Un sublime error

Gonzalo Cunill sondea la vida desde la muerte en esta performance de Jan Lauwers en el Teatro de La Abadía

Foto de Vibe Stalpaert

El teatro en Madrid está hablando mucho de la muerte para discurrir sobre la vida (Véanse La Patética o Las apariciones). El espectador tiene la oportunidad de aplicarse el memento mori como mantra diario. El ocio consumista y lógico decaimiento, el tedio de los productos fugaces, los contenidos de seudoarte intrascendente y la exigencia de aparentar lo que no se es sitúan a demasiad gente ante el abismo. ¿Ven? No es tan difícil ser Byung-Chul Han. Gonzalo Cunill se presenta al Teatro de La Abadía con un traje blanco como una mortaja elegante para alguien que ha gozado de la vida, de la dolce vita, de la gran belleza,… Un maestro de ceremonias que observa su existencia con alegría y con gran sentido del humor. Sigue leyendo

Iconos o la exploración del destino

El Brujo se enfrasca de nuevo con los mitos clásicos para trazar una genealogía divertida en el Teatro Bellas Artes

Diseño sin título – 3

Todo permanece igual. Aquellos mitos y nuestro presente, nuestro devenir y el mismo Brujo. Solo queda poner el espejo, cóncavo, a ser posible, e ironizar cínicamente sobre el absurdo de la vida como si fuéramos Sísifo; pero divirtiéndonos de esta miseria fascinante. Acojámonos a la imaginación y a todos esos mundos posibles que brinda la fantasía y que, a la postre, quedan impresos en los genes. El magnetismo de este artista sigue incólume. ¿A quién se recibe con aplausos antes de que comience su monólogo? Sigue leyendo

La Patética

Miguel del Arco trata el tema de la muerte a través de una comedia descabalada sobre un exitoso compositor en el Teatro Valle-Inclán

Foto de Bárbara Sánchez Palomero

Presenta actualmente el Centro Dramático Nacional dos propuestas que, en cierta medida, van en paralelo. Ambas tratan sobre la muerte y las dos están rebosantes de comicidad. Las apariciones se representa en la Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero y esta que nos comete en el Teatro Valle-Inclán. Observando aquella, evidencio en la comparación, que si Miguel del Arco hubiera apostado todas sus cartas a la astracanada todavía habríamos hallado una diversión consistente; pero no tengo claro, aún, qué ha pretendido. Manejo varias referencias para aproximarme al asunto. Si, por ejemplo, recuerdo la versión cinematográfica que Morir, la novela corta de Arthur Schnitzler (que marca la trama), que realizó Fernando Franco en 2017, descubro una inmensa pesadumbre. Y este, creo, que es el problema. Sigue leyendo

Viaje hasta el límite

La obra teatral del novelista Luis Martín-Santos, influida por el realismo estadounidense, sube al escenario del Teatro Español

Foto de Javier Naval

Es habitual recalcar de las obras narrativas o dramáticas algo así como que «el menos es más». En cuántas podemos detectar que sobra aquí o allá a causa de las reticencias del autor a desprenderse de algo que le ha costado tanto escribir. Sin embargo, para el caso que nos compete, ocurre totalmente lo contrario. ¿Cuánto le faltaría a Viaje hasta el límite para que los cambios no fueran tan abruptos? Es difícil hacerse una idea, pero pongamos tres cuartos de hora para que las tretas y los tratos se maduren, y para que los amores intempestivos no parezcan éxtasis de adolescentes. Por esto, esencialmente, el texto teatral de Luis Martín-Santos no es buena, ya que, como veremos, los personajes no tienen ocasión de redondearse como se requeriría. Sigue leyendo

Los hidalgos de Verona

Declan Donnellan y Nick Ormerod presentan en el Teatro de la Comedia una endeble obra de un primerizo Shakespeare

Foto de Javier Naval

Aceptemos que Declan Donnellan ha tomado, en gran medida, el consejo que Harold Bloom emitió para quien lo deseara: «los directores… harían bien en montar Los hidalgos de Verona como una farsa paródica, cuyos blancos serían los amigos veroneses del título». Muy poco se puede sacar de esta obra primeriza del bardo y, menos, si el planteamiento dramatúrgico está por debajo de quien puede calificarse como uno de los mejores directores europeos de los últimos tiempos. Siempre junto a su fiel acompañante, el escenógrafo Nick Ormerod, quien firma la ¿escenografía?, que consiste en un panel situado en el centro, apenas empleado como pantalla en el último acto, y que funciona como separación espacio-temporal excesivamente simple. Convengamos que, si hubieran sido otros, quienes hubieran realizado este dispositivo se los habría juzgado con severidad. Sigue leyendo

Orlando

Marta Pazos entrega un espectáculo repleto de fantasía y esteticismo en el Teatro María Guerrero sobre la novela de Virginia Woolf


Foto de Bárbara Sánchez Palomero

Desde luego, la conceptualización que encierra el Orlando de Virginia Woolf ha servido para que muchos, muchas y, sobre todo, muches hayan encontrado la novela promisoria de la pretendida queerización de nuestra esquizofrenia actual. Afortunadamente debemos juzgar y complacernos con lo que ocurre sobre las tablas. Vaya por delante que pienso que Marta Pazos ha ofrecido su mejor montaje. Sigue leyendo

Vendrán los alienígenas y tendrán tus ojos

María Velasco dirige su propio poema escénico para discurrir sobre el amor en las Naves del Matadero

Foto de Jesús Ugalde

El díptico siempre es el mismo en la literatura: amor y muerte. De esta última se ocupó María Velasco en sus dos últimas propuestas: Harakiri y Primera sangre. Después de la resaca que punza en la ruptura amorosa, llega, como ocurre con el alcohol, un subidón de adrenalina que te lanza a la estratosfera eufórica para arramblar con todos los placeres. Mecanismo de defensa lógico que el propio organismo acomete pues la depresión sobrevuela. Aquí se pide un alienígena (un otro extravagante, un ser de otro planeta), que a mí me suena a aquello de Alaska con «Mi novio es un zombi»: «Es un muerto viviente / que volvió del otro mundo / para estar conmigo». Sigue leyendo

Divinas palabras

Atalaya recupera su visión sobre el clásico de Valle-Inclán para insistir en su estilo expresionista

Si hace unos meses los Teatros del Canal daban cobijo a Los cuernos de don Friolera, uno de los esperpentos más logrados de Valle-Inclán, ahora vuelven los de Atalaya sobre su montaje de 1998. La compañía sevillana ofrece su habitual estilo expresionista de influencia germánica que tan pertinentemente se ajusta a las concepciones de nuestro célebre dramaturgo. Muy distinto de la estética propuesta por José Carlos Plaza quien presentaba su visión nuevamente en 2020 (sobre su idea de 1987) y muy contrario a la crítica vitriólica que exponían los gallegos de Chévere con su Divinas palabras revolution en 2018. El Brujo, con El alma de Valle-Inclán, discurrió por sus propios derroteros.

Ricardo Iniesta exprime hasta la saciedad un objeto, un símbolo, un motivo, que observaremos durante toda la función. El cono luminoso, multiplicado por otros tantos y a varios tamaños, que nos sirven de caperuz semanasantero, tipi de estos indios correcaminos, arboleda fantástica, copas doradas de licores deletéreos, velorio de veladores en sacristía, riscos para cabras montesas y hasta cunnus empoderante. Sigue leyendo

A fuego

Pablo Macho Otero la emprende en solitario y en verso para discurrir sobre asuntos trillados de metateatro y autoficción

Enfrentarse en solitario a través de un proyecto personal a un público ¿exigente? no es sencillo. Esto vaya por delante. Pero lo que se plantea no deja de ser un bululú que nos va a contar un relato con poco, poquísimo argumento, y que, para ser ¿moderno? recurre al marchamo machacón y reiterativo del metateatro y la autoficción. Hartazgo máximo. Que se exponga el asunto hoy en verso no es demasiado original. Proyectos como Páncreas, de Patxi Tellería o la recuperación de Decadencia, de Berkoff, volvieron a los modos de antaño. Por otra parte, siento que nuestro protagonista tampoco es que se haya afanado con una versificación demasiado sugerente. Tanta rima consonante acaba por sonar a ripio concatenado, por no decir que forzar tanto la susodicha rima para lograr la gracia nos lleva a escuchar algunas combinaciones sonrojantes: «Puedo comerme un coño y una polla. / Puedo tortilla con y sin cebolla».

Pablo Macho Otero se presenta ante una mesa negra y durante cincuenta minutos largos nos ilustra sobre el hecho consabido de que autor no es lo mismo que narrador y que escritor (y todas esas variaciones Barthianas). La crítica literaria de toda la centuria pasada ha reflexionado sobre ello; sin embargo, nosotros hemos visto romper la cuarta pared cada dos por tres en las últimas décadas («que yo soy solo el actor / pero él es quien ha escrito / este texto que os recito»). Unamuno y Pirandello se abrazan cervantinamente para auspiciar ese juego ficcional que ya no sorprende a nadie. Por eso, me parece que este montaje tiene bastante de lección teatral para adolescentes, que tan imbuidos en su mundo virtual pueden aún cautivarse con esta magia tan carnal. Así, prólogo ─bien extenso─ y epílogo enmarcan didácticamente el texto. El intérprete trabaja desde la pausa, con una declamación suave y marcada para que todo se entienda; aunque, también, para que el ritmo no obtenga un dinamismo que en varios momentos se reclama. Si además seguimos considerando que el rap es un estilo musical destinado todavía hoy para los jóvenes, tendremos la oportunidad de oír uno básico, de esos que tienen una base expedita.

El tema al que somos convocados es la búsqueda angustiosa de la notoriedad. Ser elevado aquí sobre los demás y ser recordado cuando ya no se esté. Objetivo de cualquier artista posromántico que se precie y cualquier mercachifle que nos quiera vender la moto. ¿Qué hacer para obtenerlo? En los artistas es tan «fácil» como crear una gran obra de arte. En el resto, acometer alguna machada, alguna heroicidad o, en nuestra época, quizás, alguna chorrada descomunal que te convierta en viral, la mejor forma de conseguir esos minutos wharholianos de soberana estulticia. O contemplemos qué está ocurriendo con Luigi Mangione. «De sed de ser será de lo que hable». En la antigüedad ─y aquí viene el hito a seguir─, un tal Eróstrato quemó el Templo de Artemisa, en Éfeso, allá por el siglo IV a. n. e. Esto le permitió alcanzar la fama y por ello mismo realizó tal tropelía. Y así enlazamos con las llamas de Notre Dame en aquel 15 de abril del 2019 parisino. No diré más, para no destripar un meollo que se ventila en un pispás, en modo Kase O. con alguna frase de lo más persuasiva: «Soy Piero Manzoni y tú mi shit can, sí ya / sé que quieres feedback de tu six pack». De cualquier manera, su ensoñación no adquiere un desarrollo. Por ejemplo, hace unos meses Anna Serrano Gatell dirigía el texto de Molly Taylor, Cacophony, donde una joven se convertía en famosísima en las redes a partir de una mentira. El caso se llevaba hasta sus últimas consecuencias. No obstante, Macho Otero se va por los cerros de Úbeda con demasiados aspectos accesorios, que tienen su valía, como esos diálogos con el autor, o sea, consigo mismo. A pesar de ello, no reconduce el asunto con pericia, pues nos adentra en el caos de sus poemas. Quizás se necesita la astucia de alguien como El Brujo, referencia que aquí resulta ineludible.

No negaré versos ingeniosos, ni que el intérprete se muestra cómodamente en su artefacto. Pero estamos en el 2025 y parece que él mismo cae en el vicio de nuestra contemporaneidad milenial: el eterno presentismo de la nada. Es decir, considerar que el pasado no existe y que todo es novedad. Convengamos que esto de A fuego requiere de un par de vueltas para que los que contamos ya con algunos años y algunas lecturas no descubramos un ejercicio actoral tantas veces exprimido.

A fuego

Texto: Pablo Macho Otero

Dirección: Emma Arquillué y Pablo Macho Otero

Reparto: Pablo Macho Otero

Escenografía: Yaiza Ares

Diseño sonoro: Gerard Vidal Barrena

Diseño de movimiento: Oriol Pla

Iluminación: La Bella Otero

Ayudante de dirección: Eudald Font

Mirada externa: Jordi Oriol

Producción ejecutiva: Emma Arquillué

Producción: La Bella Otero y Mola Produccions

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 4 de mayo de 2025

Calificación: ♦♦

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