El día del Watusi

La trilogía de Francisco Casavella se materializa teatralmente a través de un espectáculo de cuatro horas en los Teatros del Canal

Foto de Juan Miguel Morales

Francisco Casavella murió con 45 años y no pudo comprobar cómo su trilogía, El día del Watusi, se convertía, por méritos propios, en una de esas pocas obras que la Literatura iba salvando en este siglo XXI repleto de éxitos efímeros. Fresco monumental sobre los finales del franquismo, de adentramiento en la transición y de saboreo de aquellas mieles de la Barcelona olímpica, de diseño y, también, de clasismo a raudales en esa atmósfera de nacionalismo aristocrático. No sé si las cosas han cambiado mucho, tal y como parece, o si, en el fondo, siguen igual; el caso es que contamos con una obra muy española (tómenselo como quieran). Ante ustedes, un espectáculo de más de cuatro horas.

Quizás la primera parte sea demasiado larga. La anécdota, por muy iniciática o mítica que le resulte al protagonista, funcionaría perfectamente como un prólogo. Todos esos matones, quinquis y gentes de malvivir son estereotipos, y nos podemos hacer una idea. Todo transcurre en el señalado día del título: un 15 de agosto de 1971. Nuestro muchacho se llama Fernando Atienza, tiene 13 años y vive en un poblado de barracas en Montjuic. La combinación de nerviosismo, rapidez y tontuna que macera Guillem Balart nos arrastra en toda la primera hora y media. Narración y más narración que me terminan por cansar, pues la avalancha de adaptaciones de novelas para el teatro está llevando esta profusión relatora hasta el extremo. ¿Cómo asimilar todo lo que se describe? Después, el actor, máximo antihéroe, será zarandeado por nuevas circunstancias y esto le permitirá sofisticarse, principalmente puesto que el resto de intervinientes ofrecerá aportes ineludibles. Lo acompaña su colega Pepito el Yeyé, un gitano al que se le entiende regular. Artur Busquets cojea con efusión y descacharra su rol para aportar una comicidad de esa picaresca que se pretende colorear. Acabarán ambos en un prostíbulo y allí nos quedaremos anonadados con una prostituta francesa que es encarnada por David Climent con una sutileza irónica superior. El propio intérprete se envestirá de otros seres, tan dispares como el Topoyiyo o el propio Del Escudo, demostrando unas aptitudes camaleónicas de alto rango.

Entonces, insisto, convendremos en que ese primer acto, entre tanta verborrea microfonada, se resuelve con agilidad, porque se ofrece con ritmo musical. Cada uno de los artistas sostiene un instrumento para configurar una orquesta, una especie de charanga, dispuesta a recoger diferentes estilos. Dudu Alves dirige la música y participa en esa ambientación tan propicia para destinarnos al correcalles. ¿Quién fue el Watusi? ¿Un asesino? Esencialmente, una de esas figuras destinadas a la leyenda y a que los vecinos del barrio, como ha ocurrido en tantos lugares, atribuyen habilidades y atrocidades idóneas para el terror y el mito.

Otro tanto se puede sostener de la tercera parte, desde mi punto de vista, la novela más deshilvanada, y hasta confusa, con una mezcolanza de aspectos como el trapicheo de drogas, amalgama de yonquis, variedad de amantes, grupos de música que surgen de la nada, lecciones de arte, muertes por sobredosis y otras paranoias que no logran concretarse del todo y, en escena, mucho menos. La presencia de Elsa, una joven de aquellas que, en el Raval, de buena familia, terminó enganchada a la heroína, se zanja con prontitud para pasar a la tal Victoria, que aquí apenas tienen recorrido. Igualmente se puede afirmar del productor musical Martí Oliver, que acoge Busquets con mucha frescura. Al menos, los temas nos llevan a una conclusión razonable. Por un lado, a aclarar el consabido y repetido caso de aquel día del Watusi, que tan impresionó a nuestro joven y, en otra dimensión, para que la canción incomprensible del grupo Avant Pop nos rememoré el rollo punk y cutrelux de las Movidas, donde cantar bien era lo de menos: retrato inequívoco de la España del momento. Una manera de situarnos frente a un espejo cóncavo y valleinclanesco. Pues la referencia a Luces de bohemia es expresa y estilística, el esperpento es nuestro santo y seña, y más en aquella transición postfranquista tan larga (luego el propio montaje ganaría sus propios premios Max).

El gran acierto del Iván Morales lo detectamos en la segunda parte, en Viento y joyas, que, desde mi parecer, es la mejor novela de las tres, la más interesante y sugestiva, pues añade capas de carácter político (lo real y lo ficticio se hacen indistinguibles) que reverberan en la actualidad de modo más acuciante. Descubrimos una serie de personajes mucho más perfilados y redondos. El dramaturgo nos deja con uno solo de los banqueros que aparecen señalados. Tomás del Yelmo pasa a apellidarse del Escudo, como un guiño a su rival en la dirección que aquí no acontece. Esto supone que una de las subtramas desvanece con él, aunque debería tener continuidad en la tercera parte. En este acto, como digo, se suceden todos los logros dramatúrgicos, entre otras cosas, porque el diálogo aminora la cadencia monologadora del inicio. Pero, ante todo, disfrutamos con dos actuaciones sobresalientes. Otra vez Anna Alarcón nos deja fascinados. Su papel es Guillermo Ballesta, un Mefistófeles dominador de todas las artes de persuasión y manipulación, antiguo criminal y anarquista, con formación militar, llamado Boris, que se ha inmiscuido en círculos financieros para metamorfosearse en un conseguidor de alto calibre. Irónico, sibilino y oscuro permite a la actriz pasearse con potencia y elegante gestualidad por todo el espacio. El tipo ha fichado al ingenuo de Atienza ─desde ese instante, el Zagal─ como chófer y chico para todo, como aprendiz de un mundo demasiado grande para un chaval de barriada infame. La otra grandísima interpretación recae en Vanessa Segura, quien transforma a ese aristócrata de Vilabrafim en todo un predicador populista. Ese futuro líder del Partido Liberal Ciudadano conduce la función hacia la auténtica parodia. En cuanto a Raquel Ferri, esta aprovecha todo su poder de seducción para convertirse en Tina, joven amante de don Tomás, y pupila de nuestro Fernandito en sus labores de profesor de pilotaje del Jaguar.

Este roman à clef, con toda esa conflagración de personajes que aluden a todos esos nombres reales que han creado las putrefacciones de nuestro sistema o que han favorecido esta horma que nos determina culturalmente, va atravesando el compás del tebeo, para derivar hacia la novela gráfica y regresar al cómic. Es un panorama alimentado de guiñoles para dar cuenta de una trama tan inasible como atrayente.

El día del Watusi

Texto: Francisco Casavella

Adaptación y dirección: Iván Morales

Intérpretes: Guillem Balart, David Climent, Raquel Ferri, Artur Busquets, Vanessa Segura, Dudu Alves y Anna Alarcón

Dirección musical: Jordi Busquets y Dudu Alves

Espacio escénico: Jose Novoa

Vestuario: Oriol Corral y Claudia de Anta

Iluminación: Toni Ubach

Movimiento: David Climent

Ayudanta de dirección y regiduría: Laia Nogueras

Coordinación técnica: Joan Martí

Producción ejecutiva: Júlia Simó Puyo y Maria Rovelló (Cassandra Projectes Artístics)

Ayudante de producción: Yara Himel

Fotografías del espectáculo: Juan Miguel Morales y Kiku Piñol

Distribución: Iñaki Díez

Agradecimientos: Cesc Casadesús, Hèctor Mora, Natalia Baró da Silva, Martí Sales, Landry A., Àlex Monner, CC Sarrià, Katia González, Jordi Oriol, Quim Otero, Jordi Amenós, Anna Güell, Carina Pons, Josep Maria Pou y Marcos Ordóñez

Coproducción: Los Montoya (Cassandra Projectes Artístics), Teatre Lliure y Festival Grec de Barcelona

Con la colaboración de: La Infinitah

Con el apoyo de: Institut Català de les Empreses Culturals (ICEC), Oficina de Suport a la Iniciativa Cultural (OSIC) y becas CREA Barcelona (ICUB)

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 8 de febrero de 2026

Calificación: ⭐⭐⭐⭐

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