Cartas de mujeres

Verónica Gracia y Alba Celma adaptan la singular obra de Jacinto Benavente sobre cuitas femeninas en el Teatro Español

Cuando menos continúa siendo arriesgado este paralelo que se establece en el Salón de los Balcones – Andrea D’Odorico con la sala principal. Piezas breves sobre textos, conceptos e ideas que se toman, a veces, de una manera bastante marginal y que son intervenidas, sobre todo, por gente joven. El anterior proyecto fue Confidencias de artistas, de Carmen de Burgos. Ahora se le da réplica a Malquerida, con un ramillete de misivas del propio Benavente.

Que se nos traiga a colación el consultorio de Elena Francis tiene todo el sentido. Nos hallamos en el piso desocupado de una abuela fallecida, con telas, colchas y cortinas apiladas en los laterales para propiciar la sensación de abandono y antigualla. Así lo potencia Mikel Marcos con su escueta escenografía. En el centro ha situado una cómoda donde la nieta ha encontrado unas cartas sin abrir. Todo un misterio que estuvieran allí y que nadie hasta entonces las hubiera descubierto. Allí acuden un par de amigas a compartir el hallazgo y a proceder a su apertura, pues la curiosidad las puede. Efectivamente, pertenecen al volumen Cartas de mujeres, esa especie de ensayo ficticio o de ejercicio estilístico cargado de ironía, que escribió con apenas veinticinco años don Jacinto.

Cristina Bertol se coloca en la posición de anfitriona. Se dedica a la edición de libros y adopta un rictus de permanente encubrimiento que nos embauca. De entre esa ropa esparcida surgen sus compañeras. Inicialmente, Oihane Etxebarria, que encarna a Haizea, y que nos anuncia que le duelen los ovarios y por eso mascará jengibre el resto de la función. Su papel parece destinado a la cohesión del trío. La actriz manifiesta frescura y energía convincente.

El montaje, por momentos, tiene encanto, todas esas lecturas se imbrican en una atmósfera elocuente; pero volvemos a quedarnos a medias. Uno puede preguntarse por qué la tal Marga, esa muchacha interpretada por Noelia Linares, con la verosímil inquietud de quien está inmersa en la duda del enamoramiento, no nos concede un poco más de su historia. ¿Están jugando con ella? ¿Le están haciendo esa típica estrategia de tirar la caña y desaparecer? Es, desde luego, la gran idea de esta propuesta, la manera de entreverar lo pretérito con el presente. El amor romántico está repleto de insatisfacciones; aunque también de ilusión. Ellas se dejan inmiscuir en esa fantasmagoría despolitizada, naíf y femenina que refleja las vidas de antaño. Como un recordatorio de unas generaciones construidas con otros modos que aún lanzan sus ecos.

Afirma el autor en su prólogo: «Natural es, bien considerado, que sea el género epistolar excelencia y casi patrimonio vuestro». Y claramente sobre el tapiz se pretende conectar el rastro del siglo XVIII, pensemos en Las amistades peligrosas, por ejemplo, de las que pudo beber el escritor, con las formas actuales, tan inmediatas, como la mensajería a través de nuestro móvil en aplicaciones que se recargan con emojis y otros ruidos. Un aspecto importante es la evidencia de las esperas. Por eso, observamos en Marga su desesperación a la vez deshoja su dilema. Habremos pasado, por lo tanto, de una época donde se ha de aguardar al cartero con el sobre al ojeo constante de una pantalla luminosa o, peor, a oír una notificación fantasma que ha penetrado falsamente en nuestro tímpano. En la era de la ansiedad ya no hay paciencia para la parrafada y la contemplación en las palabras.

Mientras se trasladan a las primeras décadas del siglo XX con esas prendas interiores, con ese ajuar que va invistiéndolas y que les permite metamorfosearse en esas mujeres que supuestamente han escrito esas misivas, las voces van favoreciendo un ambiente de anónimo anecdotario. Porque uno de los grandes lastres tanto del libro como de la puesta en escena es la redundancia sobre los tópicos femeninos. Y esto se refuerza con los pocos nombres propios de féminas. Ni firmas con seudónimos, ni demasiado contexto en la mayoría. Frases, frases, demasiados detalles sobre esas cuitas indelebles sobre el novio, el matrimonio, la belleza juvenil y el qué dirán. En esta adaptación todas esas epístolas resultan concisas, de apenas una cuartilla, donde caben unas cuantas líneas. Pero lo cierto es que Benavente ofrece toda una variedad de extensiones y de destinatarios. Precisamente esta es la razón por la cual, como señalaba al principio, terminamos dando vueltas sobre el motivo y nos quedamos un tanto a medias. A pesar de ello, creo que tanto Verónica Gracia en la dirección, como Alba Celma en la dramaturgia, han hecho un buen intento sobre un texto que ponía difícil su traslación teatral.

Cartas de mujeres

Autor: Jacinto Benavente

Dirección: Verónica Gracia

Dramaturgia y ayudantía de dirección: Alba Celma

Reparto: Cristina Bertol, Oihane Etxebarria y Noelia Linares

Escenografía: Mikel Marcos

Vestuario: Sandra Espinosa y Vanessa Actif

Iluminación: David González

Espacio Sonoro: Alba Celma y Verónica Gracia

Fotografía de cartel y función: Alba Celma

Producción: Yume Teatro

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 5 de abril de 2026

Calificación: ⭐⭐

Puedes apoyar el proyecto de Kritilo.com en:

donar-con-paypal

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.