El vergonzoso en palacio

La comedia de Tirso de Molina que dirige Natalia Menéndez se envuelve en un espectáculo visualmente muy atractivo, aunque carente de ritmo

El vergonzoso en palacio escena - Foto de Sergio ParraUna de las comedias palatinas más famosas del dramaturgo madrileño es esta que se representa contra viento y marea en el Teatro de la Comedia. Asistimos a un montaje grandioso en medios; tan llamativo en su manifestación escenográfica, como renqueante en el ritmo que ha dispuesto Natalia Menéndez. Quizás el culpable de este freno sea el arbolazo que Alfonso Barajas ha plantado en el medio de las tablas, para ofrecer una ambientación selvática, y propiciar cada uno de los equívocos y escondrijos que se van a suceder. Ciertamente, la propuesta del escenógrafo sería fenomenal si nos quedáramos únicamente con nuestras sensaciones visuales; pues el susodicho árbol se abre pesadamente por la mitad y es desplazado hacia los laterales con cierta molestia. Ese trajín se ha querido edulcorar sacando al elenco vestido de cotorras argentinas a despistarnos con bailecitos; pero ni por esas. Eso sí, son de valorar las enormes puertas con espejo que estilizan muy bien el juego de apariciones y de apariencias. También excelentes las videocreaciones de Álvaro Luna (siempre tan detallista) en el fondo, que conjugan los elementos propios de los célebres azulejos (azulados) portugueses con otros motivos florales y rostros para la ensoñación. Todo ello con una iluminación de Juan Gómez Cornejo que potencia las sombras y los recovecos que se deben producir en un espacio, en muchas ocasiones, tan vacío. Más, claro, el espacio sonoro de Mariano García que nos sumerge en el misterio boscoso con su fauna. ¿Encontraríamos mayor brío sin el tronco movible? Algo sí, seguro. Aunque, en general, falta también vivacidad en el verso de la mayoría de los diálogos. Suena demasiado sentencioso para ser comedia. Quizás mejore con el rodaje, y esto sean suspicacias inanes. Sea como sea, el comienzo de la obra es verdaderamente confuso. No solo porque se dirime en un duelo a espada y eso impide la buena audición; sino porque, además, se relata un entuerto que se entenderá someramente mucho más adelante. Nos situamos en Aveiro, siglo XV. Digamos que la acción principal se sustenta en una historia de amor y, a la vez, en un ansia por ascender socialmente. Mireno es un pastor que interpreta con donosura Pablo Béjar, quien ha ido creciendo con firmeza a lo largo de los últimos años, mientras ha trabajado en la Joven Compañía de Teatro Clásico (fijémonos, por ejemplo, en La dama boba o en Los empeños de una casa). Recorre el bosque con su sirviente Tarso, interpretado por un actor idóneo para este tipo de papel, y que despliega sus guiños y su gestualidad al servicio de la risa; sin embargo, constreñido al ritmo del que hablaba antes (César Camino). Ambos se topan con Ruy Lorenzo, el antiguo secretario del conde de Avero, encarnado con sensatez por Carlos Lorenzo y por su criado Vasco, acogido con cierta altivez por Alejandro Saá. Estos vienen huyendo por un conflicto con el conde de Estremoz (de ahí el duelo inicial). Presenciamos el primer intercambio de vestuario para favorecer el consiguiente equívoco. Mireno se convierte en don Dionís y marcha a cumplir con sus ansias de demostrar su valía para medrar. Con la llegada a palacio el enredo se multiplica; pues esta obra no deja de tener como impulso principal el amor. Las hijas del conde, ya tienen prometido; pero a ninguna les satisface el elegido, con lo que están dispuestas a encontrar un marido mejor. Por una parte, tenemos a Madalena, una Anna Moliner juguetona y preparada para ser seducida por Mireno. La cuestión es que ella, por la moral establecida, no puede cortejarlo. Y él, por su vergüenza, pues no atina con el empaque necesario. Su vergüenza no es de carácter, no es una razón sicológica, como bien hemos podido comprobar en su conversación con otros personajes; sino más bien, su cohibición está justificada con su infravaloración social. Él se siente pastor; aunque realmente, como se verá en el desenlace, no lo es (así suele ocurrir en estas comedias con la habitual anagnórisis). La gracia, por lo tanto, está en el flirteo contrahecho de los dos. Más chispa, más soltura, y más fascinante es la relación de la otra hija, Serafina, con don Antonio, el nuevo secretario. Ella, Lara Grube, está espléndida y tiene una actuación muy destacable a lo largo de toda la función. Resuelve su momento estelar, cuando se viste de hombre y actúa como tal en una recreación de la obra teatral La portuguesa cruel, tal, que enamora a doña Juana, la prima de Antonio. Esta la interpreta María Besante, y aprovecha durante todo el espectáculo para hacer de enlace, de la maestra de ceremonias y de celestina. Javier Carramiñana construye su personaje desde el panfilismo y resulta ser el más humorístico de todo el reparto. Recurre al pintor, Raúl Sanz, para que este pinte un retrato de su amada; a pesar de que esta se haya travestido (más enredo narcisista). Por otra parte, de principio a fin, José Luis Alcobendas se mete en la piel del duque de Avero, y se entrega con furia y con encanto, porque toda la obra está pincelada con bailes anacrónicos y escorzos chocantes que no alcanzan, afortunadamente, el exceso. Mey-Ling Bisogno los pone a bailar como si acabaran de aprender, en la deformación de las danzas cortesanas renacentistas, tamizadas por la danza contemporánea. Algo raro e irrisorio. No obstante, esto nos permite apreciar y disfrutar del fantástico vestuario que ha preparado Almudena Rodríguez Huertas, desde el complejo calzón que se enrevesa en las piernas de Tarso, hasta la capa parda alistana que carga Juanma Lara, hacia la parte final, cuando se produce la feliz revelación sobre el protagonista; pasando por toda una colección de vestidos tanto masculinos como femeninos llenos de detalles exquisitos: capas cortas, chaquetas ajustas, mangas abullonadas, sayas coloridas con corpiños y escotes rectos que permiten lucir los hombros en las féminas,… En conclusión, debe quedar claro que El vergonzoso en palacio que presenta Natalia Menéndez es un gran espectáculo, que se vive gozosamente y que posee muchos elementos de atracción; aunque arrastre esos hándicaps arriba reseñados. El espectador sabrá escoger la escena o la perspectiva que más le interese, entre las diversas complejidades que se manifiestan.

El vergonzoso en palacio

Autor: Tirso de Molina

Dirección: Natalia Menéndez

Versión: Yolanda Pallín

Reparto: Bernabé Fernández, José Luis Alcobendas, Raúl Sanz, César Camino, Nieves Soria, Pablo Béjar, Alejandro Saá, Carlos Lorenzo, Fermí Herrero, María Besant, Javier Carramiñana, Anna Moliner, Lara Grube y Juanma Lara

Vestuario: Almudena Rodríguez Huertas

Escenografía: Alfonso Barajas

Iluminación: Juan Gómez Cornejo

Espacio sonoro: Mariano García

Coreografía: Mey-Ling Bisogno

Videocreación: Álvaro Luna

Asesor de verso: Vicente Fuentes

Lucha escénica: José Luis Massó

Teatro de la Comedia (Madrid)

Hasta el 1 de noviembre de 2020

Calificación: ♦♦♦

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Por toda la hermosura

Un drama escrito por Nieves Rodríguez sobre la esperanza que surge en una familia que se resguarda de una guerra

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Si hace unas semanas lo fabulístico se imponía como procedimiento en La rebelión de los hijos que nunca tuvimos en el Teatro María Guerrero; aquí también la narración poética que quiere escapar del contexto concreto vertebra un relato que permea en lo distópico. Por toda la hermosura (cartografía textual para un jueves) presenta el encapsulamiento de una hija, su madre y su abuelo enterrados en una piscina inútil, donde se refugian de una guerra. Hacia ellos regresa un joven en busca de su padre, asesinado por aquella mujer que parte nueces y que alzó la escopeta desesperadamente, intentando defender a su familia, y que Ester Bellver sostiene como un fulcro justiciero, transformada en materfamilias y que responde con esa mirada franca que la actriz domina. De alguna manera, lo importante, parece, es generar ese contraste entre un ambiente desolador y la fuerza expresiva de sus palabras, de su memoria selectiva acogiendo los buenos momentos; esa hermosura, producto del bien, hacia la que deben viajar de nuevo. Por otra parte, me recordó a La carretera, de Cormac McCarthy. Sigue leyendo

El laberinto mágico

El ciclo de novelas sobre la Guerra Civil de Max Aub encuentra una versión teatral que recoge todas sus esencias

Foto de marcosGpunto
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A la hora de llevar a las tablas un ciclo tan extenso como este que nos concita en el que Max Aub a través de seis novelas (de longitudes diversas) y otros cuentos y piezas breves en los que quiso revelar su visión de la Guerra Civil, no creo que sea necesario exigir una fidelidad respecto al relato. En este caso lo más importante es recoger el espíritu, la atmósfera que se nos quiere trasladar desde el terreno de los perdedores de los que, como escritor comprometido con la izquierda (muy crítico luego), se sentía deudor. La versión de José Ramón Fernández podría haber tenido muchos recorridos posibles, pero desde luego no hubiera valido cualquiera. La función que nos ofrecen en el Teatro Valle-Inclán condensa y amalgama las sensaciones de la desesperación, el arrojo y la claudicación con verdadera consistencia. Esto que por un lado nos puede fascinar en cuanto que nos compromete y nos reclama hacia esa historia de nuestra historia ya cada vez más lejana; por otra parte, nos mantiene en una distancia prudencial debido, y esta quizá sea la única gran pega que se le puede poner a este espectáculo, a la falta de unos protagonistas más concretos, más redondos, con los que pudiéramos profundizar no ya solo en el evento, sino en las entrañas personales de algún individuo peculiar. En definitiva, la disolución que se produce ante lo grupal. Todo ello no evita que podamos trazar un línea argumental sobre una compañía de teatro que desde Valencia se propone viajar a Madrid en plena guerra, con entusiasmo y desconcierto a partes iguales. Sigue leyendo

Montenegro

El reciente Premio Nacional de Teatro, sostiene y vertebra la representación de las Comedias bárbaras de Valle-Inclán

Montenegro_01La propuesta de Ernesto Caballero es solvente y se recrea más en los detalles que en la búsqueda de la espectacularidad. La trilogía comienza por la última parte (Romance de Lobos), aunque se queda en suspenso mientras se intercalan las otras dos. Enseguida destaca positivamente el uso de los propios actores a la hora de representar animales (caballos, perros) o, incluso, un barco generando un simbólico juego de formas. No hay que olvidar que Valle-Inclán es deudor del simbolismo y en este ciclo se manifiesta, sobre todo, en el espacio mítico y en la representación de las fuerzas maléficas que se insertan en aquella tierra galaica como preludio al esperpento. Con Cara de Plata asistimos a uno de los primeros grandes argumentos de la pieza: la prohibición de paso por las tierras de Lantañón. El señor, don Juan Manuel Montenegro, se niega a que unos feriantes atraviesen por sus propiedades. Se hace valer de la ayuda de su hijo Carita de Plata, un muchacho insolente que toma vida con David Boceta, al que le faltaría todavía más chulería y desparpajo. Sigue leyendo