Robert Lepage recupera este espectáculo grandioso de siete horas estrenado en 1994, para recodarnos las infamias nucleares del siglo XX

Somos afortunados de poder asistir a este fenomenal espectáculo que Robert Lepage estrenó en 1994 en el Festival de Edimburgo. Es innegable el despliegue técnico y la cantidad de detalles que están inmersos en cada cuadro y en cada escena de un montaje que dura (contando descansos) siete horas, como siete son los arroyos del Río Ōta. El engranaje que pone en funcionamiento el creador canadiense está muy por encima de casi cualquier propuesta actual; ya que escenográficamente, como vamos a ver, sus procedimientos forman parte de una de corriente propia del ilusionismo más artesanal. En los últimos años, hemos podido comprobar sus virguerías en Juego de cartas 1: Picas, que presentó en 2012 en el Circo Price, o cuando recuperó en 2015 su Needles and opium; además, de su biográfico 887, que pudimos visionar en 2022. Sigue leyendo

Cualquiera que haya visionado Mass, la cinta que Fran Kranz presentó en 2021, tiene mucho de teatral; pues no deja de ser un drama de situación, un encuentro amarguísimo entre las dos parejas, de padres y de madres, en una habitación. Parecía más que razonable adaptarlo a las tablas como ha realizado con elegancia y buen tino Diego Garrido, quien se pone por primera vez al cargo de la dirección. Él mismo también comanda y propicia esta reunión; aunque la mayor parte de los minutos se mantendrá fuera. Creo que merece la pena atender a toda una serie de diferencias culturales que tienen peor encaje con nuestra sociedad para el tema que nos compete. Trasladar la realidad estadounidense a España implica considerar que, por muy occidentales que nos consideremos, sus bases protestantes nos deben chirriar. 

Hoy, trasladar al teatro el misterio, el terror y esa atmósfera en la estela del romanticismo que pulsó Bécquer al recoger en sus Leyendas las tradiciones inveteradas de aquí de y allí, es harto complicado. Estos relatos proceden de toda una trayectoria oral, que fomentaba la imaginación y que conectaba con unas creencias. Nuestra mirada está «contaminada» por la velocidad de las imágenes y de los golpes de efecto que el cine ha explotado en demasía. Además de que Halloween ha aportado su propia perspectiva consumista y festiva con una ironía que desbarata cualquier espanto creíble.
Desde luego, tal y como les han ido a otros dramaturgos estadounidenses de entreguerras, lo justo hubiera sido que Susan Glaspell hubiera tenido un reconocimiento mayor, pues en ella reconocemos los influjos de Ibsen o de Maeterlinck acomodados a su realidad de su país. Seguramente, O`Neill, que fue, en cierta medida, auspiciado por ella, la haya opacado. Aunque el hecho de que fuera una mujer vinculada al movimiento feminista haya influido lo suyo. Ella estuvo embarcada en el Club Heterodoxy del Greenwich Village, en Nueva York, grupo que, además de concentrarse en las razonables preocupaciones de las féminas en la segunda década del siglo XX, daba cobijo a muchas lesbianas. Esta cuestión, por un momento, me hizo pensar que en esta obra que nos compete existe una pulsión erótica. No obstante, como veremos, entre la protagonista y Margaret, su amiga del alma, no se habría llegado a tal extremo (sería, en cualquier caso, más que coherente). 
No sé si esta obra de Patxo Telleria, a quien recordamos por su exitoso