Los jóvenes de la Compañía Nacional de Teatro Clásico se enfrentan a esta comedia poco representada de Calderón de la Barca

Quizás la mejor forma de que se puedan bregar las generaciones jóvenes de la Compañía Nacional de Teatro Clásico es embarcándolos en una comedia de capa y espada. Fundamentalmente, porque permite un movimiento escénico más ágil, menos sentencioso y deja que la energía flote con suficiente consistencia. Eso es lo que ha logrado Beatriz Argüello, quien ha compactado mucho al grupo desde el prólogo, cuando van con el capote encima configurando una melé de chismosos. Ahí ya conocemos a don César, que nos deja a un Sam Arribas con donosura y confianza en los extensos parlamentos del comienzo. Nos anuncia que cuenta con dos amantes y que viene huyendo, pues ha matado en un duelo al hermano de una de ellas, Lisarda. Sigue leyendo




Desgraciadamente, tanto el dramaturgo Mark Rosenblatt, como los responsables de traernos este proyecto tan pronto a España, han tenido el don de la oportunidad. Los bombardeos sobre Gaza, esa terrible matanza cometida por Israel, añadidos a los últimos acontecimientos han devuelto al debate internacional conceptos como sionismo, responsabilidad de los judíos, antisemitismo y toda una serie de aspectos consabidos y de tan ardua solución. Con esta misma tesitura se encontró Roald Dahl en aquel turbulento verano de 1983. 
La grandiosidad clasicista que destila esta propuesta de Juan Carlos Pérez de la Fuente contrasta notablemente con aquella que presentó en el CDN 