro Luna para crear una ambientación que se entrevera con la iluminación taciturna de Carla Belvis. Igualmente, la estupenda composición musical de Orestes Gas nos traslada a los sonidos tradicionales de esa zona del Mediterráneo como una confluencia de visiones. La factura general del espectáculo es, por lo tanto, notable. De todos modos, nos perdemos las distintas lenguas que deberían escucharse y una hondura superior en esas sentencias tan rotundas. Al final, tanta ansia de complejidad, quiebra la verosimilitud.
Reparto: Aleix Peña Miralles, Candela Serrat, Vicky Peña, Manuel de Blas, Pere Ponce, Anabel Moreno, Lucía Barrado, Juan Calot, Núria García y Pietro Olivera
Escenografía: Sebastià Brosa
Ayudante de escenografía: Igone Teso
Vestuario: Antonio Belart
Ayudante de vestuario: Eva Mendoza
Iluminación: Carla Belvis
Música original y audioescena: Orestes Gas
Videoescena: Álvaro Luna
Colaboradora videoescena: Elvira Ruiz
Ayudante de dirección: Montse Tixé
Producción ejecutiva: Pilar de Yzaguirre – Ysarca
Subdirectora de Ysarca: Pilar García de Yzaguirre
Dirección de producción: Elisa Ibarrola
Producción delegada: Elena Martínez, Álvaro de Blas
Alfredo Sanzol se pone al frente de los Nuevos Dramáticos para discurrir por las cuitas mentales de una niña
Foto de Bárbara Sánchez Palomero
En el 2021 se inició esta andadura Nuevos Dramáticos, donde se trabaja con niños y niñas de entre 8 y 10 años. Si en otras temporadas asistimos a Luna en Marte, Play! y Los columpios, ahora le toca al mismísimo director del CDN, Alfredo Sanzol, abordar una cuestión sicológica que aborda el «trastorno» actual de los adolescentes. Rápidamente observamos concomitancias con las exitosas películas Del revés 1 y 2. Esa incursión intracerebral de nuestra protagonista Ensi (mismada) que, como corresponde a su etapa de desarrollo, se debate entre la necesidad de evadirse para evitarse enfrentamientos y problemas o aceptar que las cosas no funcionan como una quiere. Retazos, fundamentalmente, de Alicia en el País de las Maravillas, donde algunos aspectos sobre lógica a través de adivinanzas nos ponen en esa tesitura. Sigue leyendo →