Instrucciones para caminar sobre el alambre

Un dinámico drama sobre cómo nuestro sistema laboral lleva a muchos trabajadores hasta la extenuación

Foto de Sandra Nieto
Foto de Sandra Nieto

Reconozco que acudía a ver esta segunda parte de la «Trilogía negra» con todas las reticencias posibles, porque su celebrada Nada que perder me había parecido un auténtico mitin. Lo cierto es que Instrucciones para caminar sobre el alambre recoge la temática que ideológicamente asumen sus autores y que la relaciona con su anterior obra; pero desde una perspectiva estética y una construcción textual mucho más concisa y hasta demoledora. Los cuatro dramaturgos que se han unido para continuar la tríada, adoptan una clara reticencia a adentrarse en el naturalismo puro; aunque anhelen seriamente cautivarnos en la crítica de cierta ansiedad generalizada en nuestra sociedad. La fábula se impone, si aceptamos esta como un proceder de personajes que cumplen una función más simbólica que sicológica. O, más bien, diríamos que esa es la base que subyace al argumento, la estructura que sustenta el montaje y que busca el ejemplo, la moraleja suspendida en el aire. Luego, a modo de juego irónico, se procede como si fuera un thriller, una obra de suspense sobre una desaparición; sin embargo, enseguida entendemos que la denuncia no tiene que ver con una desaparición en el sentido delictivo; sino en el sentido laboral. Por lo tanto, esa capa distanciadora, ese cuentecillo macabro, configura una nebulosa cuasionírica, estresante, ansiolítica, despersonalizante; porque la protagonista ha osado auparse al ascensor social. Sigue leyendo

La lista

La Sala Cuarta Pared lleva a escena este premiado monólogo de la dramaturga Jennifer Tremblay

La lista - fotoCada uno se las compone para conducirse en la vida. El número de personas que recurre a las listas en este devenir tremebundo y agitado debe ser infinito. El uso de todas esas citas, recuerdos, propuestas o encargos, también tiene multitud de usos; uno de ellos, quizás el principal, es postergar aquello ineludible que en algún momento se apuntó. «Llevo una lista rigurosa / detallada / la sigo al pie de la letra / y más desde que…». Escrito como si fuera un poema en verso libre, un chorro de ideas y pensamientos que buscan ordenarse, como una oda whitmaniana al olvido de las cosas importantes, a esos bloqueos mentales como surgidos del inconsciente para revelarse en catástrofe. Algunos dirían que para provocarse cambios abruptos imprescindibles antes de caer en el desconcierto o en el tedium vitae. Una mujer de unos treinta y cinco años que ha decidido marcharse a vivir fuera del mundanal ruido pasa los días cuidando de sus tres vástagos, en el transcurrir de unas semanas, unos meses y unos años que se van calcando unos a otros. Sigue leyendo

Nada que perder

Mítin teatral revestido de trama en ocho escenas sobre un caso de corrupción

Foto de Daniel Martínez López
Foto de Daniel Martínez López

Metidos ya de lleno en campaña, Nada que perder se presenta como un acto electoral reconvertido de puzzle policial o como un mitin apenas escondido tras un argumento acerca de la corrupción o, es más bien, un panfleto dirigido no se sabe muy bien a quién. Si no fuera porque el trabajo de los hermanos Bazo (recuerdo con agrado su obra Los impostores), de Juanma Romero y Javier G. Yagüe los avala, y que la Sala Cuarta Pared suele arriesgar con sus propuestas, uno tendería a pensar que este proyecto se les ha ido de las manos o que la deriva del país les ha nublado la vena artística. En cuanto comienza la obra, ya somos interpelados con las famosas tres preguntas de Kant, que se resumen en aquello de «¿qué es el hombre?»; a partir de ahí, cientos de preguntas de carácter moral (muchas de ellas falsos dilemas) y político para enmarcar y puntualizar la respuesta que nos viene en forma de cuadro. Es decir, un Pepito Grillo (no vaya a ser que el respetable se pierda), nos ametralla con cuestiones como una sombra que acompaña a los dos protagonistas de cada una de las ocho escenas. Al principio es un padre, profesor de filosofía, que debe acudir a comisaría porque su hijo ha sido detenido por quemar un contenedor en un acto de protesta. Luego, se va elaborando la trama con una interventora puesta a dedo en el ayuntamiento, un futuro alcalde y su madre, un policía, etc. La historia deja pronto de tener importancia porque el tono es tan directo, explicativo, demagógico y moralista que uno siente que está o en el culto evangélico o en una sesión para escolares o que es un indio recibiendo a los españoles de la conquista trayendo la Buena Nueva. A esto, además, hay que añadirle que, sin pudor, se entonan los recortes perpetrados por los últimos gobiernos de la nación (por si alguien no se había enterado). Sigue leyendo