Oriol Puig Grau dirige su propio texto en el Teatro María Guerrero para situarnos en primera persona en el trastorno de un joven maestro

Pienso en el empleo del abusivo plano secuencia que tanto hoy fascina a los nuevos espectadores cuando lo contemplan en el cine. Es algo teatral. La cuestión es cómo lograr esa inmersión en el discurrir de una dramaturgia. Conseguir el flujo de conciencia y las voces de otros personajes que surgen; aunque no acontezcan en carne y hueso, nos fascine. En alguna medida, con A.K.A., como esa función interpretada soberbiamente por Albert Salazar y que le sirvió para ganar el Max. También quiero pensar en La noche justo antes de los bosques, de Koltès. Con Dibujo de un zorro herido nos situaríamos en un punto intermedio entre lo juvenil e inmaduro y cierta sordidez del hombre solitario que anhela complacerse ansiosamente. Sigue leyendo







