Lucía Carballal autoficcionaliza su relación con su padre al hilo de El castillo de Lindabridis, de Calderón de la Barca

Ocurre mucho en nuestro mundo, donde tanto se ha perdido el pudor y se liberan intimidades como si nos hubiéramos olvidado de que al otro lado hay alguien que ve y que escucha. Contemplo La fortaleza como si Lucía Carballal hubiera escrito esta obra para una única espectadora: ella. Así pasa con la autoficción. El abuso de este procedimiento es sencillamente insoportable. Comprendo que una parte del público aún no esté saturado y esto le parezca modernísimo y alentador; pero, convengamos, que la mayoría de las vidas no merecen saltar a un escenario. He ahí uno de los fundamentos de la invención. Sigue leyendo
Empecemos aseverando que titular Yerma a esta obra es casi un clickbait y que los espectadores deberían estar más que avisados de que aquí no está Lorca. Dejémoslo en que la escritora María Goiricelaya se ha inspirado en la tragedia del dramaturgo granadino. Cualquiera puede comprobar que ni lenguaje, ni época, ni personajes, ni siquiera el argumento quedan reflejados. Apenas el tema se trae a colación; pero desde una perspectiva sociocultural bastante diferente. Esta es la principal pega que le puedo encontrar a un montaje magnífico y de gran intensidad; también, quizás, que se alarga demasiado y que reitera el mismo motivo en exceso (puede que la última escena, la de la fiesta, sugerente y onírica, llegue un poco tarde). Claro que, cuando hablamos de una obsesión, la repetición es obvia. 
La garantía que tenemos los acérrimos espectadores de Nao d´amores es que cualquier montaje ofrecerá una factura impecable; aunque el contenido no llegué a satisfacer del todo, como ocurre en este caso, con un Calderón poco sondeado y que brinda un lenguaje tímidamente más claro, menos sentencioso. El castillo de Lindabridis se debió de estrenar en torno a 1661, estaba escrita para la familia real. Es una de esas comedias novelescas que escribió el autor español. En este caso se apoyó en la obra El espejo de príncipes y caballeros, de Diego Ortúñez de Calahorra. Lo cierto es que, más allá de admirar el genio y la apostura de su heroína, poco se saca de un enredo trillado en el asunto de caballería.
No importan ya los vericuetos que haya atravesado Angélica Liddell en su carrera más que para avisarnos de que, al contrario que muchos otros, es capaz de alcanzar la mayor cota de virtuosismo a una edad madura; aunque con desfachatez juvenil. Uno debe rendirse a ese cosmos tan complejo que elabora, desde tantas tradiciones y con tantos elementos puestos en juego, para que esta misa vudú cumpla su efecto tanto en ella como en nosotros.
Regresa Josep Maria Miró al Teatro de La Abadía, a esa misma sala donde cosechó su gran éxito 

