Galdós: sombra y realidad

El Teatro Español acoge una propuesta desatinada sobre el célebre novelista, que firman Verónica Fernández e Ignacio del Moral

Foto de Esmeralda Martín

Repitamos por aquí que, si alguna razón de ser tiene celebrar los cien años de la muerte de Galdós, es para hacer revivir su obra; porque, como ocurre con toda la Literatura (sí, en mayúsculas) languidece por momentos. Hasta ahora, en el teatro, hemos podido contemplar varios proyectos de dudosa calidad y ninguna de ellos ha sido una representación o una adaptación de alguno de sus textos teatrales (salvo esas lecturas dramatizadas que dan la impresión de querer cumplir con un programa de festejos sin apostar verdaderamente por la causa). Parece que, sorpresivamente, su vida personal ha interesado más a los dramaturgos; aunque no tanto, a tenor de lo contemplado. Porque, si hace unas semanas me sentía decepcionado con el montaje Bien está que fuera tu tierra, Galdós; ahora me ocurre lo mismo con esta propuesta del Teatro Español. No se entiende bien a quién puede ir dirigido este deambular entre personajes y amantes de don Benito; puesto que no aporta gran cosa en un itinerario harto superficial. Y, lástima es afirmarlo, aburrido. Solo se puede entender este texto, si pensamos en un encargo; si elucubramos sobre unos límites impuestos (o excesivamente autoimpuestos); porque Verónica Fernández e Ignacio del Moral (recordemos que es el autor de la magnífica Espejo de víctima) firman un proyecto hecho a retazos, una fantasmagoría que no conduce ni al conocimiento del protagonista, ni a la semblanza aproximativa de su vida, ni a provocar en los espectadores unas sensaciones que los acerquen a una época. ¿Qué posibles espectadores? ¿Iletrados, turistas extranjeros, despistados que han oído hablar de uno que escribía muy bien? Sigue leyendo

Sueño

Una tragicomedia trenzada a través de dos tramas demasiado dispersas sobre el amor y la muerte

Foto de Luis Castilla

Cuesta mucho creer que los mimbres para pergeñar esta obra sean los propios de la comedia y que Shakespeare sea el máximo inductor. Seguramente uno se pone a investigar, a probar procedimientos, a consultar a los que saben cómo llevar el humor a las tablas; pero al final sale lo que sale: un drama con alguna pizca de retranca. Quizás debamos aceptar que el patetismo del protagonista resulta algo cómico, al fin y al cabo su vida parece ser que ha terminado siendo anodina. El espectador, que antes ha asistido a diversas actuaciones de Jesús Barranco en los alrededores de La Abadía y que se convierte, por lo tanto, en un instigador al buen ánimo para entrar reído y alegre, asume enseguida que su estado de fruición se va a desvanecer con un montaje caliginoso y plomizo en su primera media hora. Un vejete aguarda su último hálito en un hospital, pulula por allí una chica, La loca, que lee fragmentos destinados al olvido entre tartamudeos, mientras suena Beethoven en su tocadiscos. Sigue leyendo

La estupidez

Una sátira caótica en un motel de Las Vegas que tiene como desencadenante a la avaricia

elenco-la_estupidez-feelgood_teatro-santados-color-altaDurante una de las escenas de La estupidez, un matemático discurre con otro matemático más joven acerca de las ecuaciones Lorenz y todo aquello que se refiere a la teoría del caos, que en nuestro conocimiento prosaico asimilamos con el efecto mariposa. También, se comenta el caso del mono que sentado frente a una máquina de escribir, tecleando al azar durante millones de años, llegaría a plasmar, en alguna secuencia, cualquier obra escrita hasta ahora y, lo que es «mejor», cualquiera que se vaya a escribir en el futuro. En fin, curiosidades de las matemáticas. Lo interesante es que la propia función se mueva en ese aparente caos y que este haya sido desencadenado por el aleteo de la avaricia y que, además, venga envuelto de un humor eminentemente judío, pueblo, no obstante, acusado de avaro y adorador del Dios Dinero, y que el texto haya sido escrito por Rafael Spregelburd, argentino de Buenos Aires, donde, por cierto, afirman que existe un psicoanalista por cada tres ciudadanos y donde, por cierto también, viven muchos judíos que seguramente compartan que los porteños son de por sí verborreicos y tendentes a la neurosis o quizás solo sea un tópico. En definitiva, una estructura superficial que posee un engranaje en su estructura profunda que igual que te ilumina sobre la naturaleza humana, te lleva a cuestionar su propia capacidad intelectiva. Sigue leyendo