La artista Cris Blanco indaga en los vericuetos de la mentira y de la memoria para crear un artefacto repleto de atractivo

Es probable que Cris Blanco tenga oculto un jergón en algún entresijo del CDN. Lleva unos años enlazando proyectos y este de ahora ha sido toda una sorpresa repleta de originalidad y desenfreno. Inevitablemente la podemos valorar en sucesión con su anterior trabajo, Pequeño cúmulo de abismos. Ella se suma a una tradición del surrealismo y del absurdo que en España en diferentes épocas ha marchado excelentemente. En los últimos tiempos contamos con Pablo Rosal con propuestas que aquí reverberan como El profesor no ha venido o Castroponce, donde la conferencia es la horma empleada.
Debemos pensar inicialmente en obras como Esta noche se improvisa la comedia, de Pirandello, por ejemplo. La metateatralidad será una constante, pero el asunto evoluciona por otros vericuetos más ilógicos y surrealistas; porque la autora ha ideado un artefacto que le permita no caer en los vicios de lo biográfico. Ella quiere hablar de la mentira, que no deja de ser lo propio de la literatura. En un principio empieza a comunicarnos su tesis titulada «La mentira como dispositivo de control. Del sesgo cognitivo a la cibermanipulación». Nos situamos frente al escenario propio de alguna junta de distrito madrileña. La actriz va a leernos su texto para trasladarnos toda una serie de procesos mentales que nos llevan al error; fallas cerebrales que van a acontecer en ese mismo instante.
Por otro lado, podríamos imaginarnos en Twin Peaks 3, pues rápidamente unas «sombras» penetran en la sala para llevarse a la oradora. Todo resulta cómico, y mucho más si nuestra protagonista está derivando su discurso hacia una teoría de la conspiración. La intérprete adoptará durante toda la performance ese manejo tan espontáneo que posee de la afabilidad y la sorpresa. ¿Qué ocurre? ¿Qué tipo de simulación se está dando? El humor conecta necesariamente con la inverosimilitud que siempre ha utilizado en sus sketches la panda de Muchacha Nui. Lo percibimos, por ejemplo, con el personaje de Espe López, quien encarna a la responsable del centro. Se expresa con un tono de ingenuidad muy verosímil. Muy al contrario que Norberto Llopis, el cual funge como un ser de otro mundo, alguien que está en la inopia y que favorece la risa con el escueto mohín. Ahí lo vemos junto al resto en ese improvisado fingimiento del habitual encuentro con el público que se estila después de algunas funciones. Teorizar sobre lo observado como una forma de recursividad, donde la ficción se inserta dentro de la ficción, como ya exploraron Nao Albet y Marcel Borràs en Falsestuff. La muerte de las musas, quienes, a su vez, elevaron a la enésima potencia su propia autoficción (De Nao Albet y Marcel Borràs).
Desde ahí el espectáculo comienza a discurrir por otros ramales, como si fuera la otra parte de un díptico. Se crea un ejercicio de deconstrucción memorística, de indagación en los senderos imposibles del recuerdo. Una anécdota con accidente incluido que se reconstruye sin fin con mínimas variaciones. No al modo de Constelaciones (obra que se representa en la sala grande), sino de esa manera peculiar que han desarrollado cineastas como Charlie Kaufman (recordemos Olvídate de mí o Synecdoche, New York). Este guionista me parece una referencia ineludible para comprender qué ansía lograr la creadora. El simulacro, el rizoma y hasta el poshumanismo que promete recuperar rastros de memoria quebrados se concitan con un ambiente costumbrista que vale para hacer crítica social. En este sentido, podemos traer a colación los vídeos de Pantomima Full sobre sus malasañeos. Un detalle fenomenal se producirá con la escenografía de Pablo Chaves, ya que este ha jugado magníficamente con toda la artesanía propia de lo que está en proceso. La ironía surge en cada uno de los reinicios, donde se van configurando elementos de atrezo hasta que se llega a recrear por completo el bar El Botijo. Todo el elenco elabora una coreografía que parece infinita. Por ejemplo, Óscar Bueno contribuye a pergeñar una escena que sirve para que nos ensoñemos con un futuro que ya hemos vivido. Una rareza que posee su punto polémico sobre distintas cuestiones políticas de los últimos años. Mientras que Alberto José Lucena pasará irrisoriamente de estríper a policía con gran descaro.
Está claro que la forma tan atrayente gana al contenido; pues el deseo de la dramaturga por indagar en el embuste y en el dolor que a ella le ha provocado queda determinado por una sensación general de desorden. A veces el espectáculo se vuelve demasiado estrafalario e inasible. Seguramente Cris Blanco disfrute con esa atmósfera; pero algunas ideas se van diluyendo por el camino. En cualquier caso, me parece una propuesta verdaderamente notable, cargada de aspectos que merecen una atención pormenorizada. Las capas y capas del palimpsesto se nos transfiguran delante de los ojos. Estamos en un teatro, el Valle-Inclán, que antes fue un cine, el Olimpia, y antes un cine-teatro… Ficciones sobre ficciones que se montan unas sobre otras en el espíritu del tiempo.
Texto y dirección: Cris Blanco
Dramaturgia: Cris Blanco, Óscar Bueno Rodríguez y Anto Rodríguez
Reparto y colaboración en la creación: Cris Blanco, Óscar Bueno Rodríguez, Nuria Crespo, Gloria March, Norberto Llopis, Espe López, Alberto José Lucena y Julia Romero
Escenografía: Pablo Chaves
Iluminación: CUBE BZ (María de la Cámara y Gabriel Paré)
Vestuario: Marta Orozco Villarrubia
Música: Óscar Bueno Rodríguez
Sonido: Felipe Lara Pardo
Movimiento: María Cabeza de Vaca
Dramaturgista: Anto Rodríguez
Ayudante de dirección: Miguel Valentín
Ayudante de escenografía y vestuario: Amalia Elorza Izagirre
Diseño y construcción de utilería: Néstor Alonso Moral
Diseño cartel: Emilio Lorente
Tráiler y fotografía: Bárbara Sánchez Palomero
Producción: Centro Dramático Nacional
Teatro Valle-Inclán (Madrid)
Hasta el 12 de abril de 2026
Calificación: ⭐⭐⭐⭐
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