El gran cuaderno, la novela de Agota Kristof, se convierte en un guiñol tenebroso a cargo de los chilenos Teatro Cinema

Que tras 25 años del estreno de este montaje en el Festival de Aviñón las gentes de Teatro Cinema continúen sumando funciones es un éxito descomunal. Gemelos se ocupa de la primera parte de la trilogía conocida como Claus y Lucas, de la escritora húngara Agota Kristof. En El gran cuaderno conocemos a dos muchachos que se van a quedar a vivir con su abuela. Su madre no puede hacerse cargo de ellos. Están huyendo de la guerra. Uno será el narrador (algo trastocado en la escena). La relación explosiva de estos tres individuos, entre la suciedad, el hambre y la miseria en una casa destartalada a las afueras de la ciudad se representa con las técnicas del expresionismo. Sigue leyendo
No hará más de unos meses, Lola Blasco, con 

Cuando en 2020 Rodrigo Sorogoyen presentó su serie Antidisturbios las polémicas se sucedieron. Desde algún sindicato de policía afirmaban que se «manchaba» la imagen del cuerpo. Otros sectores de la sociedad sostenían que se blanqueaba las acciones de estos hombres «humanizando» sus problemas sicológicos y familiares. Ahora, Antonio Morcillo López, al que habíamos conocido en 
Resulta cuando menos llamativo cómo se le han dedicado en los últimos años varias obras teatrales a la figura de María Estuardo y, por consiguiente, a Isabel I. Mantenemos en la retina el fulgor lumínico de aquel de espectáculo de Robert Wilson,
Cuesta comprender por qué la experimentada directora Magüi Mira, quien ha demostrado grandes trabajos en esta tesitura profesional a lo largo del último decenio en distintos géneros (véanse, por ejemplo,
El problema fundamental de los conspiranoicos es que van abrazando teorías peregrinas hasta que estas implican cambios en su modo de comportamiento, en su alimentación, en el uso de la tecnología o en el cambio de su voto hasta llegar a un atisbo de locura: la evidente paranoia que consiste en pensar que toda la realidad es un complot. El tema da para muchísimo; porque el asunto se ha sofisticado de una manera inasumible hasta el punto de que nuestras más sensatas creencias pueden quebrarse.